Opinión

La última gran batalla naval

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Jueves 23 de octubre de 2014
LA ÚLTIMA GRAN BATALLA NAVAL Se cumplen ahora setenta años de la denominada Batalla del Golfo de Leyte, considerada la última gran batalla naval de la Historia. Ciertamente, sin llegar a la altura en dramatismo y carácter decisivo de Salamina, Lepanto o Trafalgar, el enfrentamiento que tuvo lugar en aguas del Pacífico Sur, los días 23 a 26 de octubre de 1944, entre las flotas estadounidense y japonesa, ocupa merecidamente un lugar destacado en la glosa de la lucha en el mar a lo largo de los siglos. Y para ello baste recordar un dato: en octubre de 1944 se congrega para proteger la invasión de Filipinas por MacArthur la mayor concentración de barcos de guerra jamás reunida (en el ranking ocupan también lugar destacado las familiares para nosotros armada británica de Vernon, en su asalto a la Cartagena de Indias de Blas de Lezo, y la Armada Invencible). Los datos aún impresionan al repasar la composición de las fuerzas americanas involucradas, sobresaliendo la “Gran Flota Azul” comandada por el almirante Halsey: 16 portaaviones, 18 portaaviones de escolta, 12 acorazados, 24 cruceros y 141 destructores, a los que hay que sumar múltiples (más de 500) unidades menores como lanchas torpederas, submarinos y petroleros (“sólo” 34 de estos últimos). Por el otro bando, la escuadra japonesa, muy inferior en número, aun contaba con un potencial que, ante otro adversario, hubiera sido poco menos que imbatible, sobresaliendo los dos mayores acorazados jamás construidos, el Yamato y el Musashi (una sola de sus torretas pesaba más que el mayor destructor estadounidense).

Leyte constituye el postrer intento nipón por discutir la supremacía americana en el mar o, cuando menos, por retrasar el reloj del inevitable ocaso del sol naciente. Bien puede decirse que se trató de la última singladura (o “galopada”) de la antaño intimidatoria armada japonesa, que llevaba años rehuyendo el gran combate y que antes de morir en puerto decide levar anclas al encuentro con la Muerte. La formidable capacidad industrial estadounidense, con una tasa de reposición desalentadora para sus enemigos, hacía que los números, una vez más, estuvieran claramente de su parte. A ello debe unirse su innegable superioridad aérea, tanto en cantidad de aviones como en pilotos experimentados, algo de lo que los japoneses carecían, como se demostraría semanas antes de la batalla de Leyte en la denominada “caza al pato de las Marianas”, en la que los estadounidenses, con una facilidad sobrecogedora, prácticamente aniquilaron la capacidad ofensiva nipona en este aspecto. Pero huyendo de todo determinismo histórico, si bien la victoria aliada parecía a largo plazo segura, ello no debe hacernos olvidar que los “partidos deben jugarse” y que muy distinto podría haber sido el resultado final de la contienda, o cuando menos el modo en que se produjo, de haberse sucedido de otra forma los hechos ocurridos en los alrededores de las Filipinas en el otoño de 1944.

Junto a las cifras operativas y logísticas, las propias dimensiones del escenario del drama desafían cualquier comparativa histórica, pues no en vano en él se desarrollaron hasta cuatro grandes batallas, separadas por cientos e incluso miles de millas, viéndose involucrados tres grandes grupos de buques por cada bando. Los protagonistas principales también responden en su caracterización al mejor guión. Así, de un lado, la fogosidad, valentía y rudeza de Halsey (apodado “El Toro”), cuyo ímpetu también le haría cometer errores, símbolo como pocos de la nueva hiperpotencia (hecha a sangre y fuego), que reclamaba ya su nuevo sitio en la Historia; de otro, como némesis, la imperturbabilidad, caballerosidad y fatalismo de la figura del almirante Kurita, alejado felizmente de la deformación kamikaze del mejor estereotipo japonés.

