Opinión

Liberales (II)

TRIBUNA

Fernando Caro | Sábado 11 de octubre de 2014
Denomino liberales economicistas, para entendernos, a quienes califican su liberalismo con la enseña de ciertas escuelas económicas: de Viena o de Chicago, sobre todo, por lo que sé.

Leí no hace mucho de uno de ellos, del Sr. Chinchetru, los párrafos que siguen, editados en la web del Instituto Juan de Mariana:

«La reclamación de la igualdad ante la ley de las parejas con independencia de si son homosexuales o heterosexuales, se llamen matrimonio o de otra manera, fue una causa en la que los liberales estuvimos ausentes Y lo mismo debe decirse en la reclamación de que no exista discriminación a la hora de poder adoptar.

Mi apreciación inmediata es la que sigue, ¿a qué liberales se refiere? Entiendo que tal matiz debiera quedar bien claro y no en el limbo de la mera especulación.

Discriminación. Sobreentiendo que de quienes adoptan; por supuesto sin entrar en consideraciones acerca de quien es adoptado ni de los sentimientos que puedan surgirle ante unos adoptantes contra natura. Y cuando digo contra natura señalo la evidencia de que en la especie el hecho biológico de la reproducción requiere, indefectiblemente, la cooperación de progenitores de diferente sexo.

Incluso se debería defender que unos padres puedan marcar qué tipos de personas podrían adoptar a sus hijos en el caso de que ellos fallezcan. »

No salgo de mi perplejidad: la pauta de la especie, otra evidencia, es que los hijos entierren a sus progenitores; así ha sido desde el comienzo de los tiempos. Jamás hubiera pensado en la necesidad de rizar rizos con tales cautelas, y no atisbo por ningún lado dónde hallan su naturaleza liberal.

«Los liberales [de nuevo...] deberíamos reclamar que ninguna moral particular, sea religiosa o de otro tipo ("progresista", tradicional, feminista o cualquier otra), se imponga por medio de la legislación en cualquier aspecto de la vida y del comportamiento individual, ya sea en solitario o en relaciones con otras personas. »

Mi discrepancia con este liberalismo no puede ser más profunda. Erre que erre sostengo que así como en Física no hay efecto sin causa, tampoco lo hay en la historia. Y que el liberalismo –en cuanto hecho de civilización– surgió inapelablemente como fruta del huerto cristiano; no por generación espontánea. Mi adhesión a lo que señalé como la tesis política más importante establecida por Alexis de Tocqueville se mantiene firme; cada vez más.

[Al hablar del sustrato cristiano lo hago con clara idea de separación del mensaje primigenio –el representado por las cartas paulinas y los evangelios– del entramado doctrinal de la Iglesia Católica. A sabiendas de su interdependencia: aquel mensaje se administró históricamente como se hizo –hecho que no tiene vuelta de hoja–, y el resultado de esa administración ha sido el que ha sido, otro hecho empírico inapelable.]

En consecuencia afirmo que no puede haber liberalismo propiamente dicho a no ser que esté impregnado de una moral, de un código de valores regulador de las relaciones con nuestros semejantes, en cuya base se halle esa formulación poética de la natural esencia cooperativa de la especie: “Amaros los unos a los otros”.

Valores cuya sustracción implica una obvia petición de principio. Y es que una cosa son las imposiciones legales y otra, muy diferente, la esencia sobre la que se sustenta el frágil edificio de la convivencia respetuosa en el que moramos, la sutil urdimbre que lo sostiene, que aquí y ahora es otra fruta del mismo huerto; otros predican guerras santas, no se olvide.

Abundando en estas raíces cristianas de lo que está en la base de los intercambios económicos, tan caros a liberales como a los que me refiero, no puedo por menos que reproducir estos párrafos de Luis Díez del Corral [Del nuevo al viejo mundo. Revista de Occidente. Madrid, 1963].

«Una de las causas que hicieron de la moneda española de las Indias base del cambio internacional durante tres siglos, fue que la Corona mantuvo con firmeza la ley y el peso de la misma. Nadie dudaba de la buena moneda española, porque contaba con el aval jurídico y ético de la Monarquía Católica...

... Un peso ensayado en Potosí era algo verdaderamente sagrado, que estaba por encima de los cálculos y de los intereses particulares, y que se encontraba al mismo tiempo respaldado por la cruz y la espada... Es difícil imaginar que, de haber sido explotado Potosí por una Compañía de las Indias Occidentales, al modo de las que iban a ser instrumento característico de la política colonial holandesa, francesa e inglesa, hubieran desempeñado sus pesos ensayados la dinámica función que ejercieron en el desarrollo del primer capitalismo, justamente por su honradísima e intachable estabilidad.

Es interesante al efecto destacar como el Padre Acosta habla del “ensaye” de la plata delectación de confesor educado en la moral casuística de la Compañía: “Es el peso tan delicado, y las pesitas o gramos tan menudos, que no se pueden asir con los dedos, sino con unas pinzas, y el peso se hace a luz de candela, porque no dé aire que haga menear la balanzas, porque de aquel poquito dependen el precio y valor de toda una barra...” »

Acabo. Deambulo por un liberalismo que no es el doctrinario, ni el económico de la escuela de Viena o de Chicago, ni el de quienes militan disciplinadamente en el seno de organizaciones de poder que aplican el más escrupuloso centralismo democrático, ni el liberalismo chic y snob que me evoca cierta “gauche caviar”; etc.

Liberalismo ad hoc, a la medida de mi buen saber que, de etiquetarlo, lo diría perplejo. Lo nutro poco a poco con mis clásicos: De la Boétie, Tocqueville, Bastiat, Ortega, Díez del Corral, Revel…, a sabiendas de lo mucho que dejo de lado porque compongo con dificultad el equipaje, mi andar es lento, y encima me solazo al contemplar las maravillas del paisaje que avisto.

Liberalismo en cuyo dintel reza la proclama tocquevillana: «No tengo tradiciones, no tengo partido, no tengo causa alguna, si no es la de la libertad y la de la dignidad humana…».

Que hace nula apelación a algo tan íntimo, tan personal, a una vivencia tan particular como es la de la fe religiosa; únicamente a hechos empíricos. Que persiste en lo esencial de mi carácter: sujeto de error. Quede claro.