Tusquets. Barcelona, 2014. 242 páginas. 19 €. Libro electrónico: 12,99 €
Por Adrián Sanmartín
Con la muerte este 23 de octubre de Ramillo Pinilla desaparece una de las voces más sólidas y personales de la novelística española de hoy. Nacido en Bilbao en 1923, saltó a la palestra literaria con Las ciegas hormigas, que fue Premio Nadal y Premio de la Crítica en 1960. Tras ser finalista del Planeta por Seno (1971), vivió un período de cierto ostracismo, aunque siguió publicando en pequeñas editoriales por decisión propia. En 2004 la aparición de la primera parte de una brillante trilogía, Verdes valles, colinas rojas –formada por La tierra convulsa, Los cuerpos desnudos y Las cenizas del hierro-, le sitúo en primera línea, obteniendo el favor de los lectores y de la crítica, y alzándose con el Premio Euskadi -que volvió a conseguir en 2013 por Aquella edad inolvidable, reseñada en estas mismas páginas-, el de la Crítica y el Nacional de Narrativa.
La preocupación por el mundo rural vasco y su progresiva transformación, ya presente en Las ciegas hormigas, explota en Verdes valles, colinas rojas, ambicioso y monumental fresco que reconstruye la historia del País Vasco y que es una obra mayor de nuestras letras. Ya completamente consagrado como escritor, Ramiro Pinilla sorprendió a todos en 2009 con la publicación de Sólo un muerto más, novela policiaca a la que siguió en 2013 El cementerio vacío -reseñada en este suplemento-, y Cadáveres en la playa, publicada poco antes de la triste noticia de su fallecimiento. Precisamente, a raíz del luctuoso suceso, el editor de Pinilla ha comentado que este le decía que, en vez de escribir memorias, como es habitual a su edad, lo que le divertía y hacia feliz eran las novelas policiacas. Una felicidad que, sin duda, se hace extensiva a todos los amantes del género.
Ramiro Pinilla ha creado un original personaje en el librero Sancho Bordaberri que se trasmuta en el detective Samuel Esparta -homenaje al Sam Spade de Dashiell Hammett-, cuando le piden que investigue un crimen que ha quedado sin resolver. En esta tercera salida -y, por desgracia, la última- de Samuel Esparta le contrata Juana Ezquiaga, con el encargo de que encuentre al asesino de su novio. Estamos en 1972, y el crimen se cometió a poco de estallar la Guerra Civil. Pero ahora es cuando ha hablado un viejo bañero que vio cómo, aprovechándose de los crímenes políticos del franquismo, alguien mató al novio de Juana por otras razones. Los principales sospechosos son los propios amigos del asesinado. El escenario es, como en toda la producción de Pinilla, el área de la localidad vizcaína de Guetxo, donde vivía el propio Pinilla en una casa a la que llamó “Walden”, en recuerdo del ensayo del autor norteamericano Henry David Thoreau, a quien profesaba gran estima.
La serie policiaca de Ramiro Pinilla sigue con pericia las pautas de un género que el escritor vasco domina y admira: “Es sorprendente -comenta Samuel Esparta- la regularidad con que hay que pedir Cien años de soledad, casi tanta como devocionarios. La vida no es como aparece en Cien años, la vida es como la cuentan Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Me alegra que no vean lo mucho que vende García Márquez y lo poco ellos. Para compensarles, reinan en mi Sección Especial para gloria del género negro”. Pero añadiéndole singularidades que convierten a Samuel Esparta en una figura más cercana y hasta entrañable. Por otro lado, en la concepción y escritura de la serie se aprecia la calidad de un autor como Pinilla, que no planteó su cultivo de la novela negra como mera literatura de consumo.