Localizar el expediente de un futbolista similar al de Cesc Fábregas en cuanto a su particular antagonismo emotivo, entre su vertiente británica y española, se convierte en un desafío escarpado. El mediocentro catalán sufre un desdoblamiento sustancial sobre su categoría como estilista del balompié dentro y fuera de los límites fronterizos de nuestro país. Desde que la rumorología le situara colgando el “4” y los galones de jefe de la manada de los Gunners por el sueño blaugrana y, al tiempo que su explosiva impronta diluía su rango de figura en potencia en virtud del paso de los años bajo la niebla londinense, el nuevo cerebro del Chelsea ha transitado entre el escepticismo patrio y el entusiasmo del Viejo Continente. Cabe profundizar entonces en esta especificidad única en la historia del fútbol nacional analizando el porqué del rol secundario que la memoria colectiva y los profesionales guardan a este futbolista en la selección española y en Can Barça y su percepción asimétrica en la cuna de este deporte.
Con motivo de contextualizar la disonante percepción que arrastra el último lustro en torno a este jugador, toca trazar un salto reflejo desde su actual pugna por el timón de la España en plena transición futbolística hasta el torneo que mutó a un canterano destacado del Barcelona en el proyecto de icono que Arsene Wenger esbozó para su Arsenal refinado de mediados de los dos mil, explorador de las islas británicas sin paragón en repercusión y apertura de puertas para los siguientes en desembarcar. Cesc no jugó ni un minuto ante Sierra Leona, en el debut de la selección nacional en el Mundial sub-17 de Finlandia 2003, que concluyó en empate a tres. Sin embargo, a pesar de empezar en el banquillo también en el segundo duelo -ante Corea-, el dorsal 17 de aquel combinado creció hasta cerrar el evento como mejor jugador y máximo goleador, con una actuación sublime para tumbar a la Argentina de Ezequiel Garay en las semifinales -gol decisivo en la prórroga mediante- de camino a la final perdida ante Brasil. El compañero imberbe que se vio obligado a ceder terreno ante la irrupción del MVP del torneo era, guiño y escorzo del destino, David Silva, el elegido por Vicente del Bosque para generar fútbol en el último partido de España ante Luxemburgo, tras la desconexión generada al alinear a ambos, juntos, desarrollando el mismo rol. Parecería que desde su debut en el universo profesional, los ojos españoles veían diferente imagen en Cesc a la impresión internacional.
Decía Fábregas al referirse a la situación de Iker Casillas tras su entrevista y cantada de principios de mes que el guardameta debía tener claro que el fútbol se compone del encadenamiento perenne de inercias positivas y negativas. Con esta perspectiva debió arribar Cesc a la ciudad condal al comprobar cómo su ídolo confeso Guardiola, aquel que había batallado con Wenger varios años por su deseo de atraer al creador catalán para colocar la guinda a su magnánima obra, no le encontraba un rol preponderante en su diseño de plantilla, viéndose obligado a reiniciar su mente y colgar el cartel de estrella británica en su taquilla del Camp Nou. Y con la misma concepción relativista debió decidir que su ciclo en casa, tantas veces dibujado en la mente y de camino al corazón, estaba agotado. Muy lejos del almibarado destino que presuntamente se le presuponía -sustituto de Xavi a largo plazo en pos del plan continuista de estilo-. Por lo que se antojaba necesario hacer las maletas en busca de la jerarquía enterrada.
"No envidio a Busquets y a Pedro, por favor, pero sí creo que ellos han tenido la suerte que nos faltó a algunos de nosotros con la presencia de Pep en el banquillo del Barça -en La Masía-”, revelaba en noviembre de 2010 el campeón del mundo que coqueteaba ya con su llegada a Cataluña. Y la perspectiva estadística e intangible le otorgaba la razón en la suerte de malentendido conceptual entre el técnico y el pupilo cuando unieron sus caminos. La temporada en la que compartieron vestuario vio a Cesc disputar 37 partidos de los 50 que jugó el club entre Liga y Liga de Campeones, con un 60% de titularidad y un revelador 26% de encuentros completos para un elemento nuclear en el Arsenal que disputaba el trono británico. El descenso en los minutos y la trascendencia en la rotación del equipo se concretó con Pep al mando al tomar la directriz de relegar a Fábregas al papel de suplente de Xavi e Iniesta, batallando con el influjo de aire juvenil de Thiago, Cuenca, Jonathan Dos Santos, Tello y Deulofeu la participación en un equipo que buscaba poblar el centro del campo con Keita y Busquets en el doble pivote hasta adoptar un 3-4-3 o 2-5-3.
