Opinión

Un año crítico para Europa

TRIBUNA

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 27 de octubre de 2014

Hace dos semanas comentábamos aquí que parecía muy probable que la canciller Merkel estuviera dispuesta a abandonar su conocido rigor presupuestario pues, insólitamente, había anunciado, en una conferencia de prensa celebrada el día 9 de octubre, su decidida voluntad de usar el gasto público para estimular el crecimiento, con el fin de dinamizar la letárgica economía alemana, cuyos achaques eran patentes. La obligada reducción de las previsiones de crecimiento del PIB y la disminución de la producción industrial y de las exportaciones eran unas señales de alerta que aconsejaban una cierta modificación del rumbo, tanto para Alemania como para toda la UE. Las advertencias del presidente del BCE, Draghi, acerca del peligro de caer en la deflación y su voluntad de “ir más lejos”, así como su indirecto mensaje a Alemania para que hiciera “las cosas que hay que hacer”, iban en la misma dirección.

Pero, menos de una semana después, con motivo de una reunión de su partido, la CDU, la canciller volvió a su inveterada posición, exigiendo que las reglas de control del déficit y la obligación de un estricto equilibrio presupuestario, se cumplan por todos los países. Este repentino cambio de actitud se consideró sorprendente por parte de muchos comentaristas, pero quizás no lo es tanto si se considera que esa rígida posición es la de siempre y no es solo la suya sino la de toda la clase gobernante alemana y, desde luego, de la mayoría de los ciudadanos que, con razón o sin ella, estiman que cualquier concesión en ese terreno acabará pasándoles a ellos la factura.

El ministro de Finanzas, Schäuble, es el más decidido paladín de esa estricta posición y ha aprovechado el debate de estas últimas semanas para insistir en sus conocidos argumentos que postulan un “déficit cero”. Pero no está solo en ese criterio ya que el líder de los socialdemócratas (SPD) y ministro de Economía, Sigmar Gabriel, en el gobierno de “gran coalición” que rige actualmente Alemania, lo comparte plenamente. Cuando se le ha preguntado por la caída de PIB ha contestado que eso no es un cataclismo y que no hay base alguna para cambiar la política económica.

El gobierno alemán se siente, además, respaldado por la opinión pública que apoya con entusiasmo a Angela Merkel. Según una reciente encuesta un 79% de los entrevistados afirma que Merkel está haciendo un buen trabajo. Ninguno de los dirigentes de los grandes países europeos cuenta con unos porcentajes de popularidad tan elevados. Un libro que acaba de aparecer en Alemania, cuyo autor es Dirk Kurbjuweit y que lleva el significativo título de “Sin alternativa: Merkel, los alemanes y el fin de la política” explica, no sin cierta ironía, el por ahora imbatible modo de gobernar de la canciller. Según este autor, en la mayor parte de los debates “ella permanece en silencio, en silencio, en silencio”, escribe literalmente, hasta que está claro cuál será el lado ganador. Entonces se levanta, habla y defiende esa posición como si hubiera sido siempre la suya.

El título del citado libro, “Sin alternativa”, utiliza una de las frases favoritas de Merkel, según este autor, pues la canciller afirma siempre que frente a sus posiciones no hay alternativa. La suya es la única política posible. Se da la irónica circunstancia de que uno de los pequeños partidos de la oposición, que se opone al euro se llama precisamente Alternativa para Alemania. Pero Merkel -que, cuando interviene, “deja sedada totalmente a la Cámara y preguntándose qué es lo que realmente ha querido decir”, como maliciosamente ha afirmado el líder de los Verdes- no tiene temor a la enteca oposición porque, hoy por hoy, efectivamente, no tiene alternativa. No faltan tampoco los que estiman que Merkel es la menos europeísta de los cancilleres que ha habido hasta ahora y que, en el fondo y de veras, solo le interesa Alemania. Desde luego no tiene mucho que ver con su antecesor, el canciller Kohl, que, por cierto, en sus Memorias, no es demasiado piadoso con su sucesora que, en sus orígenes políticos, era conocida como “la niña de Kohl”.

