Pre-Textos. Valencia, 2014. 100 páginas. 15 €
Por Inmaculada Lergo Martín
“Cómo hiere la música, el vacío de las formas / buscando sustento, apuñalando el oído. Suave- / mente, eso sí. Todo va despacio”… Hieren, sí, y van despacio, estas Medicinas para quebrantamientos de halcón, poemario con el que, sin ninguna duda, Eduardo Chirinos (Lima, 1960) alcanza una cima en su producción poética, que cuenta con una larga lista de títulos entre los que se encuentran, por citar sólo algunos de los últimos, No tengo ruiseñores en el dedo (2006), Mientras el lobo está (2010), Anuario mínimo(2012) -reseñado en estas mismas páginas-, 35 lecciones de biología (y tres crónicas didácticas) (2013), y con reconocimientos entre los que destacan el Premio Casa de América de Poesía, en 2001, por Breve historia de la música, y el XII Premio de Poesía Generación del 27, en 2010, por Humo de incendios lejanos.
Un breve apunte sobre la historia del Canciller Pedro López de Ayala, que abre el libro, revela la fórmula de esas Medicinas… Los dos han sido hechos prisioneros: el primero (durante dos años, hasta que llegaran las 30.000 doblas de su rescate) del ejército portugués, el segundo de “ese inquilino” que se ha instalado en su cuerpo, “bajo el oscuro aletazo de un cuervo mordaz y exigente”. Por otro lado, la composición del volumen, dividido en dos partes, refuerza la dualidad continua que recoge el poemario.
Eduardo Chirinos suele poner mucho de sí mismo cuando escribe, pero ahora se rasga la piel para ofrecernos abiertamente su herida. Un despliegue simbólico tremendamente rico; sereno en la tormenta, exquisito en la turbación, juguetón con el miedo, se va moviendo entre el humo, la alucinación y la ensoñación, en un juego muy borgeano entre dos mundos, como aquellos de Johannes Dahlmann en el cuento “El Sur”. Aquí la enfermera que le pide el boleto del tren en que viaja se llama “Eulalia”, y “ríe, ríe, ríe…” como la marquesa de Rubén Darío, y él se alimenta de las ubres de una vaca que cuelgan de la percha metálica junto a su cama. El libro está cargado de literatura, de referentes bíblicos y mitológicos, que se entremezclan con su propio presente, con sus recuerdos y con lo que le rodea, en una construcción donde todo es uno y todo se confunde, como lo hacen las cigüeñas en Salamanca, que ya no emigran, o como lo hace él mismo, que rema contra el agua, siendo él el agua misma. “Es el círculo de / la muerte que atraviesa el círculo de la vida / y lo parte en dos como el Mar Rojo”: y entonces “Los / labios se cierran. Escuchan una luz, pero se / ocultan en la sombra. El oído se pasea entre / los árboles, oye las hojas mecerse al ritmo / de la música. Se avergüenza ante ese brillo, / ante ese relato sin comas ni respiraciones”.
El lenguaje de este poemario ha salido de un “diccionario de espinas”, de la “sombra cosida a las paredes”, de lo sólido que “se desvanece en el aire”, de “una bolsa de residuos médicos”, de “la imprenta del infierno”; y las palabras se le muestran “agujereadas”, no quieren el orden sino el desconcierto, caen al suelo de donde debe recogerlas, tienen alas y le picotean los párpados. Pero Medicinas para quebrantamientos de halcón está escrito fundamentalmente de silencios, todos los silencios de la vida y de la muerte, del estupor, del amor y del dolor, de los recuerdos… están instalados entre cada una de sus letras, en cada verso, en cada estrofa, en cada página… y caen sobre el lector mansamente como copos de nieve, deshaciéndose al contacto de nuestro calor. Porque la nieve cae también en el poemario, cae “sin otra misión que deshacerse. Que morirse sin significar nada”. La muerte está muy presente y cercana, pero no se muestra trágica, ni omnipresente, ni aliviadora… es la muerte, sin más. Por eso, a veces, por la mañana, se tropieza con la palabra “Entusiasmo”, y se la guarda en un bolsillo, por la tarde, encuentra “Indiferencia”, y se la guarda en el otro, y de madrugada…: “Tres de la mañana. Los faros de un coche / iluminan por un instante la habitación. La / ráfaga es breve y dolorosa como el aletazo / de un cuervo”…
Puede que su huida hacia adelante, ese sentirse cordero para la noche de Pascua o un Cristo redimido en sus heridas, hayan llevado al poeta al límite, consiguiendo así, a través de una espléndida maestría con la palabra, con las formas, con los símbolos, con el lenguaje en su más alta expresión, un sonoro silencio poético que se nos cuela mansa y fieramente, como lo haría un goteo pinchado en la vena.