Opinión

Filosofía de la libertad

TRIBUNA

Agapito Maestre | Sábado 04 de octubre de 2014

Me llama un amigo indignado por la lectura de un libro. No ha podido terminarlo, entre otros motivos, porque su deplorable sintaxis compite en temeridad con su afán de originalidad. La prosa costumbrista del libro es el resultado de un localismo casticista incapaz de comprender la universalidad y radicalidad de una de las filosofías más bellamente escritas del siglo XX, la de Ortega y Gasset. El libro, dice mi aguerrido amigo colombiano, es para tirarlo al corral, siguiendo los criterios de la crítica literaria ensayada por Cervantes en el Quijote. "Es una mala caricatura", concluye el excelente filólogo colombiano, "de Ortega. Insoportable. No he podido terminarla". Mi interlocutor me deja sorprendido, sobre todo, porque yo había leído por ahí un par de buenos comentarios del libro en cuestión. Confieso que no lo he leído ni tenía la intención de hacerlo en las próximas semanas. Quizá ahora lo haga, pues, aunque me fío de mi amigo, que es un gran catador de textos literarios y un excelente especialista en la obra de Alfonso Reyes, también de este tipo de estudios puede aprenderse algo.

Trato de rebajar la acritud de mi amigo colombiano y le pregunto por la cosa bibliográfica de la biografía de Gracia sobre Ortega, pues que en estos libros suele ser prolija y abundante, y me contesta que, en efecto, ese apartado está bien hecho, incluso aparece al final un capítulo dedicado a la Bibliografía razonada sobre Ortega. Estupendo. Quizá sea un trabajo académico bien hecho. Algo es algo. Movido por el favorable comentario de mi amigo, le pregunto que mire, por favor, en el listado de obras, para ver si se citan los dos volúmenes de Gonzalo Redondo sobre Las empresas políticas de Ortega y, ya de paso, que consulte si está allí la obra de Ciriaco Morón Arroyo: El sistema de Ortega. Espero al teléfono un par de minutos su respuesta y, al final, grita enfurecido: "No, no, no aparecen". Trato, otra vez, de tranquilizarlo, le quito hierro a la cosa y le digo: "La bibliografía sobre Ortega es tan grande que no parece fácil abarcarla por una sola persona por mucha perspicacia que tenga".

No obstante, después de despedirme del filólogo, me quedo pensando en el título de la obra de Gonzalo Redondo: Las empresas políticas de Ortega. Y eso me lleva directamente a la filosofía política de Ortega, quizá el asunto peor tratado entre los especialistas en la obra del filósofo, contenida en su idea de libertad. Forzosamente he de volver a releer mis textos. Sí, acaso su idea de libertad, esa esperanza rescatada de la fatalidad, según la feliz definición de su más grande discípula, María Zambrano, es la pauta decisiva del pensamiento de Ortega que aún sigue vigente, sobre todo para saber cuál es el verdadero nivel de democracia alcanzado por nuestras sociedades. Pero esta idea, por decirlo suavemente, no es universalmente aceptada; mientras que podemos fácilmente encontrar lectores honrados del filósofo español que reconocen fácilmente los caminos abiertos por Ortega para el pensamiento político contemporáneo, y la democracia en particular, no parece que todos esos lectores estuvieran dispuestos a admitir que sea, aún hoy, la propia idea de libertad de Ortega la pauta para medir el grado de democracia de una sociedad.

No sé, en verdad, si ese concepto de libertad, cuyo origen es tan clásico como nietzscheano, logrará terminar con los venablos lanzados contra Ortega, pero no parece mal camino investigar las complejas repercusiones que tiene el principio liberal orteguiano para la profundización de la democracia. Creo que es el mejor camino para defender a Ortega de la falaz acusación que insiste en presentarlo como un antidemócrata. Que en una sociedad cada individuo pueda llegar a ser lo que es sin verse sometido a presiones o favores es el ideal liberal, y acaso la mejor definición del liberalismo español, que preside la entera obra de Ortega. Toda la trayectoria política de Ortega es consecuente y absolutamente coherente con este ideal, que expuso con transparencia y belleza, poéticamente, varias veces a lo largo de su obra, aunque quizá fuese en su famoso discurso de Rectificación de la República, pocos meses después de la llegada del régimen republicano, en abril de 1931, cuando dice: "La República significa nada menos que la posibilidad de nacionalizar el Poder público, de fundirlo con la nación, de que nuestro pueblo vaque libremente su destino, de dejarle fare da se, que se organice a su gusto, que elija su camino sobre el área imprevisible del futuro, que viva a su modo y según su interna inspiración".

"Yo he venido a la República, como otros muchos, movido por la entusiasta esperanza de que, por fin, al cabo de centurias, se iba a permitir a nuestro pueblo, a la espontaneidad nacional, corregir su propia fortuna, regularse a sí mismo, como hace todo organismo sano; rearticular sus impulsos en plena holgura, sin violencia de nadie, de suerte que en nuestra sociedad cada individuo y cada grupo fuese auténticamente lo que es, sin quedar por la presión o el favor deformada su sincera realidad". (OC, XI, 409, 410).

Sin libertad, pues, la democracia es una quimera. El ideal del liberalismo de Ortega, frente a lo que mantienen las ideologías del totalitarismo "igualitarista", no sólo no está reñido con la democracia, sino que es el principal estímulo para el desarrollo de una democracia sin adjetivos, es decir, de individuos, de personas altamente desarrolladas y autónomas de presiones o favores. Por supuesto, esta opinión del año 31 es ya una síntesis depuradísima de toda su obra, que tiene su punto de partida en un famoso texto del año 17, en El Espectador, titulado Democracia morbosa, que es, en mi opinión, la crítica más acertada a la deriva totalitaria que contiene una sociedad calificada formalmente de "democrática". Ese breve ensayo es, seguramente, el antecedente más importante de la crítica contemporánea al totalitarismo inserto en las sociedades de capitalismo tardío. Un trabajo imprescindible, en la línea abierta por Tocqueville en el XIX, para analizar los elementos totalitarios de las sociedades modernas. En cualquier caso, una referencia para quien, en el ámbito de los saberes sociales y el pensamiento político, siga considerando que es imposible analizar la democracia y el totalitarismo prescindiendo de uno de los dos conceptos.

He ahí un pensamiento de lengua española que se adelanta, en casi treinta años, a los primeros análisis de Hannah Arendt sobre el totalitarismo, y, en más de setenta años, a los estudios de Claude Lefort y Castoriadis sobre democracia y totalitarismo; pero que desgraciadamente sigue siendo despreciado o, peor todavía, desconocido por la filosofía política de lengua española contemporánea. Así las cosas, sospecho que tendremos que seguir conllevando a los "teóricos" e ideólogos de los "privilegios igualitaristas", defensores indirectos de un totalitarismo cada vez más extendido por el tejido "político" de los llamados "Estados de bienestar". Especialmente insoportables nos resultarán las necedades que se dirán ante la idea de autolimitación del demos que, a comienzos del siglo XX, propuso Ortega para el desarrollo genuino de los individuos en la política, en una democracia de personas libres e iguales ante la ley.

En fin, amigos, otro día les cuento cómo la política, la genuina política, es pieza clave de la filosofía de Ortega, porque hoy ya he sobrepasado con creces el espacio que me asigna el director de El Imparcial.