Merkel predica incansablemente a sus socios europeos que hagan reformas aunque, como escribía recientemente The Economist, en el último informe de la OCDE, Alemania aparecía al final de la lista de los países reformistas. Esta misma revista publicaba un editorial con este título: “Construya algunos puentes y carreteras, señora Merkel”, coincidiendo con el criterio de Draghi. Un gasto alemán en infraestructuras, incluso si no llegase al 1 % podría dinamizar la economía alemana, pero también la europea en su conjunto. Se trataría, en suma, de que Alemania recuperase su conocida condición de “locomotora europea”.

Pero los alemanes no quieren gastar ni un euro. Un redactor jefe del semanario alemán Die Zeit, Jochen Bittner, escribía hace unos días el horror que sienten sus compatriotas a comprar a crédito y señalaba que menos del 50% asume el riesgo de hipotecarse comprando su casa y prefieren el alquiler, aun cuando les prive de una futura rentabilidad. “Hasta donde yo sé –añadía- la lengua alemana es la única del mundo en la que las palabras “deuda” (Schulden) y “culpa” (Schuld) tienen la misma etimología”. Quizás eso explica esa apatía alemana por invertir. Haría falta, según Bittner, que a los alemanes se les propusiesen nuevos horizontes. Y concluía: “Angela Merkel no es una líder para eso. Aquí no estamos perdiendo dinero. Mucho peor. Estamos perdiendo el tiempo”.

El nuevo presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, en el discurso que pronunció, el pasado día 22, en el Parlamento Europeo, advirtió del momento crítico que vive la UE y dijo que esta legislatura que comienza podría ser “la última oportunidad” para lograr que los ciudadanos de los 28 países miembros den su pleno apoyo al concepto de unidad europea. Un columnista de Reuters, Anatole Kaletsky, escribía que en las próximas semanas la UE debía romper “su círculo vicioso de fracaso de la política y estancamiento económico”. Y expresaba sus dudas acerca de la voluntad de los políticos de no dejar escapar esta oportunidad “dado el largo record europeo de hacer demasiado poco y demasiado tarde”. La falta de entendimiento entre Draghi y Berlín –parece que el presidente del ECB y el del Bundesbank, Weidmann, prácticamente no se hablan- será un factor clave en el futuro inmediato. Y, en este momento, la negativa posición de Alemania, la economía más fuerte de la eurozona, impide a Draghi llevar a cabo sus planes.

Una noticia esperanzadora son los buenos resultados que han tenido los “stress test” a que han sido sometidos los más importantes bancos de la UE, que demuestran que la banca europea, en términos generales, está en condiciones de recuperar su principal misión que es la de dar créditos, algo esencial para promover la inversión y crear puestos de trabajo. Para los españoles es satisfactorio que nuestro sistema financiero haya demostrado que su saneamiento está prácticamente conseguido. Pero todos sabemos que en la UE todos nos salvaremos juntos o juntos nos hundiremos.

Los populistas y anti-europeístas, que constituyen ahora una estimable minoría en el Parlamento Europeo y que aspiran a llegar a los gobiernos de algunos países, son los enemigos que tratan de sabotear desde dentro el proyecto europeo. Es preocupante, en este sentido, la situación de países como Francia y la permanente tentación británica de dar la espalda a la UE, que sería desastrosa para el Reino Unido, como advierten las voces más lúcidas y sensatas de aquella isla, pero también para el conjunto de Europa, que no es comprensible sin la indispensable presencia británica.

En España, a pesar de los aspavientos de algunos, no parece probable, por fortuna que ese nuevo populismo de izquierda consiga resultados estimables, a pesar de la excesiva cobertura radiotelevisiva de que disfruta. Los resultados de las elecciones europeas no son trasladables a las generales, como hemos explicado aquí más de una vez. Muchos ciudadanos españoles pueden estar irritados por el precio que les ha pasado la crisis económica. Pero en su inmensa mayoría no son tan locos para poner su futuro en manos de unos irresponsables. Sería apostar por el abismo.