El recorrido por la depresión hasta que su estatus estelar tocara suelo atraviesa su experiencia blaugrana hasta configurar un paisaje esclarecedor: el hijo pródigo que triunfaba en el extranjero participó en el 82% de los partidos del Barça entre 2011 y 2014, a razón de una titularidad cercana al 69% y una tasa de batallas disputadas al completo, el elemento que genera legitimidad y confianza en un rol protagonista, del 29%. La aproximación global señala, además, un reparto simétrico de atribuciones, desdibujando su labor predilecta de generador preferente del fútbol de su equipo en favor de otras responsabilidades que le proferían Vilanova y Martino en virtud de su excelsa visión de juego, distribución al primer toque y llegada a gol. Cesc sustituyó a Xavi en el 21% de su experiencia catalana; a Iniesta en el 29%; ocupó el puesto de falso 9 en el 21% de sus apariciones; y completó la continuada huída de la estabilidad posicional y funcional recomendable a aquellas alturas de currículum con un 15% de competición desarrollada en el extremo izquierdo (posición actual de Neymar) y un 10% en el estrato central, entre la mediapunta y el pasillo del pivote llegador.
La falta de continuidad esquemática, más allá de lo incómodo en lo relativo al apartado de rendimiento, se prolonga y acentúa con la abrupta escasez de continuidad en el devenir del calendario. En su debut con Guardiola solo repitió posición en dos partidos consecutivos una vez en toda la temporada, en la jornada 19; con Tito Vilanova encontró su mayor correlación de partidos y posiciones, siendo este ejercicio en el que coincidió con Messi, Xavi e Iniesta en el campo en más encuentros –al situar el técnico tristemente fallecido al manchego en el extremo izquierdo, en la línea de vanguardia-, con cuatro choques seguidos en el rol de falso 9 y otros tres consecutivos en la posición del “8” culé; por último, el “Tata” asignó a Cesc cinco citas seguidas de titularidad y coherencia posicional en sustitución del maltrecho astro argentino. En este curso postrero solo coincidió con Iniesta, Xavi y Messi en el once inicial en las eliminatorias de Liga de Campeones ante el Manchester City y el Atlético.
Pero la desafección que arrastra Fábregas a través de la merma en la trascendencia otorgada por sus técnicos del balompié español no encuentra excepción en la selección nacional. El frío registro estadístico señala que el futbolista que otorgó a Iniesta el legendario mano a mano que entregaría a España su primer Mundial y abriría las puertas de la leyenda no jugó ningún partido como titular en Sudáfrica 2010. En una sistema que contempló la presencia hierática de Xavi e Iniesta más un mediocentro defensivo primero -con Luis Aragonés-, y los dos estilistas blaugranas acompañados del doble pivote Busquets-Alonso después -con Del Bosque-, Cesc participó en el histórico ciclo triunfador del fútbol patrio arrancando desde el inicio de los partidos solo en un 22% y completando los 90 minutos del duelo en un 4,5% de las ocasiones. Las cifras, extraídas del cómputo global que concierne a las Eurocopas de Austria y Suiza (2008) y Polonia y Ucrania (2012), y a los Mundiales de Sudáfrica (2010) y Brasil (2014), reflejan la contradicción entre la relevancia en el juego y las oportunidades prolongadas en el transcurrir de los partidos. Con el penalti definitivo para derribar la barrera psicológica de cuartos de final y al gigante italiano en 2008, la exhibición en calidad de director de la orquesta ante Rusia en las semifinales de aquel torneo, con dos asistencias de tres goles, el galardón de máximo asistente compartido con Sneijder -aunque partiera desde la banca- y el envío decisivo a Silva en la apertura del festival de la memorable final de 2012, Fábregas no ha encontrado todavía el rol característico de su plenitud en la selección española. Ni siquiera ha ganado un hueco fijo -entró en la dinámica en sustitución de Torres, Silva, Xavi, Xabi Alonso, Cazorla o Villa- en la plantilla.
Esta trayectoria estadística emana cierta aflicción si se completa con sus registros en el club blaugrana: con Pep cerró la temporada con 15 goles y 17 asistencias; con Tito selló 14 tantos y 16 pases de gol; y con Martino se despidió del sueño con 13 y 17. Un promedio productivo de 14 goles y 12 asistencias por año, inmerso en un proceso de deslegitimación en su club y en la selección nacional -con relación cercana a la de causa-efecto por su viraje posicional y su esfera de recambio en lugar de referencia sin condicionantes- para un futbolista que ostentaba el honor de ser el creador de juego que más ocasiones de gol generaba en toda la aristocracia continental -Liga, Premier League, Bundesliga, Serie A y Ligue 1- desde 2006 hasta 2011. Cuatro años de responsabilidad ofensiva absoluta y atribuciones consiguientes en el Arsenal partiendo como mediocentro ofensivo, con Gilberto Silva, Flamini o Song de guardaespaldas. Una estrella que renunció a su esencia y colocó un filtro a su luz para cumplir un objetivo existencial.
