Artur Mas se había empeñado en darse cabezazos contra el muro. Solo podían pasar dos cosas: o que se rompiera el muro o que se rompiera su cabeza. Parece que finalmente va a perder su cabeza (políticamente hablando), después de que la Diada del 2012 ya se la hiciera perder en otro sentido. El muro es muy fuerte: la legalidad española. La cabeza de Mas era dura, pero no tanto. Lo impepinable es lo impepinable.
Mas se perdió en Cataluña porque no la conoce. No conoce ni su realidad social en conjunto, ni mucho menos su realidad legal, política, territorial o histórica. Si conociera estas realidades no se hubiera dado de bruces contra ellas. Cataluña es una región tan española como la que más, y son pruebas de ello su inabarcable corrupción, la chapucería de su gestión y la soberbia, superficialidad y frivolidad de algunos de sus dirigentes.
Mas se perdió en Cataluña porque ha estado jugando puerilmente con las palabras, con las argucias y las astucias, en la mejor representación a la que uno haya asistido jamás de la paradoja de Aquiles y la tortuga, escrita por Zenón de Elea. Mas (que se ha puesto de Aquiles) por muy rápido que corra nunca alcanza a la tortuga (la independència), porque cuando él llega el lento reptil siempre se ha alejado un poquito. Así, el sibilino Mas consigue la apariencia de eternizarse, como si se parara el tiempo… Pero la realidad es que el tiempo no se para.
Más se perdió en Cataluña porque casi nadie habla de los diez muertos por legionella en sus hospitales, ni se rastrea lo suficiente todo el botín del clan Pujol Corleone, ni se investiga a fondo el 4% de las comisiones de CiU, ni se defiende a los “charnegos” residentes en Cataluña que creen vivir en su país: España. Más se perdió en Cataluña porque desde que está Mas y aun antes, en los tiempos ominosos del tripartito, la Comunitat Autònoma, que no soberana, se ha ido empobreciendo en todos los sentidos.
Más se perdió en Cataluña desde que se abrazaron Corrupció i Desunió y Estamos para Reventar la Constitución (ERC), dos partidos antitéticos en todo salvo la fantasía. Mas se suicidó (políticamente) en Cataluña porque el abrazo de Junqueras es el abrazo del oso, que te apretuja hasta asfixiarte. Ahora llega el rodillo de ERC, el yunque de Junqueras, y de nada sirven los gemidos angustiosos de Mas señalando que el enemigo es el Estado español.
El riesgo a la vista, 9-N aparte, es que el agrietado bloque proconsulta se dé un arreglo de chapa y pintura para presentarse juntos a unas elecciones dizque plebiscitarias, con la proclamación de la independencia en el simplísimo e irrealizable programa, y que la proclamen, en un nueva escena tragipatética. Cabría imaginar a Junqueras haciendo de Macià y de Companys, sus antecesores al frente del quiste de ERC. Sería la quinta proclamación unilateral de Cataluña, pero nada augura que esta se prolongara más que la cuarta (6 de octubre de 1934). Es decir, unas pocas horas.
A pesar de los pesares catalanistas, y de que no hay que relajarse ante el 9-N en ciernes, uno no cree que una sociedad tan tradicionalmente conservadora como la catalana vaya a echarse completamente en manos de las izquierdas. Uno prevé, vislumbra y casi desea, como mal menor previo, un próximo escenario político similar al del País Vasco. Después de un Ibarretxe siempre viene un Urkullu: está por ver quién releva a Mas al frente de CiU. Los hijos de Pujol (tanto políticos como naturales) deben dejar paso a nuevas caras.
Cataluña ha logrado volver a encandilar al espectador español como la protagonista de la película. La Comunidad Valenciana, Asturias o Extremadura, por poner tres ejemplos, esperan en un segundo plano la hora en que se hable de sus problemas.