EDITORIAL
Martes 21 de octubre de 2014
Este pasado domingo, soldados de las dos Coreas protagonizaban un nuevo incidente armado en su línea fronteriza, tras un amago de incursión protagonizado por tropas norcoreanas. Poco ha durado, pues, el último conato de distensión escenificado hace apenas dos semanas, cuando delegaciones de ambos países coincidieron en un acto público. La dialéctica de Kim Jong Un -cuya salud sigue siendo una incógnita, como ya pasara con la de su padre o su abuelo- ha ido tornándose aún más agresiva durante estos últimos días, hasta el punto de que el Departamento de Estado norteamericano ha conminado a Pyongyang a que “reduzca las tensiones y a que cese toda acción que pueda incrementar el riesgo de conflicto”.
En este sentido, llaman la atención las declaraciones del ministro ruso de Exteriores, Sergei Lavrov, apelando a la calma “por ambas partes”. Conviene recordar que sólo una, Corea del Norte, es la que lleva hostigando desde hace medio siglo. De hecho, los únicos hechos hostiles durante todo este tiempo han partido siempre de Pyongyang.
Seúl ha mantenido siempre una difícil templanza, aunque en esta ocasión puede que la situación de un giro. Si es así, tanto Rusia como China deberían desmarcarse de los delirios de unos dirigentes, los de Corea del Norte, cuya huida hacia adelante amenaza con provocar un conflicto de consecuencias imprevisibles. Y es que un país cuyo leitmotiv es aniquilar al vecino y dilapidar su exiguo presupuesto en gastos militares mientras sus ciudadanos mueren de hambre no puede ser viable.