Ahora, Mourinho ya tiene a su Maestro -como denominó al mediocentro español en el primer partido del calendario doméstico inglés ante el Burnley tras dos asistencias, tocar 18 veces más la pelota que cualquier otro jugador del partido con un 87% de efectividad en los pases-. El técnico luso aprendió de su eliminación ante el Atlético en la pasada Liga de Campeones que necesitaba pausa y orden con la pelota. Los últimos estertores de Fran Lampard no daban para ejecutar un salto de calidad que enriqueciera el guión pragmático de intensidad, repliegue y salida de Mou. Con Fábregas de nuevo en el rol de capitán general, el Chelsea permanece como el único equipo imbatido a esta fecha de calendario -junto al Bayern-, líder en la Premier con cinco puntos de ventaja y, arrinconando los números, con la pieza que le faltaba: el jugador matriz dotado de los fundamentos necesarios para encender la contra o pausar el ritmo. Colocado al lado de Matic -el físico equilibrador no exento de una depurada técnica que guarda la espalda a la frenética pimienta del centro del campo- o por delante del pivote musculoso que forman el serbio y Mikel cuando el marcador favorece, Cesc ejerce de creador, organizador de la línea de presión y altura de la defensa, asistente -es el máximo pasador de la Premier con siete envíos de gol- y ejecutor desde este fin de semana -anotó su primer gol en el triunfo blue en su visita al Crystal Palace tras una bacanal de paredes para disfrute del paladar exquisito-.
La regularidad posicional y la confianza en su verdadera dimensión han lanzado el rendimiento de un espécimen de perfil dispar que, valga este detalle cargado de simbolismo, ha recuperado la solera británica de su apellido, Fábregas, por exigencias de etiqueta anglosajonas. Mourinho destacaba de él en este exuberante arranque de temporada que “es capaz de controlar el tempo del partido”. El factor que necesitaba su bloque para que esa mezcla de físico y técnica única en el planeta convierta a su proyecto en candidato a todo. El jugador que debe pugnar con Silva, Thiago, Isco o Iniesta por liderar y redefinir la nueva identidad de la selección española es, en esta doble posición, el máximo recuperador de balones del Chelsea y alimentador principal de las estrellas del club londinense, Hazard y Diego Costa, con un 89,9% de acierto en el pase –contemplando que su ramillete mezcla envíos definitivos, de protección de la posesión y lanzamientos en transición-. Decía Arsene Wenger antes de medirse a Cesc en Stamford Bridge y abandonar su gusto por la omisión externa de los sentimientos nipona para empujar a Mourinho en el fragor de la batalla, que los supporters del Arsenal debían ofrecer a su principal descubrimiento el recibimiento que merecía, el de icono histórico del club. Su elegancia no le permitiría, casi con total seguridad, retractarse tras comprobar cómo Fábregas ajusticiaba a los suyos con un pase de cuarenta metros a la espalda de su zaga para encontrar la sentencia del partido ante el Chelsea en las botas de Costa.
El emotivo reencuentro con la institución que vio multiplicar su talento con la conjugación de la concepción colectiva de Wenger y la tradicional intensidad física y mental inglesa significó, para desgracia del equipo visitante, el ejemplo más redondo del esplendor de Fábregas. En un duelo de ritmo elevado, combinación de efervescencia obligada, su claridad técnica, bagaje táctico y de lectura de las situaciones otorgaba aire a sus compañeros en la posesión de la pelota -57 pases acertados de 65 ejecutados- y ahogaba la fluidez combinativa rival azuzando el cierre de líneas de pase -13 recuperaciones, el mejor del partido en este apartado- y discutía la posesión ante un estilo eminentemente posesivo -el Arsenal se llevó el manejo de la pelota en una apretada relación de 46 a 54%-.
Los 144 pases realizados por el faro del Chelsea ante el Aston Vila reflejan la vertiente de defensa y cierre del partido a través del control de la pelota que ha ganado el bloque dirigido por Mourinho este verano. O cómo los galones de una única pieza nueva matizan la identidad de todo un grupo de futbolistas. En una suerte de cobertura de necesidades mutuas, Cesc ha recuperado la sensación de dirigir con rango de exclusividad los caminos a recorrer por un club aspirante a todo sobre su concepción del juego y los blues, por su parte, han encontrado “la pieza que faltaba en nuestro motor” -en palabras del estratega luso- para asaltar la Premier y la final de Berlín a través del desdoblamiento de la dimensión ofensiva de la velocidad de Hazard, Oscar, Schürrle, William, Ramires, Remy y Diego Costa con el nombre que haga mejor a sus compañeros y eleve la calidad de las posesiones del equipo con la firma del facilitador de la cima española. El Chelsea ya no maltrata la pelota cuando la roba con indolencia, ganando horizontalidad, inteligencia en su gestión y pausa, y Fábregas ya no marchita su clase en pos de labores de sustitución, pliegues de identidad y acomodo en el banquillo, y reluce como nunca, como uno de los centrocampistas más completos y brillantes del panorama internacional, reconciliado consigo mismo.