América

Crónica de América: Desacato de Argentina y convulsión interior

Rafael Fuentes | Viernes 03 de octubre de 2014
Cristina Fernández contra la Justicia. Por Rafael Fuentes

Después de su calculado periplo para presionar a la Justicia norteamericana, la presidenta argentina Cristina Fernández se ha encontrado con lo que tan interesadamente trataba de eludir: la declaración al país en desacato a la sentencia dictada por el juez neoyorquino Thomas Griesa. En la capital bonaerense se ha abierto la caja de los truenos a través de la más soberbia y colérica Fernández de Kirchner y su jefe de Gobierno, Jorge Capitanich, en lo que parece ser el relato furibundo y victimista que acompañará a los actuales dirigentes hasta el final de la legislatura en el 2015. La corrección del populismo rampante, que tanto daño ha hecho a la economía argentina en este último mandato, ha quedado para mejores tiempos. La presidenta Fernández, por el contrario, ha pregonado la existencia de un complot internacional -con colaboradores internos- con el fin de buscar la ruina de Argentina. Capitanich lo ha corroborado poniendo el énfasis en el enemigo interior a neutralizar, afirmando con contundencia: “Golpismo activo, esto es lo que pasa en Argentina”.

¿“Golpismo activo”? Sin duda suena más peligroso que “golpismo inactivo”, por más que el jefe de Gabinete se haya pasado de tuerca en las redundancias con tal de incrementar el efectismo. Con toda probabilidad no era este el desenlace soñado por Cristina Fernández al diseñar el meticuloso recorrido internacional pensado para sortear los dictámenes del magistrado neoyorquino Griesa. La primera parada se proyectó en el Vaticano, antes de encaminarse a Naciones Unidas, para celebrar un almuerzo con el Papa Francisco lleno de transacciones. La propia prensa argentina se ha encargado de airear los informes manejados en la Casa Rosada sobre la decepción del Sumo Pontífice en cuanto a la falta de compromiso de Barak Obama para frenar las especulaciones financieras internacionales.

Fernández de Kirchner decidió explorar este punto estratégico del nuevo inquilino del Vaticano, después de que el rotativo The Wall Street Journal la incluyese en un reportaje sobre Gobiernos autoritarios junto a figuras como Vladimir Putin y el presidente turco Erdogan. La mandataria llegó envuelta en una comitiva de incondicionales, entre los que destacaban dirigentes de La Cámpora -organización furibundamente kirchnerista-, del Movimiento Evita, y de la agrupación juvenil radical Los Irrompibles. Un elenco de perfiles políticos folclóricos para arropar la presión emocional sobre el Santo Padre. Los premeditados regalos habían sido, igualmente, cuidadosamente seleccionados para seducir al corazón porteño de Jorge Mario Bergoglio. Evocaciones del equipo de fútbol San Lorenzo, del que el actual Papa es hincha, miel de productores chaqueños, lienzos de artistas argentinos, un retablo porteño con la Virgen de Luján, una escultura de la Virgen Desatanudos, de la que Bergoglio es devoto. Astutos fetiches y bibelots para conmover la argentinidad del Pontífice, treta que hubo de surtir su efecto, ya que solo un día antes el jefe de protocolo del Vaticano, Guillermo Karcher, declaraba que al Papa Francisco “le preocupaban la gobernabilidad y la sana democracia en la Argentina.” Una preocupación que aparentemente se esfumó del ambiente tras el almuerzo entre ambos dignatarios.

Pero el Papa Francisco tampoco estaba libre de intereses en este encuentro. Embarcado en el proyecto de difundir sus “Scholas Ocurrentes”, plataforma global de escuelas dirigidas a fomentar la pedagogía de la paz y abogar por una pacificación mundial duradera, solicitó a Cristina Fernández que fuese embajadora de estos planes en su alocución en Naciones Unidas. A cambio de esta contribución, Bergoglio dio su aval para que la presidenta hiciese uso de su exhortación apostólica “El Evangelio de la Alegría” donde se denuncia la especulación financiera, convirtiéndola en un argumento, desde la tribuna de la ONU, contra los fondos de inversión que ganaron en los tribunales su litigio con el Estado argentino y que reclaman que les sea devuelto el dinero prestado. En realidad, la puesta en escena del almuerzo no fue más que una cortina de humo mediática para ocultar esta transacción oportunista entre los intereses de los dos líderes.

