Opinión

Rusia, Ucrania y la memoria

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 18 de octubre de 2014

Esta semana se ha cumplido el 70 aniversario de la liberación de Belgrado. El presidente ruso Vladimir Putin visitó esta semana Belgrado y asistió como invitado de honor al desfile conmemorativo de la victoria junto al presidente de Serbia Nikolić y al primer ministro Vučić. Entre el 14 de septiembre y el 24 de noviembre de 1944, los partisanos de Tito, el Ejército Rojo y el Ejército Popular de Bulgaria lanzaron una ofensiva para expulsar a las tropas del Reich de la capital yugoslava. El 14 de octubre partisanos yugoslavos y soldados soviéticos alcanzaban la capital y sentenciaban el destino del Reich en los Balcanes, aunque los combates continuaron en Bosnia y el Sandžak hasta febrero de 1945. Una vez más, los eslavos del sur y los rusos compartían un episodio de su historia: la lucha contra los nazis. Como sucedió con los generales blancos que encontraron refugio en Serbia tras la guerra civil y contribuyeron al desarrollo militar del país que los acogió, la memoria compartida dela guerra fue más fuerte, incluso, que las tensiones de la ruptura entre Tito y Stalin. El enfrentamiento político no rompió los lazos históricos de Serbia con Rusia.

A menudo se minusvalora la importancia de la Historia para analizar los asuntos de actualidad. Durante casi un siglo, con periodos de mayor o menor intensidad pero sin pausa, Rusia ha sufrido amenazas e intentos de aislamiento. La Unión Soviética, en sus diversas etapas, fue siempre un régimen al que se trataba de acorralar y es imprescindible tener presente esto para comprender en toda su extensión acontecimientos como la Guerra Polaco-soviética (1919-1921) o los conflictos que sacudieron el mundo durante la Guerra Fría. La identidad de la Rusia de hoy ha asumido la narrativa de la resistencia y el sacrificio. Ahí están las celebraciones patrióticas en las que se entona la famosísima marcha “La guerra sagrada” o la pervivencia en la cultura popular de una serie televisiva de espías de 1973 como “Diecisiete momentos de primavera”, cuyo protagonista es Maxim Isaev, un espía infiltrado en el alto mando nazi. La lucha contra el III Reich y sus aliados forma parte de la identidad de la Rusia de Putin tanto como la grandeza del Imperio de los Zares.

Uno de los conceptos más profundos y más arraigados en la cultura rusa es el de “pravda”, que significa al mismo tiempo “verdad”, “justicia” y “ética” o “rectitud”. Un amigo suele explicar que “pravda” significa estar en el lado correcto de la Historia, hacer lo que es justo. La lucha contra el nazismo, la defensa de la patria o el sacrificio por las generaciones futuras son acontecimientos y valores que se exaltan y aprenden durante todo el proceso de socialización en Rusia. Uno podría pensar en la propaganda pero es más complejo y más profundo. La primera compilación legal rusa, cuyos preceptos se remontan al tiempo de Yaroslav el Sabio en el XI, se llamaba “Russkaya Pravda”, la “Justicia rusa”. Sus disposiciones hoy nos parecerían brutales pero, en su tiempo, fueron un progreso frente al sistema de venganzas de sangre.

Intentar acorralar a Rusia es un error y, desde que comenzaron las protestas en Kíev hace casi un año, la Unión Europea y los Estados Unidos vienen improvisando una política que parece soslayar algunas de las lecciones que la Historia enseña. Rusia resiste al chantaje y no se deja doblegar. Sin duda, las sanciones están dañando la economía rusa pero eso solo evoca, entre los rusos, el aislamiento de la URSS y el saqueo de la Rusia de Yeltsin y los oligarcas. La guerra económica contra Rusia es un fantasma que los rusos ya conocen. El patriotismo es una fuerza muy poderosa y cada paso que la Unión Europea da para presionar a Moscú es un paso atrás en todo lo demás.

Las conversaciones entre Rusia y Ucrania para resolver el conflicto del gas parecían prometedoras pero han arrojado muy pocos avances después de los tres encuentros que Putin y Poroshenko mantuvieron durante la Cumbre Euroasiática de Milán. El suministro de gas a Ucrania lleva suspendido meses y el general Invierno ya está aquí. Había que ser muy ingenuo –un pecado doblemente mortal en un gobernante- para pensar que Moscú no utilizaría la baza del gas para afirmar sus intereses y defenderse dentro y fuera de sus fronteras. Tal vez las sanciones no dobleguen a Rusia pero, sin duda, van a complicar mucho las cosas a la Unión Europea y a Ucrania. Por lo pronto, si Kiev extrae gas destinado a la exportación a la Unión, Moscú reducirá el suministro en la misma proporción. Parece que alguien minusvaloró la voluntad de resistencia rusa frente a las sanciones y las presiones.

El próximo 26 de octubre hay elecciones en Ucrania. Uno albergaría la esperanza de que los nacionalistas ucranianos tuviesen un contrapeso moderado pero va a llevar algún tiempo encauzar la relación con Rusia. Se han hecho muchas cosas mal en esta crisis, que dejó de ser una reivindicación de democracia y transparencia para convertirse en una revuelta en la que solo han salido perdiendo los ucranianos, que tanto sufrimiento y tanto sacrificio han compartido con el pueblo ruso. Sus historias están tan entrelazadas que es difícil estudiarlas por separado. El sufrimiento de Ucrania durante el siglo XX -el espanto del Holodomor o la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, la colaboración con los nazis, la resistencia contra ellos- exige que sus líderes políticos estén a la altura del tiempo. Ambos pueblos padecieron las atrocidades del nazismo y el comunismo. No, la historia de Ucrania y Rusia no comenzó en noviembre del año pasado en Maidan y uno de los mayores peligros de nuestro continente hoy es el olvido.

El año que viene se celebrará el 70º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. La Unión Europea nació para superar los conflictos históricos, no para reavivarlos. Soslayar el temor que los nacionalistas ucranianos despertaban entre los rusohablantes fue un error. Minusvalorar la capacidad de resistencia rusa es otro. Los rusos conocen la humillación, la postración, el caos que sobrevino con el fin de la URSS y no lo han olvidado. Saben lo que es la guerra económica. Saben que se puede resistir y que se puede vencer. También saben que no estarán solos.

Al igual que sucede con China, Rusia está recuperando la importancia que tuvo en el mundo desde comienzos del siglo XVIII –digamos 1696 cuando Pedro El Grande comienza a reinar en solitario- hasta la disolución de la URSS. Si algunos creyeron que Rusia era aquel país sumido en la miseria de los años 90, se equivocaron. Si alguien pensó que el chantaje y la amenaza iban a funcionar y que así se iba a ayudar a Ucrania, se confundió. Las grandes naciones, los grandes pueblos –esos que tratan de estar en el lado correcto de la Historia- no se dejan intimidar.