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Madrid - Barça: La calidad del Clásico como placebo ante el dolor de espalda

El partido que marcará el estado colectivo de ambos

Diego García | Sábado 25 de octubre de 2014
Los gigantes del fútbol español miden la cohesión de sus equipos. Por Diego García

La teoría masiva e imagen colectiva subrayan del Madrid-Barcelona -o de su versión refleja-, por encima de cualquier otra consideración, su categoría de excepcionalidad. Pareciera que un partido de fútbol de la Liga BBVA estándar se desarrollara bajo la lógica consecuente con la relevancia de la diferencia presupuestaria, de calidad de ambas plantillas, de motivación, de trayectoria previa a la cita y de preparación específica del evento y de la parte alícuota que le corresponde al caprichoso azar de toda actividad deportiva colectiva, nada guarda de similar al enfrentamiento de este sábado. Cuando se aproxima la consideración al “Clásico” se tiende a banalizar las mencionadas variables en pos de la aceptación condescendiente y masiva del axioma “es un partido diferente”. El manido y sacado de las catacumbas de los tópicos balompédicos “da igual que el rival venga mejor o peor, un partido así es especial” deja entrever que en poco o nada influyen las tendencias previas, encontrando, de este modo, una trascendencia irrelevante a la potencialidad que arroja el guión de juego y diseño de la plantilla que elaboran ambos entrenadores al comienzo de cada temporada.

No parece prudente asimilar este presupuesto contemplando la mayor victoria blaugrana en el Santiago Bernabéu, aquel 2-6, confirmó con letras de oro que el Barça atravesaba la mejor etapa de su historia y empezaba a mostrar al paisaje futbolístico internacional que con la pelota se atacaba y defendía con gusto exquisito y, he aquí la novedad, con pragmatismo. De aquel ciclo irrepetible dio también testimonio la bienvenida del Camp Nou al Jose Mourinho entrenador del Real Madrid. El eléctrico 5-0 constataba la gravedad del descenso en la competitividad merengue que causaba el vacío en sus vitrinas en aquel lustro y desnudaba, en cada cruce directo, la tozuda realidad del cambio de roles dominantes. Y del posterior renacer capitalino ofrece testimonio la instauración de lo apretado del marcador desde que el bloque liderato por Ronaldo forjó unidad y compromiso.

Ahora que se atisba la disolución de la larga resaca post Guardiola con la vuelta de tuerca vertical y la redistribución de nombres y responsabilidades en Can Barça efectuada por el técnico asturiano, y que Carletto sigue tratando de mutar su afinada máquina de lanzamiento de atletas a la contra en un bloque que entienda su relación con la pelota con mayor intimidad, tras el olvido traumático de Mou con el dulzor de la Décima mediante, el enfrentamiento del balompié español por antonomasia ha entrado en un terreno de incertezas. Con los roles todavía por redefinir tras el reparto de títulos de los últimos ejercicios y las enmiendas a los sistemas paradigmáticos empleados en la cota máxima de la rivalidad reciente -posesión absoluta vs repliegue y salida ortodoxo- en pleno campo experimental ha llegado esta batalla, lo cual, no hace sino añadir interés a la gestión de las piezas.

Asumía sin disimulo Luis Enrique en la previa que sus pupilos viajaban a la capital con la intención de monopolizar el balón, buscando ocupar con él el terreno rival durante el mayor tiempo posible. Su homólogo transalpino se relamía al presumir de la “calidad” del partido en cuestión, "única en el mundo" aseguraba. Y no le falta razón atendiendo a la relación de estilistas que se congregarán en el césped del coliseo del castizo Paseo de la Castellana: Messi, Ronaldo, Neymar, James, Luis Suárez, Benzema, Isco, Iniesta, Xavi, Modric o Kroos. Sin embargo, el preparador italiano aseguraba guardarse una “sorpresa” que, como su caja de chicles, solo hará pública cuando empiece a rodar la rivalidad en el punto de no retorno. Y es que sobre esta amalgama de elementos ofensivos se guarece el elemento común que rige el equilibrio de ambos gigantes puntiagudos con la pelota: el dolor de espalda.

Esta edición de Real Madrid y Barcelona, todavía en fase de probaturas, aunque estas sean ya avanzadas en algunos casos, adolecen de la cohesión mecanizada que proteja a su equilibrio de no quedar resquebrajado por la ruptura de líneas. Si bien el balance de las facetas ofensiva y defensiva resulta impecable en el torneo doméstico en asimétrica atribución -el Barça es el único invicto e imbatido y los madrileños son la punta del torneo en su puntería con 30 goles en siete jornadas- y ambos combinados tratan de dominar el ritmo del juego y ganarse la legitimidad de dicho mando a través del manejo de la pelota, con diferente despliegue (los catalanes solo han bajado del 70% de posesión en tres partidos de 11 y los merengues, por el contrario, sólo han bajado del 60% en dos duelos y perdieron en este apartado en El Madrigal), han ofrecido síntomas de pisar cenagales por la ineficacia táctica de sus mediocentros y la deficiente respuesta del colectivo en la fase de repliegue tras pérdida. En este sentido, el Madrid cuenta con San Sebastián como principal cuadro y el Barça dispone de París y el desatado Pastore como elemento nuclear de este problema.