Los ciudadanos argentinos de uno y otro signo no acaban de digerir esta repentina y calculada sintonía entre la Casa Rosada y el Vaticano. Los Kirchner siempre trataron con un cortante desprecio político al entonces arzobispo Jorge Bergoglio, que llegó a ser bautizado por los círculos oficialistas como el “Padre de la Mentira”. Su proclamación como Sumo Pontífice cayó como un jarro de agua fría en la Casa Rosada. Fue ninguneado y etiquetado por el kirchnerismo como el Papa de la derecha destinado a romper la unidad latinoamericana. Súbitamente, los intereses políticos han hecho que se dé un giro de 180º a esta actitud, una inaudita voltereta, o, en expresión del lunfardo bonaerense, una auténtica vuelta de carnero de la presidenta Fernández que ahora ha empapelado las calles con la imagen del Papa Francisco rotulada con la leyenda: “Un año compartiendo esperanzas.” El hasta hace poco enemigo imperialista, ha pasado de un día para otro a convertirse en el Papa humilde que viene a unirnos en la fe. En cualquier caso, Cristina Fernández pudo volar de Roma a Nueva York con un encargo del Vaticano y arropada no solo por el variopinto elenco de incondicionales sino también por una versión adaptada a las circunstancias del “Evangelio de la Alegría”.

Para cebar más su intervención en la ONU, orientada íntegramente a minar la sentencia condenatoria de los tribunales norteamericanos, la presidenta argentina organizó una secuencia de entrevistas en Nueva York con el propósito de recabar apoyos complementarios, incluyendo a líderes sindicales norteamericanos, al diplomático surcoreano al frente de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, y al financiero George Soros, uno de los hombres más ricos del planeta, poseedor de parte de las acciones de la compañía petrolera YPF, quizá uno de los capitales amonestados por la exhortación apostólica del Papa Francisco, pero, a fin de cuentas, un magnate que en su momento aceptó la quita o reducción en el pago de los bonos de la deuda argentina en su poder. Con estos avales, Cristina Fernández se sintió con fuerzas para desencadenar una tremebunda retórica en la Asamblea General de Naciones Unidas que culminó al definir a sus acreedores como “terroristas económicos.” Los acreedores que no han admitido la quita y han ganado todas las sentencias en los tribunales, han sido rebautizados como “fondos buitres”, de los que la mandataria argentina aseguró que “funcionan como desestabilizadores de la economía, casi una suerte de terrorismo económico y financiero.” Recalcando: “No solo son terroristas los que andan poniendo bombas, también son terroristas económicos los que desestabilizan la economía de un país y provocan la pobreza, el hambre y la miseria a partir del pecado de la especulación.”

Sin duda Cristina Fernández había confiado en el poderío de su oratoria para eludir las sentencias judiciales y pagar a los deudores buenos que aceptan la quita fuera de Estados Unidos, sin reembolsar ni un céntimo a los acreedores malos que no acceden a ello. En realidad, “fondos buitres”, “terrorismo económico” o “pecado de especulación” no son más que ampulosos tropos que pueden satisfacer el egocentrismo del orador pero que difícilmente tendrán el menor efecto sobre el ámbito jurídico o financiero internacional.

Los analistas independientes señalaron de inmediato la inoperancia de esta estrategia, a la vez que constataron la absoluta incompetencia técnica del Gobierno de Kirchner para trasladar los pagos de Estados Unidos a Francia, algo que no se logra a través de la prosopopeya de una alocución -por más que sea una diatriba en Naciones Unidas-, sino mediante un auténtico dominio técnico de la operación que se quiere realizar. En la prensa, el periodista Carlos Pagni sintetizó el profundo error de planteamiento en un riguroso análisis, lleno de ironía, publicado en el diario bonaerense La Nación. Pagni enumeró todas las equivocaciones del ministro de Economía kirchnerista, Axel Kicillof: “No previó, cuando excluyó al Bank of New York, que Nación Fideicomisos no cumplía los requisitos para reemplazarlo. Tampoco tuvo en cuenta que ningún Banco internacional se prestaría a eludir una sentencia norteamericana. No consultó al Gobierno de Francia antes de fijar París como sede alternativa de pago. No consiguió un gran desembolso de dólares de China, cuyo Gobierno teme sufrir un embargo con los Bancos neoyorquinos.” Sin duda, Kicillof es un joven imbuido de ideología económica izquierdista, pero un auténtico novato en su especialidad que pasó por alto todos esos pequeños detalles en la operación emprendida. Axel Kicillof es culpable de su incompetencia, pero Cristina Fernández es la responsable de situar al frente de la economía nacional a alguien de tan escasa preparación.

A su vuelta a Buenos Aires, Cristina Fernández estaba convencida de la efectividad política de los apoyos recabados en su periplo y más aún del imaginario efecto demoledor de su facunda verbosidad en la perorata de Naciones Unidas. Apenas pasaron tres días para que la cruda realidad la sacase de estos ensueños. El ecuánime e imperturbable juez Thomas Griesa, ajeno a estos tejemanejes politiqueros, declaró a Argentina en desacato ante el tribunal que el propio país austral había reconocido como árbitro legítimo. La nueva vía para sufragar parte de la deuda fuera de la jurisdicción norteamericana ha venido fracasando por la ineficacia y falta de profesionalidad de la cúpula kirchnerista, que a su vez no contó con la impermeabilidad de los tribunales a chantajes políticos tan retóricos.

