Opinión

Fukuyama y el fin de la historia (1989)

EN TRES TIEMPOS

Alejandro San Francisco | Martes 14 de octubre de 2014

Unos pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín, un norteamericano de origen japonés publicó una polémica tesis que tituló "¿El fin de la historia?" El artículo apareció en la prestigiosa revista The National Interest (Verano de 1989). Seguramente Francis Fukuyama, el autor del texto, no pensó ni en el impacto que tendría su texto ni en la polémica que provocaría.

Así resumía su posición: "El siglo veinte presenció cómo el mundo desarrollado descendía hasta un paroxismo de violencia ideológica, cuando el liberalismo batallaba, primero, con los remanentes del absolutismo, luego, con el bolchevismo y el fascismo, y, finalmente, con un marxismo actualizado que amenazaba conducir al apocalipsis definitivo de la guerra nuclear. Pero el siglo que comenzó lleno de confianza en el triunfo que al final obtendría la democracia liberal occidental parece, al concluir, volver en un círculo a su punto de origen: no a un “fin de la ideología” o a una convergencia entre capitalismo y socialismo, como se predijo antes, sino a la impertérrita victoria del liberalismo económico y político".

A continuación agregaba, como una conclusión asertiva, que "el triunfo de Occidente, de la 'idea' occidental, es evidente, en primer lugar, en el total agotamiento de sistemáticas alternativas viables al liberalismo occidental". En parte esta victoria podía demostrarse en la actitud que habían adoptado durante la última década los dos grandes países comunistas del mundo, Unión Soviética y China. El primero, bajo la dirección de Gorbachov, había iniciado un decisivo proceso de reformas en materias económicas y de transparencia, que en la práctica deslegitimaban o daban la espalda a casi siete décadas de comunismo. El gigante asiático, por su parte, había iniciado ya en la década de 1970 una serie de reformas económicas que favorecían un sistema más abierto en términos económicos, si bien no terminaban con la dictadura del Partido Comunista ni con muchas de las estructuras impuestas por Mao a partir de 1949.

Fukuyama, en términos hegelianos, estimaba que la historia se manifestaba en forma de contradicción de ideas, como el mundo había podido observar hasta la saciedad durante el siglo XX, prolífico en luchas ideológicas. Pero las cosas habían cambiado desde hacía unos años, lo que llevó al autor de "¿El fin de la historia?" a sostener que no se estaba acabando solamente la Guerra Fría, ni un momento cualquiera de la historia humana, sino que se vivía algo mucho más profundo: era "el fin de la historia como tal", es decir, "el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano". Desde la década de 1980 ya no habría historia, debate ideológico de escala universal.

La idea de fin de la historia, desde luego, no era original. El cristianismo había desarrollado su propia filosofía de la historia con San Agustín (en realidad se trataba de una teología de la historia), que no se preocupaba por la grandeza transitoria de los imperios, sino por la salvación o condenación en el futuro, como planteaba el escritor romano-africano en La Ciudad de Dios. Por su parte Karl Marx había sostenido en el siglo XIX que la contradicción de clases sociales, la burguesía y el proletariado en su época, culminaría al alcanzarse la utopía comunista, una sociedad sin Estado y sin clases, sin contradicciones.

Al finalizar el siglo XX, Fukuyama retomaba la figura de Hegel y su dialéctica de las ideas, y se cuestionaba: "¿Hemos realmente llegado al término de la historia?", desde la perspectiva de las ideas y de la conciencia. Se refiere a ideas valiosas y de dimensión universal, no a cualquier noticia material o concreta, por muy importante que sea. En este sentido, Fukuyama sabe que los conflictos internacionales se mantendrán, también habrá noticias suficientes para llenar las páginas de los diarios y las revistas o los noticiarios de radio y televisión. Pero eso no es lo relevante. También sabe que tanto en China como en la Unión Soviética algunos dirigentes pueden seguir manteniendo posturas más ortodoxas, así como en Occidente hay personas o grupos más o menos relevantes que sostengan ideas alternativas o contradictorias con las del liberalismo económico y político. Eso no es relevante, ya que en modo alguno logran cuestionar la validez universal de las premisas del liberalismo.

Es verdad, reconoce Fukuyama, que siempre puede haber algunas ideas más poderosas que tengan más apoyo o relevancia. Entre ellas, el autor destaca dos: el nacionalismo y "otras formas de conciencia racial y étnica", así como las religiones, o "fundamentalismos religiosos", presentes en las religiones Cristiana, Judía y Musulmana. Ni el uno ni la otra, sin embargo, representarían una amenaza para las ideas dominantes del liberalismo.

¿Por qué recordar hoy a Fukuyama y su ensayo sobre el fin de la historia?

Principalmente por tres razones. Primero, porque al cumplirse 25 años de la caída del Muro de Berlín, que se considera en gran medida el triunfo de la democracia y de la economía libre sobre el comunismo económico y político, debemos recordar que el autor norteamericano-japonés planteó sus argumentos antes de que sucediera ese acontecimiento, anunciando la victoria liberal en el plano de las ideas.

Segundo, porque existe la necesidad de comprender ese final del siglo XX de la manera más completa e informada posible, considerando los repetidos sucesos que anunciaron el fin de la Guerra Fría, así como las figuras fundamentales de esos años y las ideas que formaban parte del debate público.

Y hay una tercera razón. Es evidente que la victoria temporal de una idea determinada no puede significar el fin de la historia como tal o la constatación de que nunca más habrá discusión en el plano de las ideas. Las votaciones cada cierto tiempo o la considerable ampliación de las posibilidades de consumo no resuelven definitivamente todas las necesidades ni intereses de la humanidad, ni podemos aceptar que en el futuro "no habrá arte ni filosofía, sólo la perpetua conservación del museo de la historia humana", como afirma al final del artículo. El propio autor parece reconocer las limitaciones de su propia teoría, cuando señala que "esta misma perspectiva de siglos de aburrimiento al final de la historia servirá para que la historia nuevamente se ponga en marcha", es decir, la posibilidad de que renazca la lucha de las ideas

Hay que regresar a 1989 en sus distintas dimensiones. Fukuyama fue una de las más interesantes, sugerentes y polémicas. Obtuvo una gran victoria mediática con la caída del Muro, pero no hay triunfos definitivos en este mundo, como la historia se ha encargado de recordar tantas veces.