Deportes

Accidentes convertidos en tendencia: la transición española de Del Bosque

Diego García | Lunes 13 de octubre de 2014

La espalda de los centrales y el desequilibrio táctico, enemigos a disolver en el proceso de transformación. Por Diego García




No ganar es un castigo demasiado grande”, aseguraba Vicente del Bosque tras el segundo resbalón consecutivo de la selección española en su travesía para arribar en Brasil y cerrar, al tiempo y de manera abrupta, la mística del fútbol patrio en su conjunto y de varios de sus iconos legendarios, en particular. “Parece mentira”, confesaba el seleccionador minutos después de empatar a un gol ante Finlandia en El Molinón gijonés. La sibilina frontera que separa el despreocupado accidente de la compungida tendencia empezaba a esbozar un cambio en la relación de equilibrios. Cuatro meses antes, el 16 de octubre de 2013, el rigor táctico y la exuberancia física francesa arrugó el henchido pecho español en el Calderón con un agijonazo de Giroud en el 88. Otras tablas sorprendentes. En el camino se desarrollaron envites cómodos para unos futbolistas dotados de la técnica y talento suficientes para desatender la cohesión entre líneas y el compromiso en las labores de repliegue.

El pasado jueves se reprodujo otra “sorpresa” mayúscula, otro “accidente”. Esta vez la incredulidad del preparador y buena parte del vestuario nacional se desarrolló con el batacazo en Eslovaquia. “Ha sido una derrota absolutamente inesperada”, diagnosticó Del Bosque haciendo referencia a la estocada que Stoch aplicó a la bien mirada autoestima española. Ocho años y 36 partidos después, España volvía a caer en la fase de clasificación para los torneos de la élite de este deporte. Esta monumental estadística de rendimiento, que resume en datos la argumentación ganadora del estilo asociativo y preciosista que encumbró a nuestro país como el mejor combinado de la historia -más allá de interpretaciones románticas referentes, por ejemplo, a la Naranja Mecánica o el Brasil del 70-, sirve de legitimidad ad aeternum para esta selección y, también, como peaje a tributar, de cierto aire de ligereza en la reflexión sobre los matices a repensar, por contemplar innecesario este punto atendiendo a la legendaria cosecha.

El cataclismo sufrido en Brasil no puede interpretarse, también, como un oasis tragicómico, reflejo de lo inesperado del componente azaroso que endulza el balompié. La fría esencia de los números refleja valores y conclusiones comunes en esta, ya confirmada, tendencia poco accidental que conjuga el final del éxtasis, la despedida de varios pilares y el proceso de reformulación del estilo y sus nombres. España tuvo más posesión que Holanda y Chile -57 y 52 por ciento, respectivamente- y creó más jugadas ofensivas que sus rivales a razón de 40-30 ante los tulipanes y la esclarecedora 46-22 ante los lationamericanos. Sin embargo, la intangible sensación de control del partido y de veneno en las llegadas traslució en números los tétricos marcadores que echaron a la selección con justicia y dolor: los pupilos de Sampaoli tiraron la mitad (relación de 15 a 7) y ganaron 0-2; la vendetta holandesa equilibró a su favor el balance de los intentos (9-13) pero arrasó 1-5.

Ambos sucesos, alineados con los tropiezos ante Francia y Finlandia y con el reparo brasileño de la Confederaciones como prólogo, señalaban, a voz en grito, que a España le duele la espalda y necesita redefinir la identidad de juego sobre el césped. La posesión sugiere en los últimos tiempos un debate sobre su horizontalidad y la obligatoriedad de ir convirtiendo su enfoque en algo más vertical, aprovechando los lanzamientos desde fuera del área y las variantes en profundidad que ofrecen piezas como Diego Costa, Jesús Navas o Pedro. Sin embargo, no se ha atendido hasta la fecha con la relevancia que merece -en similar desarrollo al ejecutado por el Barcelona hasta la llegada Luis Enrique al banquillo- a la ruptura de líneas y la indigestión que representa, de manera sistemática, el contragolpe rival siempre que en éste figure un lanzador capaz de ver las fisuras del estilo español a la espalda de la zaga y una flecha dotada, más o menos, de técnica.

El nexo que une los patinazos descritos que obligan a establecer también una reflexión en esta traumática transición ahonda en las lagunas desatendidas del sistema alegre y ofensivo llevado hasta el fundamentalismo. La convicción de que la manutención de la selección a través del monopolio de la pelota, también como método de protección, genera relajación en el rigor táctico cuando se afronta la faceta defensiva. Este riesgo solo se ha descontrolado en cinco partidos oficiales. El núcleo problemático es que lo ha hecho en el último año y medio.


España, que ha convivido ensimismada desde la exhibición ante Italia en la final de la Eurocopa ucraniano-polaca -quizá la cima estética de la obra iniciada por Luis Aragonés-, contemplando la melosidad de su legado, ha entendido que el espejo ya no ofrece la misma imagen en la actualidad y empeñarse en medirse ante su reflejo más resplandeciente no solo no resulta saludable sino que, además, socava la estabilidad futbolística y anímica.