En un contexto de bonanza de la interpretación ofensiva a través de la asociación continuada resultaría una actitud herética entregar relevancia a este punto. Reflexionando sobre dos clubes que se reparten a los máximos goleadores y máximo asistente del campeonato -Ronaldo suma 15 tantos en siete fechas y Messi, en su revuelta hacia la figura creadora de su eterno alter ego maradoniano, ha repartido a estas alturas de calendario siete asistencias que han alimentado los ocho tantos de Neymar, sumando además siete dianas a su cuenta-, que pasan de los cuatro mil pases acumulados (4.100 el Madrid y 4.800 el Barça) con un excelso promedio de acierto calcado del 87% y la estadística de acierto de cara a la portería rival más irrebatible, sin embargo, cabe entregar trascendencia a la pizarra con el partido lanzado.

La “sorpresa” que verbalizaba Ancelotti podría apuntar a esta hipótesis de mirar por controlar los riesgos de dos propuestas tan entregadas al apartado generador de juego en campo contrario, con Khedira como aliño a la pócima. Tras el regreso al once titular de los renqueantes Sergio Ramos, Carvajal y Pepe, la cobertura sistémica de la ausencia de Bale -esta pieza se ha ganado el estatus de conformadora de una idea colectiva de juego por su naturaleza física y de rendimiento al espacio- salta al centro de la escena. Las pulcras actuaciones de Isco y James en Liverpool y la trayectoria ascendente de ambos en la dinámica de la responsabilidad global en el trabajo del grupo, con la inagotable esencia técnica de sus propiedades innatas, colocan sus dorsales en la lista de inicio, volcado el colombiano en banda y el malagueño en el rol de Di María (en el 4-3-3) o desplegados en banda con la responsabilidad del volante interior en el repliegue (en el 4-4-2). Todo ello con el fin de ralentizar el frenesí al que obligan las condiciones y carencias del galés y, también, para apuntalar la deficiente cohesión entre la creativa pareja Modric-Kroos y los centrales cuando toca achicar espacios sin balón. Este espacio imprevisto cuenta este sábado con clientes de habitual goce en el Bernabéu. Iniesta y Messi disfrutan de un olfato y veneno predilecto en este desempeño y entorno.

El equipo visitante, por su parte, no ha conseguido –o buscado, según el plan de rotaciones perpetua con frontera con la meritocracia que implementa Lucho- establecer una disposición de nombres y colocación que asegure tranquilidad y libertad del trabajo gris a los atacantes cuando la posesión se vuelve horizontal y se pierde la pelota ante las transiciones potentes del panorama internacional. El presumible regreso de Busquets al once -sin el alta médica hasta este sábado- recuperaría el eje equilibrante culé, quien sabe si en óptimo nivel de intensidad física, para cubrir el sufrimiento de Rakitic en las labores de cierre táctico de líneas de pase y espacios en la contra rival. Macherano, titular en su posición predilecta con la baja de Busi, podría verse en el banquillo de nuevo si Mathieu figura en la zaga central junto a Piqué -contemplando una apuesta por la salida de la pelota como preferencia-, o podría regresas a la retaguardia si el técnico blaugrana sacrificara la merma en la velocidad de repliegue y cintura del campeón del mundo y el central galo en comparación con el Jefecito. La participación de Xavi e Iniesta escoltando al pivote defensivo queda supeditada a la fe que Luis Enrique entregue al manejo ofensivo de la pelota, relativizando el riesgo de derrota en la medular ante la superioridad física merengue.

La intención de los entrenadores con respecto batalla por la legitimidad en el manejo de la pelota en el partido, que conlleva el nivel de intensidad y altura de la presión, definirá los nombres y el desarrollo global del Clásico de la calidad. Messi y Zarra se darán cita en este enfrentamiento con Luis Suárez como estrella invitada -por confirmar si con papel protagonista o secundario ante el estado de forma y acierto de Neymar y propio-. Pero la importancia que Madrid y Barça entreguen a no romperse marcará la espectacularidad y, quizá, quién se lleva los tres puntos o acepta las tablas como un resultado propicio contemplando el cuadro de fondo, los cuatro puntos que podrían transformarse en una zanja de siete si el triunfo vuela a Can Barça.

Sea cual fuere la disposición elegida, en este choque huérfano de ciclos legendarios que perpetuar ni que confrontar se tomará la temperatura del grado de unidad y trabajo táctico de ambos adalides de la ruptura de récords ofensivos. Un concepto, el de la cohesión interlineal, que sentencia Clásicos, citas de eminente y velado cartel y, sobre todo, campeonatos. Una variable que ya ha condenado con estruendo a estos gigantes en el presente ejercicio y que ha equiparado la relación de fuerzas al someter, con especial fiereza, la clase del Barça de Martino y Tito en la Liga de Campeones en los últimos años.