Acostumbrado a hacer y deshacer a su gusto en su propio país, el Gobierno kirchnerista ha explotado con una cólera impotente, desairado por no conseguir doblegar a un simple juez del distrito de Manhattan. La sentencia por desacato exige devolver el dinero que Argentina recibió en préstamo, y a partir de ahora, costear una multa de 50.000 dólares diarios mientras no se cumpla la orden. En los pasillos del poder se ha reaccionado con bilis desdeñosa, comentando que al desacato “no se le iba a dar ni bola.”. El jefe del Ejecutivo no solo hizo pública su displicencia y menosprecio calificando la resolución como “un verdadero galimatías jurídico” -¿será posible que para él verdaderamente lo sea?-, sino que concluyó en un inequívoco tono de desprecio que carece de impacto y de cualquier resultado práctico.

El ego herido de Cristina Fernández ha impulsado un estallido mediático mayúsculo denunciando con trazo grueso un supuesto complot para destruirla y hundir a la Argentina, donde estarían confabulados el Gobierno norteamericano aliado mafiosamente con los fondos de inversión, y el sistema de Justicia, todos ellos a su vez unidos en una conjura con agentes hostiles en el interior de la propia nación entre los que incluye a los medios de comunicación no doblegados al poder, al Banco Central argentino, a los dirigentes de la oposición, a los empresarios agrícolas, a la Banca nacional, y hasta a sus propios servicios de inteligencia, considerados en su conjunto como cipayos a los órdenes del imperialismo. Todos estrechamente aunados en una formidable conspiración milimétricamente calculada. Un gran ego lastimado puede causar estos efectos imprevisibles. El exjefe de Gobierno de Cristina Fernández, Alberto Fernández, ha tratado de imponer cordura advirtiendo: “Estas cosas no me dejan buena impresión. Esta suerte de paranoia no es buena. El ministerio de Economía es el gran responsable de lo que está pasando.”

Un llamamiento a la sensatez inútil cuando el Gabinete ha seguido finalmente la pauta marcada por la presidenta y el jefe del Ejecutivo ha subrayado que estamos ante un “golpismo activo.” Palabras que traducidas a la realidad significan que pagarán los platos rotos aquellos que sean señalados como “cipayos internos serviles a las artimañas imperialistas.” Alberto Fernández ya calificó como una enormidad que la presidenta diga: “Me quieren matar.” El propio Departamento de Estado norteamericano ha declarado que “las acusaciones de Fernández de Kirchner son tan inverosímiles que no pueden ser tomadas en serio.” En tanto que los poderes exteriores estigmatizados quedan fuera de su campo de castigo, serán los “cipayos argentinos” los que sufran las represalias. El primero de ellos, el titular del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, acusado de filtrar información desestabilizadora, quien acaba de dimitir.

Es la punta del iceberg de una tormenta interna que no ha hecho más que comenzar. Ante su frustración exterior, Cristina Fernández ha perfilado un fabuloso enemigo de la patria de su propia imaginación y los eslabones más débiles de la patraña están por caer hasta aplacar su irritación. Ni la cabeza del jefe de Gobierno, Jorge Capitanich, está a salvo frente al joven protegido de la mandataria argentina, Axel Kicillof.

Más allá de este cíclico incendio interior que se desencadena cada vez que la presidencia pierde los estribos, la sentencia de desacato dictada por Griesa posee más trascendencia de la que el Gobierno y gran parte de la ciudadanía han querido ver. Cierto que quizá no tenga medios directos para hacer pagar las deudas antes del próximo año y quizá pueda ser que Argentina no satisfaga jamás las multas que le han impuesto. Pero un Estado que decide burlarse de los tribunales y toma la determinación de no devolver el dinero que se le ha prestado crea un estigma, para generaciones, a la nación que será vista como una estafadora internacional. Este es un mal que deja huellas muy longevas. No encontrará fácil financiación para sus proyectos, entrará en una espiral de aislamiento. Los datos económicos son, al respecto, implacables. En los meses de impago, Argentina ha entrado en una crisis crediticia y la escasez de divisas ha alcanzado una cota peligrosa. Estancamiento y retroceso económico han acompañado a esa situación, siendo Argentina el país con mayor contracción económica en Hispanoamérica solo superado por Venezuela, en tanto que Colombia, Perú, México o Chile han sostenido un razonable crecimiento. Mientras las altas esferas se vapulean entre la incompetencia y las represalias, serán los ciudadanos de a pie quienes paguen las consecuencias. Después de sus últimas derrotas electorales, la inquilina de la Casa Rosada prometió enderezar sus errores y hacer autocrítica para rectificar el rumbo del país. Pero Cristina Fernández en toda ocasión vuelve a recaer en ser la misma Cristina Fernández de siempre.