Opinión

¿Quo vadis Francia?

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Domingo 12 de octubre de 2014
¿Qué le está pasando a Francia? Las vicisitudes ocurridas desde hace unos años en el país vecino sorprenden por afectar a un sistema político tomado tradicionalmente como referente de rigor y seriedad, hacia el que se dirigían las miradas de politólogos y constitucionalistas en búsqueda de fórmulas para importar en sus respectivas naciones. Bien es verdad que no cabe desconocer que, a diferencia, por ejemplo, de Gran Bretaña, la historia política gala de los dos últimos siglos no se ha caracterizado precisamente por su estabilidad, pudiendo ser calificada Francia como auténtico laboratorio experimental de pociones salvíficas seguidas de sus correspondientes antídotos: Revolución, cesarismo, Comuna, crisis del parlamentarismo ingobernable, guerra civil solapada… son jalones que ilustran claramente lo tortuoso y atribulado que ha sido el camino recorrido. Con todo, desde que en 1958 el general De Gaulle actuara de comadrona y madre de la V República la estabilidad se instaló en el Hexágono durante casi medio siglo, como demostrara el hecho de que la conquista del poder por los socialistas a principios de los ochenta y su hegemonía posterior no hicieron sino afianzar las señas de identidad del sistema político y el “respeto” hacia el mismo.

La deriva de la nao francesa acaecida en la última década se inscribe, en gran parte, en el fenómeno, presente en otras latitudes, de la espectacularización y banalización de la política; sin embargo, el contraste con la tradicional “autoritas” del poder, así como el grado de “desnudez” alcanzado, hacen de su plasmación gala una de las más llamativas y seguidas –con cierta preocupación, ha de añadirse- en la actualidad. Baste señalar, para ilustrar el alcance de la novedad –y, por qué no decirlo, de la degradación-, el arrumbamiento de un tema tabú como pocos en la política francesa como el de la vida privada de sus protagonistas, hasta el punto de que, probablemente, en ningún país del mundo la frontera entre el despacho y la sala de estar –por no citar otras estancias del “hogar”- era más infranqueable. Frente a ello, los demonios -¿largo tiempo?- ocultos parecen haberse fugado en tropel de sus tradicionales mazmorras, protagonizando una colosal “parada” ante el estupor y el alborozo del público asistente. Divorcios sonados, competencia política feroz entre antiguos enamorados, modelos-cantantes en el Elíseo, actrices fuera de éste, escapadas a dos ruedas en mitad de la noche, vendettas sentimentales de venta en librerías, hijos adolescentes de rivales políticos enfrentándose en la arena twittera… son algunas de las carrozas más destacadas de tan asombroso desfile.

Junto a lo señalado –que algunos podrían calificar de anecdótico-, asistimos desde hace unos años a una descarnada lucha por el poder, en la que se han eliminado cualquier tipo de límites, no sólo morales, sino también incluso desde el punto de vista del pudor. En este aspecto, fue paradigmático de lo afirmado el enfrentamiento entre Sarkozy y Villepin (con Chirac como aliado del segundo), digno por su crudeza, e incluso brutalidad, de las luchas políticas de la Rusia precontemporánea, aunque podrían citarse otros muchos ejemplos en los que no han faltado escuchas, emboscadas y puñaladas políticas en la oscuridad, calumnias, pruebas falsas, sobornos o injerencias en el poder judicial. Si bien la política siempre se ha caracterizado por la asunción por parte de sus participantes de una clara exposición a ataques desde la otra trinchera y, por supuesto, también desde la propia, con reglas del juego particulares, lo cierto es que en la Francia reciente la ambición personal ha dado lugar a escenas más propias de Shakespeare que de Carl Schmitt, en donde todo vale para relegar al adversario competidor. Y lo que es igualmente reseñable, no ha importado en demasía a sus protagonistas que tales maniobras se hicieran públicas con el consiguiente perjuicio a sus fuerzas políticas, provocando, además, un grave daño al sistema político, abierto en canal para estupefacta contemplación del gran público.

Todo ello acompañado –cuando no contribuye al mismo- de una gran volatilidad en el apoyo popular hacia los gobernantes. De este modo, si hasta hace poco los “septenios” eran la medida de todas las cosas en la política francesa –como es sabido, desde el año 2000 el mandato presidencial se redujo a cinco años-, en los últimos tiempos se suceden vertiginosamente altos índices de apoyo electoral con desplomes súbitos de popularidad –y el caso del actual Presidente es un claro ejemplo de ello. El “tempo” de la política francesa ha sufrido, pues, una radical transformación, cuyas consecuencias aún no somos capaces de vislumbrar con claridad.

El panorama descrito es un formidable caldo de cultivo para dos tentaciones. Una se inscribe en la línea del cesarismo, viejo conocido de la política gala. Frente al descrédito general del sistema resurge una suerte de legitimidad carismática en términos weberianos, en la que las cualidades del líder aparecen como solución mágica de las debilidades del orden tradicional. La segunda tentación –no necesariamente opuesta a la primera-, ésta más novedosa en la Historia de Francia, es la atracción del discurso populista, como representante de la que se supone verdadera alma de la Francia eterna y trabajadora frente a una oligarquía que, como mínimo, ya no puede ofrecer nada digno de atención. La reaparición de Sarkozy y el espectacular auge del Frente Nacional (hasta el punto de que no puede excluirse a día de hoy que Marine Le Pen sea la próxima Presidenta francesa) pueden ser interpretados como signos de los nuevos tiempos.

Ciertamente, junto a las señaladas con anterioridad, hay otras causas para explicar el declive político, siendo la banalización de la cosa pública un síntoma de una crisis más profunda, de corte social, en Francia. En este sentido, no cabe duda de que la crisis económica es un factor de innegable peso para explicar la nueva realidad. Una crisis económica particularmente aguda en Francia, que, además, a decir de los principales analistas financieros, aún no habría mostrado su verdadero rostro –se ha llegado a hablar de un auténtico pacto de silencio. La combinación de crisis económica, social y política haría de Francia el verdadero enfermo de Europa, por tratarse seguramente del paciente con mayor capacidad de contagio. Su “descenso a los infiernos” se llevaría por delante muchas cosas, siendo un golpe mortal para el proceso de construcción europea, al encontrarnos ante la Nación que ha sido y debe ser el motor “moral” del Viejo Continente. Confiemos, no obstante, en que estas últimas líneas no pasen de ser un ejercicio de ucronía o distopía y que la que es una de las más importantes y sabias Naciones de la historia del mundo sepa una vez más encontrar soluciones acertadas y razonables a los desafíos que se le presentan.