Allá por 1976 se dejó caer por Puerto del Rosario un tipo de procedencia y condición inciertas. Americano según los que decían saber. El caso es que andaba de bar en bar anunciando el inminente inicio de prospecciones petrolíferas a tiro de piedra de las costas de la isla. Incluso anunció el día en que arribaría la plataforma de sondeos que estaba ya en camino, y a la que él se había adelantado para ir contratando gente y concertando acuerdos de suministro. Fuerteventura pasaba entonces por momentos difíciles (en realidad siempre ha estado pasando por momentos difíciles) Las oportunidades de trabajo locales eran nulas, la emigración imparable, la agricultura prácticamente hundida y el turismo sin acabar de arrancar, con Jandía a un par de horas del aeropuerto por una carretera infernal. Encima, empezaban a llegar los primeros efectivos de la bandera de la Legión que, salidos del Sahara en evacuación, allí iban a ser acantonados, y a quienes se esperaba como a una mezcla de invasión de los hunos y recreación de Sodoma. Más de un millar de hombres, con muchas familias, consumiendo y gastando fueron una bendición para la economía de la isla pero pocos acertaban a verlo entonces. Así que el tipo de la plataforma tenía a todo el mundo revolucionado, aspirantes a político incluidos. Algo más que dejarse invitar debió de hacer, porque un buen día, quien podía le llamó a capítulo, lo metió en el correíllo y lo mandó a Las Palmas. Y se lió. Había que oír a la nutrida comunidad de expertos majoreros en hidrocarburos y petroquímica, hasta entonces tan discreta en hacer públicos sus conocimientos, renegar de la torpeza que condenaría a la isla a vivir como mucho del turismo, una cosa indigna y ruinosa, en vez de una riqueza natural tan asequible y rentable. Como era entonces joven e inexperto (ya sólo soy una de esas cosas) y había pasado muchas horas en la Filmoteca nacional, me dio por hablar de “Aquí hay petróleo”, una película de los cincuenta, no se de quién (estará en Internet), con Morán, Riquelme, José Luís Ozores y la troupe habitual, en la que un pueblo manchego compite, gracias a rústica tecnología propia, con prospectores americanos en busca de petróleo, para encontrar… agua. Sin advertir el mensaje subliminal en pro del Plan Badajoz que transmitía aquella comedia, insistía yo en que la verdadera prosperidad de Fuerteventura y toda Canarias estaba en alumbrar y aprovechar agua. Aún me duelen las miradas y palabras de displicencia que me gané de quienes, mejor informados, ponían todas sus esperanzas, y las de los demás, en la explotación de los recursos petrolíferos que, eso era seguro, había en aguas de Fuerteventura y Lanzarote. Alguno de ellos clama hoy contra lo que entonces anhelaba.
Imposible dejar de recordar todo aquello viendo estas últimas semanas la sobreactuación, más bien histriónica, del señor Rivero y sus mesnaderos a cuenta de la definitiva autorización de prospecciones en aguas del archipiélago. En el pasivo del Estado de las Autonomías habrá que cargar que gentes así, sin más mentalidad ni talla que la de cacique intrigante, tengan atribuciones y responsabilidades tan por encima de sus aptitudes. Por simple conveniencia de regate corto, por lo rentable que se ha vuelto bravearle a una administración central y un gobierno desarbolados y sin convicción para usar de sus prerrogativas y cumplir sus cometidos, se incurre en demasías que sólo por tenerlas delante no parecen increíbles. El halago localista más burdo, el fomento de victimismos trucados, esas variantes aventajadas de populismo, son recursos con los que estos gamonales trastean como nadie. Incorporado a la moda plebiscitaria de burlar la democracia con uno de sus instrumentos, que es para lo que los usan tiranuelos y demagogos, ya anda convocando una consulta o referéndum que es en sí mismo un compendio de fullerías.
Para empezar, con la cuestión que se quiere someter a los votantes en caso de que llegue a haberlos. Lo que se les plantea es una disyuntiva entre dos cosas que no existen: un “modelo económico canario” y una economía basada en la explotación de hidrocarburos, que tampoco existen, sin que se sepa incluso si su extracción será posible y rentable. Se hace además con un enunciado interrogativo que es una simple falacia, de ésas que los clásicos llamaban quaternio terminorum, y además con mucho de argumento del espantapájaros. Pero probablemente el rigor lógico, y cualquier rigor, es lo último que cuenta aquí. Y es, por acabar, igualmente algo que se parece mucho a un fraude de ley, ese retorcerla para sortearla en vez de cumplirla. El absurdo enunciado de la pregunta parece un modo pueril de querer soslayar que el gobierno de Canarias no puede consultar ni decidir sobre algo en lo que no es competente. Y lo sabe de sobra, porque en su sentencia del pasado 27 de julio se lo ha recordado muy claramente el Tribunal Constitucional, reiterando la bien asentada doctrina de que el territorio autonómico no se extiende al mar territorial.
Así las cosas, cualquier razonamiento sobre la compatibilidad de sectores de actividad diversificados, de seguridad de las instalaciones petrolíferas, de casos bien conocidos donde coexisten plataformas y playas turísticas, separadas por unos cientos de metros, no por más de cincuenta millas náuticas como aquí, no van a tener ningún efecto. Como tampoco el que el Bureau of Ocean Energy Management norteamericano acabe, por fin, de autorizar las explotaciones en aguas federales atlánticas, durante años obstaculizadas por el fundamentalismo conservacionista. El populismo tiene sus poderosas razones que la razón no comprende.