Es el caso de Venezuela, donde, con total tranquilidad, un régimen presuntamente homologado a la legalidad internacional, incluso ahora miembro del Consejo de Seguridad de la ONU, no tiene ningún impedimento en instalar un régimen de represión política, hasta el punto de tener en prisión o inhabilitar o forzar al exilio a todo líder de la oposición que le incomode.
Y lo hace el régimen venezolano, ahora ocupado por Nicolás Maduro con la inspiración póstuma de Hugo Chávez, con la absoluta tranquilidad de quien se siente libre de todo riesgo, porque sabe que a su propio pueblo lo puede reprimir con sus fuerzas de seguridad, y los demás pueblos del mundo están siempre demasiado ocupados como para atender una causa que siempre les viene lejana.
Pues bien, esta indiferencia internacional, basada siempre en que los Estados prefieren mirar hacia otro lado ante la injusticia si no les afecta directamente, puede estar quebrándose. Porque a veces queda gallardía.
Seguramente es lo que ha podido ver en España Lilian Tintori, la esposa de Leopoldo López, el dirigente de uno de los partidos de la oposición venezolana que fue encarcelado hace ocho meses, de los que ha pasado cinco sin salir de su celda. Porque a Lilian Tintori la han apoyado los grandes medios de comunicación españoles. Y porque el propio presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, le ha dado su respaldo sin fisuras.
Lilian Tintori ha llevado por el mundo la reclamación de justicia para su marido (y otros dirigentes, alcaldes y estudiantes venezolanos de la oposición, también acosados por la represión política). Su insistencia ha hecho recapacitar a muchos. El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos ha avalado su causa y una resolución de Naciones Unidas ha exigido la libertad de López. Ha encontrado solidaridad en Europa y Estados Unidos. Y ahora, de forma explícita, la del Gobierno español.
La sensibilidad de Rajoy ante este caso merece un rotundo elogio. Porque la mayor parte de mandatarios actúan desde el utilitarismo, desde los intereses, desde las transacciones. Pero Rajoy ha apoyado la libertad de Leopoldo López sin subterfugios. Éste ha sido su mensaje inequívoco en Twitter: “Con Lilian Tintori interesado por Leopoldo López, preso en Venezuela. Necesaria su libertad y derecho a manifestarse”.
Para dar valor al gesto, importa decir que Leopoldo López no está en la órbita política de Rajoy, puesto que su partido Voluntad Popular es de centro izquierda, y está en la Internacional Socialista. Pero Rajoy ha entendido que no se podía ser indiferente ante una clamorosa injusticia que transcurre delante de nuestros ojos sin que nadie pueda o quiera hacer nada.
Naturalmente, Nicolás Maduro y su pajarito inspirador, pondrá el grito en el cielo por la injerencia externa. Ya lo ha hecho tras la posición inequívoca del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos. Y podrá tener su clientela, gente que le crea. Incluso lo podrá utilizar como escenario para su victimismo. Pero la realidad es que el Régimen venezolano está emprendiendo un camino suicida, en el interior y en el exterior.
Lo que no podrá impedir Nicolás Maduro es que muchos españoles nos sintamos concernidos, involucrados, con lo que le suceda a Venezuela. Son muchos años de simpatía, de historia común, que ni siquiera la demagogia chavista ha podido quebrar. En España, al menos en quienes no han caído en la abulia y la indiferencia hacia todo, existe afinidad y cariño hacia los venezolanos. Y se sufre por sus problemas como hermanos lejanos. Y en eso se equivoca el chavismo, cuando cree que interesarse por el bienestar de los venezolanos es injerencia. Todo lo contrario, pues nadie discute su libertad, sino se entristece o indigna cuando ésta se vulnera.
Nos queda ahora saber si el representante del chavismo en España, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, tiene a bien apoyar también la libertad de Leopoldo López o sigue considerando que la verdadera democracia está en la Venezuela de hoy, la que encarcela a la oposición democrática, y no en nuestra España, como ha dicho. No estaría mal que echara una mano en este caso, porque si no lo hace demostrará qué es lo que haría si tocara poder aquí.
Entretanto, el presidente venezolano ya empieza a saber que tiene un problema internacional. Y que se añade a un inmenso problema nacional, con una terrorífica crisis económica, social y de seguridad que ya afecta a todas las capas de la sociedad. Maduro ha dilapidado la enorme capacidad y riqueza de Venezuela, y la está aislando internacionalmente. Y Venezuela no tiene por qué sufrir este maltrato continuado. Porque no solo demuestra que Maduro y el postchavismo no se merecen el poder, sino que han perdido el patriotismo.
Si Maduro piensa que puede resolver su debilidad política con la cárcel para los opositores, está equivocado. Más aún, está abriendo la espita al conflicto social, hasta el punto de parecer que lo desea. Quizá quiera gobernar sobre los muertos, como los 43 caídos en la última protesta callejera. Pero quizá quiera recapacitar, y permita la libertad de López, Ceballos, Scarano y cuantos ha querido acallar tras las rejas.
Es lógico que Maduro tema perder el poder en Venezuela. Pero, tal como va, lo que está perdiendo es a la misma Venezuela. Y los venezolanos no se lo merecen.