Hamsik, Robben, Ribery o Pukki son los nombres que, en el medio plazo, serán recordados como los motores de la regeneración que recondujo a la selección española a la senda de la competitividad por la gloria si se atiende a las señales descritas. Sobre ellos ha recaído la responsabilidad de desnudar la principal flaqueza nacional, con el agravante de sonrojo o pérdida de puntos. La composición esquemática de Vicente del Bosque que llevó al campeonato de Sudáfrica, introduciendo a Xabi Alonso y su sabiduría organizativa y táctica en el doble pivote con Sergio Busquets, se queda huérfana ahora y choca con la composición filosófica del grupo de futbolistas nucleares. La red de orden y seguridad que proporcionaba despreocupación en el repliegue a Iniesta, Xavi, Silva, Cesc, Villa, Torres y compañía, el elemento de cohesión y salvaguarda que, además, eximía de trabajo a los artistas, se ha esfumado por el declive físico y marcha del tolosarra. Ahora, en el Mundial y en Eslovaquia, España se rompió y se desangró a la contra.

A esta situación se le añade la baja perpetua de Puyol. El agujero dejado por el central del Barcelona -one club man por excelencia-, amén de su voz de mando en el orden intestinal y táctico, ha arrojado sobre el tapete del modo más feo las limitaciones de Gerard Piqué. El zaguero, titular indiscutible hasta esta fecha de calendario y dotado de una visión excelsa para sacar la pelota de manera pulcra desde atrás, necesita, de manera flagrante a estas alturas, un defensor rápido y astuto al corte que disimule el padecimiento de un perfil de central semejante en la adelantada defensa española, condenado a padecer en cada contraataque que se dibuje en el centro del campo rival. Incluso en la sesión de baño y masaje acontecida en Luxemburgo, donde contaba con el escolta Bartra –serio y acertado en esta cita sin tensión competitiva-, Piqué se vio obligado a agarrar a Stefano Bensi para que un futbolista que juega en la liga luxemburguesa y tiene una profesión además de su labor en el balompié, no le retratara en una carrera a su espalda.

La disolución obligada del doble pivote, con la consecuente ruptura de líneas y la herida a la espalda de los centrales y mediocentros entronca con el problema identitario.


La concepción de equipo en lugar de selección –esto es, contemplar a España como un grupo fijo de jugadores a los que se añaden matices en vez que ejecutar un casting meritocrático a perpetuidad- y la entrega absoluta al estilo de juego que ha otorgando tanto brillo al deporte español representan uno de los puntos a reflexionar en la transición “no traumática” que pretende acometer Vicente del Bosque. Porque su rol en esta metamorfosis quedó fuera de debate tras su no dimisión y reafirmación en el cargo por parte de la Real Federación Española de Fútbol.

La relación de nombres destinados a rejuvenecer el hambre de éxito y el impulso de la selección española que peleará por reencontrarse en Paris 2016 significa una obviedad con consecuencias directas: España ha perdido el cerebro sobre el que giraba toda una filosofía de juego y no hay recambio posible. Al igual que ocurrirá en Italia con la retirada de Andrea Pirlo, la salida de Xavi Hernández de las convocatorias ha generado un vacío de jerarquía reemplazable solo reestructurado todo lo que rodeaba a este generador de fútbol, ya que encontrar otro Xavi en Cesc, Thiago, Isco, Silva o Koke parece utópico. El alumno aventajado de Guardiola gozaba de un magnetismo propio de los elegidos en este deporte: marcaba el estilo de su equipo en tanto en cuanto todo funcionaba de acuerdo a su filosofía asociativa, un estilo que hacía mejor a cada compañero a través de la visión de Xavi.

Con esta gruesa ausencia cabe, entonces, la modificación del paradigma, señalando a abordar los automatismos perdidos cuando se pierde en balón. Las alarmas saltaron en Eslovaquia por la urgencia sufrida tras la deficiente previsión del cambio generacional. No cabe tal sensación de desequilibrio contemplando que la transición post traumática en una entidad deportiva se extiende en el tiempo de manera inexorable y la clasificación para la próxima Eurocopa entra dentro de toda lógica. Hay espacio abierto para el planteamiento de opciones dentro del sistema y las probaturas con roles y nombres variados, pero también debería incluirse en el foro la reflexión sobre el sistema en su conjunto; sobre el enfoque más o menos extremo que se venía usando con la época dorada y que en el último año ha alimentado la capacidad de los rivales, por humildes que resulten sobre el papel, para amilanar las virtudes técnicas de la selección y punzar en sus flaquezas; sobre el acometimiento de las mutaciones destinadas en el esquema para subsanar el desequilibrio táctico; sobre la necesidad de entregar el relevo, por doloroso que resultara, a un tipo de futbolista técnico por un perfil más ordenado y físico en la medular, en pos de este último punto.

La revolución que el seleccionador dibuja podría formalizarse si incluyera también en su despacho el viraje tacticista. Tanto en la categoría de combinados nacionales como en la de clubes, con el Barcelona como principal adalid, la inercia futbolística ha señalado la decrepitud de la ortodoxia combinativa sin matices organizativos en la táctica de repliegue. La negación de este apartado condenaría, de nuevo, a sustos en escenarios de lo más dispares. Si bien la discusión sobre la delantera de un punta o con doble presencia, la titularidad de Costa, el relevo del mito Casillas y la inclusión del rombo en el centro del campo para otorgar a Silva o Cesc la potestad exclusiva del último pase evitando que se contradigan juntos sobre el césped, resulta absolutamente necesaria, no ha de descuidarse la faceta equilibradora. Porque por este agujero se coló el mayor fiasco de un campeón del mundo en la siguiente cita mundialista y, al tiempo, se diluyó la seguridad que el misticismo otorgaba a este bloque triunfador de todo y capaz de levantar cualquier imprevisto. Cerebro, espalda, e identidad representan las llagas irresolutas de la transición española.