Opinión

Ambigüedades nacionalistas

Lunes 19 de mayo de 2008
Cada vez que en España se produce un atentado, asistimos a un rosario de condenas más o menos sentidas. En palabras de la izquierda abertzale, tales condenas resultan “estériles”, de ahí que no se sumen a ellas. Quitando que semejante conducta enmascare una iniquidad sin límites, por parte de quienes, enmascarados a su vez bajo unas siglas políticas, esconden la larga mano de ETA, no dejan de tener cierta razón. PP y PSOE han perdido a muchos de sus militantes y cargos públicos a manos de la barbarie terrorista. Cuando condenan, por tanto, lo hacen desde el sentimiento, y con conocimiento de causa. No así el PNV, quien sí condena, como no podía ser de otra manera, pero ha mantenido y sigue manteniendo una calculada ambigüedad que en nada beneficia la lucha contra los asesinos. Antes al contrario, da oxígeno a aquellos que matan o apoyan a quienes matan. Sirvan como ejemplo la gran cantidad de iniciativas nacionalistas en pro de ANV, PCTV, EH o como quiera que se llamen los acólitos de ETA.

Equidistancia. La postura, por repugnante que parezca, tiene su sentido, desde el punto de vista nacionalista porque la equidistancia presupone el enfrentamiento de dos bandos y, ello, la existencia del “conflicto” vasco: un elemento intelectual imprescindible en el esquema intelectual del nacionalismo. Lo peor no es la postura en sí, sino que muchas veces la balanza se decanta hacia el lado equivocado. Quién no recuerda con sonrojo al que presidiera la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento vasco, Josu Ternera: un sanguinario dirigente etarra, que nunca dejó de serlo, y que en la actualidad se mantiene en paradero desconocido. Conocidas, en cambio, sí que eran sus simpatías -y, por qué no decirlo, sus métodos y objetivos. Sin embargo, el nacionalismo lo mantuvo en dicha Comisión. Nacionalismo que deniega una y otra vez ayudas a casas cuartel de la Guardia Civil para que mejoren su seguridad, pero que financia generosamente excursiones a cárceles donde cumplen condena aquéllos que matan y ponen bombas. Nacionalismo que, precisamente la semana en que la Benemérita pierde a otro de sus miembros por un atentado de ETA, acusa al instituto armado de torturas. Y nacionalismo, en suma, demasiado relacionado con un entorno cuyos fines comparte, aunque los medios varíen. Pero no siempre. Estos días desfilarán por la Audiencia Nacional Arzalluz, Eguíbar y Urkullu, en calidad de testigos por la causa que se sigue contra Gorka Aguirre. Este sujeto, miembro del PNV y ex responsable de relaciones externas, está imputado en casos que le implican en el denominado impuesto revolucionario; en una palabra, pagos a ETA. ¿Moderación? Quien exige tal cosa del PNV olvida la realidad de su naturaleza política. Puede que algunos de sus integrantes muestren un rostro amable, y que entre sus militantes y simpatizantes la mayoría abominen de la violencia. Pero lo cierto es que la imagen que se transmite es la de un partido incapaz de posicionarse sin ambages contra ETA. Y en sus manos está el final de la violencia. Porque los terroristas saben que, en el momento en que el PNV vaya de la mano de PP y PSOE, estarán acabados. Veremos si alguna vez se decide.

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