Opinión

Carta a José Luis Paniagua Tébar

MIRADA ESCOLÁSTICA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 17 de octubre de 2014

Querido y ya eterno amigo José Luis: Aunque todavía no he metabolizado tu muerte intempestiva, ya voy sintiendo el hueco inmenso que tu presencia afectuosa siempre dejará en mi pecho. Tu recuerdo surge sin cesar, pareciéndome que te oigo, que hablo contigo, que te abrazo al saludarte, como la última vez en Cárdenas, cuando presenté tu lírica Flor de Umbría. Todavía quedan entre los hombres honor y honradez, y en algunos la amistad sobrevive a los amigos. No gozar ya de tu conversación, siempre inteligente y llena de sensibilidad, y de tu aprecio tan sentido me causa un dolor indecible, y renueva mi queja contra una vida incomprensible, con un sentido horro de toda justicia humana. No abundan, desde luego, en este valle de lágrimas los caballeros como tú, que espantan las penas devenidas de un mundo mezquino, pobre y áptero. Por eso, cuando gente como tú se nos va, se apaga un faro radiante en el piélago negro de la noche de un mundo de muertos vivientes, morideros sólo, que no vivos de vida. Tememos que después de tu pérdida, la vida pierda uno de sus grandes atractivos para nosotros. ¿Cómo ya no añorar hoy las teorías que deberías haber elaborado sobre el caso del Ébola desde tu elevada atalaya de egregio bioquímico extrauniversitario, que son los que hoy sirven para algo? ¿Cómo no anhelar hoy tus reflexiones éticas siempre llenas de esperanza sobre una España postrada en la inmoralidad y corrupción social y política ( “porque aquí no se salva ni Dios”, que dijo el poeta desesperado ), en donde la decencia parece ser la excepción y una piedra de escándalo? ¿Cómo acercarme a tu casa a consolar a tu maravillosa María, bella por fuera y por dentro, beautiful, es decir, llena de beatitud, sin que tú llenes la casa de esa nobleza y alegría que se contagiaba y que nunca claudicaba?

Amigo José Luis, amigo del alma: Dirán que sigues vivo en tus grandes novelas, en tus sagas épicas, en tus ensayos cargados de lucidez optimista, en tus obras, de las que tuve el honor de prologar tres. Y es verdad que parte de tu alma vive en la beata clausura primaveral de tus libros, pero yo todavía no puedo abrirlos, no tengo ánimo aún para releerte en calma, y, por otra parte, hay mucho José Luis que no está reservado en tu obra, porque José Luis no cabe en ningún libro, ni en la veintena toda de libros que escribió. Un José Luis que se perderá sin remedio cuando los que le conocimos también le hagamos compañía, sin duda sabrosa, en los intermundia epicúreos y lucrecianos. Cuando una enfermedad arrebata a nuestros amigos, al menos nos deja motivo de consuelo de la inevitable necesidad que a todos los hombres amenaza. Es éste el José Luis que a mí me interesa porque tus grandes libros no necesitan de pregonero para que las almas sensibles vean en ellos grandes obras de exquisita sensibilidad, honda experiencia y profundo conocimiento.

Eras un amigo verdadero, y eso te produjo amigos verdaderos. Mi aflicción no es de las que pueden ceder ante reflexiones vulgares de las almas porcinas. Te echo de menos como si te hubiese perdido en la flor de la edad, y lo lamento principalmente, porque nunca he sido hipócrita, por mí mismo; porque he perdido quien fue muchas veces testigo, juez y guía de mi conducta.

Tu pueblo nunca reconoció tu valía, aunque ahora la doblez de los políticos al uso te elogie. Nadie como tú sabía cómo son los políticos de tu pueblo, los políticos en general, los políticos de España. Unos y otros. Si a un valdepeñero, gigante hesiódico, como Francisco Nieva no se le concedió el Premio en la Exposición de Artes Plásticas, otorgándosele un vergonzante segundo premio regional, a pesar de que también había participado en la categoría nacional, tu obra estaba obligada a tener el mismo reconocimiento entre tus paisanos. Sólo cuando España puso sobre el primer pavés de las Bellas Letras a Nieva su pueblo se entregó a regañadientes apasionado a la causa. Tómatelo como un timbre de gloria. Ya nos decía san Lucas que Nemo propheta acceptus est in patria sua. Tú ya eres epónimo de calles en otros pueblos. Y que conste que tu pueblo no es peor que ningún otro pueblo de España. Al contrario, sus vecinos tienen una mente abierta, son de corazón generoso y tienen un sentido de la dignidad personal que es difícil encontrar en otras partes de España. Pero en su trato con los grandes hombres aquí nacidos es un pueblo muy español. Nieva comenzó a ser aquí reconocido cuando ya era miembro de la Real Academia y autor teatral de éxito en Madrid y Barcelona, y famosísimo decorador y tramoyista en Berlín, París, Nueva York, Roma, Venecia, Palermo y Estocolmo. Lo mismo sucedió con Gregorio Prieto.

Supiste vivir en Valdepeñas y estar enterado de los sucesos de tu pueblo y, a la vez, vivir con honroso retiro en esa tu casa romántica, rodeada de altos árboles plantados por ti en tu juventud y por donde cruzan elegantes y rozagantes pavos reales y gallinas exóticas que no entran en conflictos con los gatos. Nunca te faltaba la excelente compañía de magníficos valdepeñeros. Cuando no escribías, pasabas el tiempo como agricultor avezado en tus viñedos, y magnífico maestro de Tai-chi. Supiste llegar a eso que el Dante llamaba la “vita bona”.

Raramente en España se puede tener la satisfacción de escuchar justas alabanzas de uno si la muerte no te ha llevado, no pudiendo jamás renacer antes de morir. Deploro tu muerte prematura, y con ello la pérdida de un modelo humano de las antiguas costumbres caballerescas. Aunque tal vez no deba llorarse ni llamarse muerte a tu tránsito de una vida corta a otra vida que no terminará jamás. En esa otra vida ya tienes otros grandes amigos que te están esperando para conversar con tanta inteligencia y dulzura con la que tú solías conversar.

¿Qué puede imaginarse tan corto y limitado que lo sea menos que la vida más larga? Recordarás, José Luis, lo que se decía de Jerjes. Después de contemplar atentamente aquel poderoso ejército que mandaba, no pudo menos de llorar la suerte de tantos millares de hombres que habían de perecer tan pronto. ¡Cuánto debería contribuir esta reflexión a que usemos bien de este poco tiempo que tan pronto perdemos!

En fin, José Luis, en esta vida brevísima me despido de ti por poco tiempo, en la confianza de que cuando me llegue la hora pueda conversar contigo en esas praderas verdes de hilótomos soteres e hipotamnos, ajenos ya a las inquietudes tontas y sentimientos mezquinos que nos da la vida de aquí abajo. Hasta allí va mi abrazo cargado de afecto y honda simpatía.