Opinión

Teresa Romero: ¿Errores o accidente?

Y DIGO YO

Javier Cámara | Jueves 09 de octubre de 2014

Inevitable resulta asustarse cuando se oye que un virus que ronda por aquí cerca te puede matar de una forma terrible y que no existe un remedio, una vacuna o algún tratamiento que lo neutralice. Sin embargo, a pesar de la máxima recurrente en estos casos de que el miedo es libre, hay que tener tranquilidad, informarse, valorar los datos de esa información y, entonces sí, actuar.

Deseando una pronta recuperación de la enfermera infectada en Madrid, la primera reflexión crítica debería dirigirse a ese egoísmo, lógico por otra parte por lo que tiene de humano, de alarmarse sólo cuando el mal acecha nuestra puerta. No nos importan que mueran 120 personas en un solo día, muchos niños entre ellos, porque están a 5.500 kms en un país africano que no sabemos colocar en el mapa. Pero aquí nos enfrentamos a la Policía por un perro que, todo hay que decirlo, le ha tocado pagar el pato del exceso de celo.

El otro foco habría que ponerlo en la idiosincrasia particular de España y el habitual comportamiento partidista para todo. En este caso, el de algunos de los actores de la sanidad y la política que han aparecido en los medios y que nos lleva, por desgracia, a no detectar con claridad el problema, generando, por tanto, falta de información, desconfianza e intranquilidad, por no decir alarma.

El caso es que unos expertos dicen que está todo bajo control y que es prácticamente nula la posibilidad de un contagio masivo. Otros claman que todo el operativo es un desastre y que ha habido errores de seguridad en los protocolos. Por otra parte, unos piden desde el minuto 1 la dimisión de la ministra por una gestión de la que todavía no se conoce el alcance y al día siguiente dicen que hay que dejarla trabajar.

La beligerancia de algunas formaciones políticas con el Gobierno parece poner más el acento en deteriorar su gestión que en preocuparse por aportar algo positivo a la crisis. Créanme, no les necesitan para eso. Está demostrado que el afán por informar rápido hace que, en la mayoría de las ocasiones, se haga mal.

Los cruces de acusaciones entres los que responsabilizan a la enfermera y los que culpan al sistema hace que nos planteemos mil preguntas: ¿Por qué va la enfermera al ambulatorio y no al centro de referencia especializado? ¿Por qué no dice que estuvo atendiendo al misionero fallecido y oculta la fiebre que tiene? ¿Por qué cuando llama al 061 no avisa a los que manejan la ambulancia de su delicada situación?

Ante esta actuación tan errática, ¿es posible que tuviera mermadas las facultades mentales precisamente como consecuencia de la enfermedad?

Del mismo modo, ¿es posible que no dominara el protocolo de actuación porque éste no estaba demasiado claro? ¿es verdad que el traje no era el apropiado para atender a un paciente contagiado?

Y digo yo: ¿Podemos hablar de una concatenación de errores humanos o simplemente ha sido un accidente?

A la espera de que se desarrollen los acontecimientos y sin ánimo de alentar especulaciones, sí parece que a la vista de lo acontecido hay un cúmulo de responsabilidades compartidas entre la actuación de la enfermera y los protocolos.

Y dicho todo esto, preparémonos a conciencia y sin escatimar recursos porque las previsiones aseguran que en unos meses se registrarán más de 1,5 millones de contagios en África Occidental, donde ya han muerto 3.800 personas por una epidemia que queda todavía mucho para que esté controlada. ¿Alguien puede pensar que no llegarán casos a Europa?

Pero, ahora sí, ahora que nos estalla el problema en las manos, la comunidad internacional se pone seriamente manos a la obra. ¡Ay, Santa Bárbara!