La trama no desmereció a semejante escenario y actores principales (si bien no llegó a producirse el “enfrentamiento definitivo” que deseaban algunos de sus protagonistas): sigilo (travesía inicial de la flota nipona en el Sur), fintas y cebos (Ozawa en el Norte), reveses que parecían insuperables que horas más tarde se trocan en oportunidades antes impensables, paso en mitad de la noche de un estrecho de San Bernardino inimaginablemente desprotegido, ataques sorpresa, retiradas incomprensibles… Asistimos a escenas de la lucha clásica en el mar: la búsqueda incesante de la “T”, la importancia del viento, la necesaria capacidad de iniciativa ante la falta de comunicaciones, almirantes y comandantes que se hunden con su nave (en sentido contrario, aunque de igual dramatismo, la escena en la que el almirante Kurita, en las primeras horas de travesía, ha de nadar hasta el Yamato tras el hundimiento de su buque insignia)… Junto a ello, “actos” en los que se anuncia ya la nueva era y el fin de otra: nos encontramos ante el canto del cisne de los acorazados frente a la importancia de unos portaaviones que convierten en fútil la potencia de sus otrora decisivos cañones, pues las nuevas fortalezas se hallan fuera de su formidable alcance. También en los océanos (más si cabe que en tierra) el avión ha tomado el trono.

Y todo ello en unas condiciones ambientales y psicológicas de gran dramatismo entre las que domina la muchas veces insoportable tensión (acrecentada por las noches sin dormir) ante la posibilidad de avistar una gran formación enemiga de la que será imposible escapar. Un apunte en este sentido: la lucha en el mar en todas las épocas está revestida de un fatalismo ausente (o, si presente, en mucha menor medida) que el enfrentamiento en tierra: la práctica imposibilidad de huida, la menor familiaridad con el medio y, sobre todo, el objetivo irrenunciable del enemigo de hundir la flota hacen que la Muerte sobrevuele más bajo en los dominios de Poseidón (conclusión acrecentada en el caso de una oficialidad cuyo destino se ata indefectiblemente al de la embarcación). En las Filipinas, por encima incluso del sobrecogedor poder de la máquina de guerra, descrito con anterioridad, el factor humano jugó un papel de primer orden. Así, el error y el heroísmo estuvieron presentes en los momentos centrales de la batalla. En el primer extremo, destaca de modo especial la imperdonable negligencia de Halsey a la hora de dejar desprotegido el paso de San Bernardino y acudir raudo al cebo de Ozawa. Es célebre al respecto el telegrama remitido a Halsey por el jefe de las fuerzas del Pacífico, el almirante Nimitz. Era costumbre, con el fin de confundir al enemigo, añadir delante y detrás del mensaje principal frases intrascendentes.

En el telegrama que envía el superior de Halsey, junto al mensaje principal, “¿dónde está la fuerza 34?” (la que se suponía iba a proteger el estrecho), se añadió la frase “el mundo se pregunta” (parece que por decisión del oficial encargado de transmisiones). Testigos relatan cómo, al leer el añadido que reproducía el pasaje del famoso poema de Tennyson a propósito de la Carga de la Brigada Ligera (de la que exactamente se cumplían ese día 90 años), Halsey, al creerse comparado con los incompetentes jefes de Balaclava, tiró su gorra al suelo, emitió un gran sollozo, y, tras pisar el telegrama, se retiró a su camarote durante una hora. También se ha incluido entre los errores de Leyte la retirada ordenada por Kurita, perdiendo la oportunidad de aniquilar los barcos presentes en la bahía e inmediaciones. Hoy por hoy, sigue siendo un misterio dicha orden, aunque no faltan autores que inscriben la misma dentro de los actos de heroísmo, dado que el almirante nipón antepuso la vida de sus hombres al creer que su lucha era completamente inútil. El resultado de la batalla avala su decisión: la flota japonesa nunca volvería a tener capacidad ofensiva alguna.

En todo caso, el heroísmo con mayúsculas fue protagonizado por el comandante (Evans, de origen indio) y tripulación de un pequeño destructor americano, el US Johnston. Sabiendo que se exponía a una destrucción segura, mantuvo durante más de dos horas un desigual y quijotesco combate con los más potentes barcos de la flota nipona (llegó a “cruzar la T”). Su pecio, dormido en una de las aguas más profundas del planeta, es un testimonio imperecedero del carácter de los hombres del mar a lo largo de los tiempos.