Opinión

La Casa del Pecado Mortal

EPPUR SI MUOVE

Antonio Hualde | Jueves 16 de octubre de 2014

Existió una Casa del Pecado Mortal. No, no me refiero al sitio donde el felizmente desparecido Antoni Tapies perpetraba aquellas aberraciones que algunos iletrados llamaban “cuadros”. Se trataba de un caserón situado en la desaparecida calle del Rosal, cerca de la Gran Vía madrileña, que hacía las funciones de hospital de maternidad para mujeres solteras que se habían quedado embarazadas y que querían dar a luz discretamente. Aquellas mujeres permanecían en “la Casa” durante el periodo de gestación en régimen de clausura y cubiertas por un velo en todo momento. Esta institución dependía de la Hermandad del Santo Celo de la Salvación de las Almas, algunos de cuyos miembros formaban parte de la pintoresca Ronda del Pecado Mortal.

Su funcionamiento era el siguiente: al caer la noche, unos cuantos cofrades marchaba en sonora procesión -a grito pelado y haciendo sonar carracas y cencerros- por las calles donde había casas de lenocinio, increpando a sus “clientes” sobre lo feo que estaba lo que estaban haciendo. Como se ve, lo de los escraches viene de lejos. Ahora los hacen desde la izquierda para chinchar a políticos de derechas, con el tema de la crisis económica como telón de fondo. Personalmente, abomino de cualquier tipo de acoso, y el escrache lo es. Nada lo justifica; o, al menos, eso creía yo. Pero la última traición de Rajoy a su programa electoral en lo que se refiere a proteger la vida de seres humanos en pequeñito me ha hecho replantearme algunas cosas.

Hablo con la libertad de no haber votado en las últimas elecciones y, tal y como está el panorama, creo que así seguiré. Escribo estas líneas gracias a que un buen día mis padres decidieron traerme al mundo. Supongo que estaba en mi derecho; al menos, con la Constitución en la mano. Su artículo 15 dice que “todos tienen derecho a la vida”. De ahí que cuando Felipe González sacó en 1985 su Ley Orgánica 9/1985 -la Ley del Aborto-, se plantease un recurso de inconstitucionalidad, del que devino una de las sentencias más importantes del Tribunal Constitucional, la 53/95. En ella se afirma que “si la vida humana es un devenir, un proceso que comienza con la gestación y que termina con la muerte, y que “si la Constitución protege la vida no puede desprotegerla en aquella etapa que no sólo es condición para la vida independiente del claustro materno, sino que es también un momento del desarrollo de la misma”, la vida del nasciturus “constituye un bien jurídico cuya protección encuentra sentido” con arreglo a nuestra Carta Magna.

Ahora se puede matar impunemente a ese ser humano en pequeñito durante sus primeras 14 semanas de vida. Eso es lo que intentó cambiar Gallardón, pero se lo impidieron. No la izquierda, sino los “suyos”: Rajoy, Arriola y otros tantos mediocres que optaron por mancharse las manos con sangre inocente para ver si así arañaban algún voto progre. Tontería y ruindad a raudales. Vamos, que un votante de Podemos se va a pasar al PP por esto. De traca. De todos modos, el partido está lleno de estómagos agradecidos que se quejan en foros privados pero que son incapaces de decir “esta boca es mía” delante de un micrófono. Prefieren “luchar desde dentro”, dicen. Así les va. Desde un punto de vista jurídico, veía interesante la defensa que el PP hacía de la vida en su programa electoral. Como católico que soy, además, me parecía de ley. En calidad de ciudadano de a pie y harto de todos los políticos no me sorprende lo que ha pasado; eso sí, me asquea. Decía John Lennon que “la vida es aquello que te va sucediendo mientras haces otros planes”. Una vida de la que muchos no podrán disfrutar.