Opinión

Más sobre el cuerpo humano

TRIBUNA

Germán Ubillos | Sábado 04 de octubre de 2014

Dicen que después de muerto siguen creciendo el pelo y las uñas, así como las orejas, van creciendo desde que naces hasta que te mueres. Esa es quizá una de las razones por las que el peluquero llega a transformarse en uno de los personajes junto con el médico más cercano al ser humano.

El médico de antaño era el amigo del hombre, su médico de cabecera quizá porque se sentaba junto al paciente a la altura de su almohada, le conocía muy bien y charlaba con él, le tranquilizaba, al revés que ahora que te manda muchas pruebas y como a un amigo mío un poco corto le intranquiliza y le atormenta con eso de la tensión arterial haciéndole ir y venir al hospital múltiples veces hasta que de tanto suspense de ir y de venir consigue que la tensión le suba tanto que parece a punto de estallar, entonces le manda indefectiblemente la pastilla “para toda la vida” con la que acaba de darle la puntilla y hacerle la pascua.

Pero bueno, el caso es que el peluquero, junto con el médico es nuestro otro compañero de fatigas. Conversador infatigable, consejero, confidente mientas estás vivo; esto es, mientras te puede seguir cortando el pelo.

Se hace así, de esta forma uña y carne al que acudimos todos los meses para sentarnos en la butacona, arrellanarnos, relajarnos y medio dormirnos mientras pule y repule nuestra pelambrera primero negra o rubia, después gris, e indefectiblemente al final blanca, eso en el caso de que antes no se nos hayan caído todos y cada uno de los cabellos que según la Biblia y los Evangelios Dios tiene contados uno a uno aunque con frecuencia nuestra mujer nos amenace a cada momento con eso de que nos vamos a morir para que así seamos más buenos y nos amenace con el Juicio Final, ese momento en que se nos habrán caído todos los cabellos aunque en la fosa hayan seguido creciendo indefectiblemente.

El peluquero se transforma en un apéndice del cuerpo humano. El médico intenta curarle, alargarle la vida en este mundo, debería de ser por lo tanto su mejor amigo pero mira por donde puede que lo sea el peluquero, el que manosea su melena, la enjabona y ahora ya ni eso con lo de la crisis económica global.

Cuando te enfadas con tu peluquero – lo acabo de experimentar – es peor que morirte veinte veces. Te enfadas porque te das cuenta de que te cortaba mal el pelo, te crecía para arriba como a Einstein y estabas harto de tener pinta de loco y muy poco o casi nada de genio.

Por eso le abandonas y te vas al de enfrente pero eso supone algo terrible, algo peor que un maremoto, que una guerra civil y sales apesadumbrado de la peluquería, y deprimido y con el corazón roto y con sentimiento de culpa, eso que hacía las delicias de los psicoanalistas, aquellos especialistas a los que iba la gente cuando tenía dinero y cuando acababan de llegar los argentinos, esa masa de psicoanalistas freudianos ortodoxos que se sentaban en otro butacón a tus espaldas sin decir ni pio durante cerca de una hora, mientras se te secaba la lengua de tanto hablar para al final decirte que por hoy habías terminado y ponerte la mano para que depositaras el óbolo, esa cantidad tremenda que día a día, mes a mes, año a año, terminaría arruinándote completamente sin haberte aclarado nada.

Sí, de las mayores desgracias si no la mayor de la vida es quedarte sin peluquero, romper con él o enfadarte y darte cuenta un día que te cortaba tan mal el pelo que al salir a la calle te parecías cada vez más a Albert Einstein pero sin sabe nada de física y mucho menos de la relatividad.