Opinión

El expolio de Las Españas

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS

José Antonio Ruiz | Viernes 03 de octubre de 2014

La mirada perdida de España expresa todos los estados del alma de la espiritualidad sufí, por más que Benedetti nos coja más a mano y se haga de más fácil entender. L’Espagne d’aujourd’hui, seca de ideas como el mar de Aral, es un acto de fe o de descreencia, según se mire de planta, alzado o perfil, siempre a la defensiva, que es la pose preferida del Napoleoncito de la triste quijada, víctima del síndrome del ceño fruncido, con más retorcimientos de entrecejo que requiebros en las protuberancias cerebrales. Nadie sabe si llueve o chispea. ¡Qué pereza! Está poniéndose la cosa más cansina que el bodorrio veneciano de Jorge Clooney.

Pero no será este cronista el que caiga en la trampa de claudicar a la hartura, por más cafradas que haga un tal Arturo, batido en retirada, después de dejarse el wifi del Palau abierto; por más que los validos del Caudillo del tupé con barretina vaguen por el páramo de Pedro, que Rulfo recreó en su imaginario desbordante; por más que la menda de la Asociación Nacional Catalana, una insignificante sujeta, pero astuta como el Lazarillo de Tormes, haya sabido montárselo a horcajadas del ruc, y cabalgue desolada, víctima de la astenia otoñal; o por más que los visionarios del merchandising independentista estén fundiendo la caja registradora vendiendo souvenirs con los colores del régimen a los guiris que se pasan el día vuelta y vuelta en la playa de la Barceloneta, a la sombra de la Torre de aguas de la antigua fábrica de gas de Ciutat Vella.

Al menos ya sabemos lo que Piqué puede dar de sí, después de decir, henchido de admiración profesa, que Mas es «un lujo» como presidente de Catalonia. Lo que no comprendo es cómo puede haber culés perplejos que todavía se estén preguntando porqué está Gerardo chupando tanto banquillo esta temporada de incertidumbres y certezas. ¡Waka, waka!

Nos han echado el mal de ojo, como los infieles del Corán; y resulta que el único remedio que estamos sopesando es colgarnos unos cencerros como hacen los pastores supersticiosos con las vacas que pastan por los hermosos prados alaveses del Gorbea, a ver si así conseguimos ahuyentar el maleficio.

Vivimos un inquietante momento de calma chicha previa a la revuelta. Se palpan las primeras sacudidas del terremoto. Al tiempo, cuando Catalonia se canse de bailar la ‘yenka’, como en el ‘Baile de las ilusiones’ de Sydney Pollack, el pueblo terminará revolviéndose contra el Duce que azuzó el ardor guerrero pero que en la hora de la verdad desertó del frente, como en las novelas de John Le Carré, y se quedó encerrado en casa, parapetado tras la celosía, como la vieja del visillo de Mota, después de cambiarse los calzoncillos cagados de miedo, para ver pasar la procesión de flagelantes de Goya. La firma del decreto de designación de los miembros de la Junta electoral no es más que un gesto de cara a la galería para salvar la cara ante quienes le acusarán de traidor. Si pasa media hora en el calabozo, que no parece probable, encima saldrá convertido en candidato in pectore al martirologio.

Cuando se pase de la frustración a la ira, los incidentes kaleborroqueños que están por venir asaltarán las portadas de los libelos, mayormente de los corresponsales extranjeros más cenutrios. Y la ley de la calle copará titulares, marcando los tiempos de la cuenta atrás para la declaración unilateral de independencia alentada al calor del golpe de Estado callejero. Ojalá me equivoque, lo cual no será noticia, pues los errores de pronóstico vienen siendo un estado natural en el caso perdido de este cronista inerte.

Viviremos días de desobediencia civil, esa cosa sobre la que tanto teorizó Thoreau, el mismo que se las tuvo tiesas con el Cristóbal Montoro de aquella época, a cuenta de la democracia deliberativa de Habermas, el genio del blanco mechón que aún hoy, cuando ya nada tiene que demostrar a nadie, sigue preguntándose cuál es la salida que tenemos los desheredados cuando se pervierte la democracia representativa.

Por supuesto que los gobiernos pueden estar equivocados. Es más, lo normal es que vivan en un permanente estado de desacierto, inherente al ejercicio chusquero del poder; por supuesto que es lícito que los pueblos de rebelen contra los quebrantos y abusos del establishment. Pero o andamos con tiento, o volveremos a las cavernas, pues sólo es legítimo asaltar la Bastilla cuando las formas de participación política vetan el ejercicio de la capacidad de autodefensa del administrado. Como dejó escrito Norbert Elias, otro lumbrera de no te menees, las coacciones sociales son, en el fondo, coacciones del hombre sobre sí mismo. Nunca he entendido el empeño de muchos cabreros de almas en cosificarse a sí mismos y a las ovejas de su rebaño.

Lo que más encabrona al abajo firmante es la cobardía de los viajantes de comercio metidos a jefes de la tribu que, en lugar de actuar asumiendo las consecuencias de sus decisiones, apelan a la desobediencia civil sin aceptar la ley y las reglas del macabro juego democrático. Escoria y vileza.

Los científicos andan estos días preguntándose qué pasaría si tuviéramos la desgracia de caernos por un socavón abierto en el suelo hasta el centro de la Tierra. (…) Ya te lo digo yo, compadre: que seguro que tenemos la desgracia de encontrarnos con Arturo por el camino, dando la brasa con el derecho a decidir de los cojones, como el loco de ‘Cinema Paradiso’ gritando ¡La calle es mía!

La banda sonora de España es un reality show sin fin. Se nos muere la beautiful y nos quedamos con la people. España está perdiendo hasta el sex appeal de cuando a Felipe le lanzaban sostenes y bragas en los mítines las admiradoras más desenfrenadas. Este país de chichinabo necesita como el comer un exorcismo exprés.

‘Torrente V, Operación Eurovegas’, todo glamour: la idea de la Catalonia independiente de aquí a 2018, ya la tenemos amortizada; pero el Calderón derribado... ¡Vamos, no me jodas, José Luis!

El clan de las Bosnias no tiene un pase; pero la golfería de las tarjetas B, menos todavía. Entiendo que a ninguno de los directivos y consejeros de Caja Madrid que tiraron de ellas como si fueran fondos reservados y se pulieron más de quince millones de euros en gastos privados, se le haya pasado por la cabeza aparecer por el Salón del “Manga” de Barcelona. Están todos en el Festival de cine fantástico de Catalunya, allí donde debiera acudir también la estirpe pujoliana al completo, para posar en el photocall.

La imagen de la estatua de bronce del padre de la patria en Premià de Dalt apeada de su pedestal asida por el cuello por una grúa, nos retrotrae al vídeo del pueblo oprimido derribando la efigie de Sadam. Ni al Generalísimo le dispensaron un trato tan rastrero por más que mi Maleni ordenara retirar su estatua ecuestre de Nuevos Ministerios, con nocturnidad, alevosía y mucha guasa.

Se me van los ojos como al ministro Wert, fijando su mirada indiscreta en las posaderas reales, o acaso somos todos unos mal pensados de mente calenturienta, y la foto sólo muestra el casto interés inusitado de José Ignacio por la trasera del vestido en color grosella de Felipe Varela, aunque servidora es más de Galliano.

El ruego ibérico es un kiosco rosa gigante, necesitado de un reseteo que la deje a cero y vuelta a empezar.

Puestos a creer, que lo mismo es mucho decir, creo más en España que en los españoles.

Aquí un disidente, que reivindica el derecho al ejercicio del derecho de resistencia, cuando sólo nos quede resistir.