Opinión

Escribir detrás del Muro

EN TRES TIEMPOS

Alejandro San Francisco | Martes 28 de octubre de 2014

En una potente escena de "La vida de los otros", esa gran película que ya hemos comentado con anterioridad, un disidente interpela a otro que, curiosamente, poco a poco ha ido avanzando y obteniendo privilegios dentro del sistema socialista en Alemania Oriental. Lo acusa de vendido, de ser una delator, poco confiable, a lo que el escritor oficialista ni siquiera contesta, sino que se ve confundido y sumido en la sospecha propia del Estado Totalitario.

Tiempo después de la caída del Muro de Berlín, Jurek Becker (1939-1997) pronunció una interesante conferencia titulada "La reunificación de la literatura alemana", título que ilustraba uno de los desafíos culturales que enfrentaban las dos Alemanias. El asunto excedía lo propio de las reflexiones políticas y de relaciones internacionales que se repetían en los febriles días posteriores al día de la Libertad, así como tampoco se referían a las múltiples variables sociales y económicas propias de las conversaciones y negociaciones de aquellos días. Para Becker existía un problema adicional, que tenía vida propia y circunstancias especiales, como era la reunificación de la literatura alemana y sus consecuencias, como si habría o no ganancia para la literatura con el nuevo orden de cosas.

¿Cómo había sido la literatura detrás del Muro? El tema resulta crucial, considerando que en los socialismos reales la libertad de comunicación no existía, ni en los periódicos ni en las radios ni en la televisión. Por ello, los libros y la literatura en general se convertían habitualmente en espacio de diálogo de disidentes, en una expresión privilegiada de libertad, en un lugar de encuentro para quienes deseaban ver algo que no se podía apreciar en la vida real. La literatura no era mero amor por el lenguaje ni representaba una necesidad estética, sino que también representaba un interés por los asuntos públicos, que no podía expresarse de manera habitual por las vías democráticas que eran tradicionales en otros países, entre ellos la vecina Alemania Federal.

¿Por qué ocurría esto? En primer lugar, asegura Becker, porque en la RDA dichas características representan una función sustitutoria, de reemplazo de esos medios que no existían. Por lo mismo, el mensaje político pasaba a ser "el rasgo enteramente dominante de un libro", como lo tenían en cuenta la mayoría de los autores. En segundo lugar, la RDA se caracteriza por un dominio bastante generalizado de la censura, por lo que todo libro se debe leer con esa consideración: o bien estaba siendo autorizado porque era obsecuente con el régimen, se adecuaba al realismo socialista o no constituía peligro alguno para el orden existente, o bien era un libro que había logrado superar la censura, la había burlado con inteligencia o quién sabe por qué razón. Debemos recordar que en los regímenes comunistas no sólo existía una censura amplia y bien controlada, sino que también el mundo editorial tenía una dependencia estatal y de recursos que se mostraba de manera elocuente a quien quisiera experimentar con algo de libertad. De ahí que una de las invenciones más notables de la literatura al este del Telón de Acero fueran los famosos samizdat, esos textos auto editados y que luego se distribuían de mano en mano para disfrutar literatura clandestina y sin censura, que desafiaba los parámetros y el poder del régimen. Hubo samizdat que fueron obras maestras tanto en la novela como en el ensayo.

En el caso de la literatura publicada, siempre debían enfrentar la crítica de haber formado parte de las decisiones oficiales del régimen, un libro "autorizado", lo que podría convertirse en un baldón contra el propio autor. Si una persona pasaba fácilmente la censura era quizá porque había sido demasiado solícito en cumplir las reglas formarles de la literatura oficial, así como había mostrado la precaución suficiente para no decir cosas incómodas para el sistema o para insinuar dificultades que no podían "existir" en el mundo de los socialismos reales.

Por el contrario, un buen escritor que no se prosternaba ante las autoridades de la RDA -cuestión que exigía un carácter especial, una valentía consistente e incluso cierta temeridad-, y que además sumaba dosis importantes de talento literario, podía ser un autor que no sólo producía buenas obras, sino que también gozaba rápidamente de prestigio en los círculos no oficiales e incluso en Alemania Federal, aunque debiera enfrentar las molestias abiertas o veladas de algún burócrata temeroso de perder su cargo o caer en desgracia.

Muchos y buenos escritores en Alemania del Este demostraron que el totalitarismo es incapaz de aniquilar la creatividad humana, y que las personas que viven bajo esta opresión deben hacer esfuerzos especiales para desarrollar sus obras, escribir y -lo más difícil después- publicar. Es un esfuerzo que vale la pena. Para las temáticas el mismo sistema ofrece una generosa gama de situaciones, personajes y personalidades, dramas y sucesos que dan vida a historias de verdad y sirven de fundamento a otras de ficción.

En el caso de Alemania Oriental esto se pudo apreciar de manera muy clara con el fin de la Segunda Guerra Mundial, el esfuerzo por construir una sociedad socialista, la construcción del Muro de Berlín y sus consecuencias, la vida en el mundo donde se sentía la omnipresencia de la Stasi. Finalmente, la misma caída del Muro generó también un espacio para la creatividad literaria, al surgir una nueva época y también otra dinámica en las relaciones humanas, que se comenzaba a vivir tras la reunificación de Alemania y de su literatura.

Conviene hacer una última reflexión. No es casual que hayan surgido grandes autores tras los rígidos esquemas que dominaban el mundo tras el Telón de Acero. En Polonia o Checoeslovaquia, en Hungría o en Rusia, en Alemania Oriental o en Rumania, la literatura no estuvo muerta, ni siquiera dormida: simplemente debió expresarse en condiciones externas más adversas y en circunstancias de anormalidad que no significaban el silencio perpetuo, aunque sí claramente dificultaban la creación con libertad y la publicación sin censura. El resultado, felizmente, es una página gloriosa en la historia literaria universal, como prueban tantos Premios Nobel de Literatura y otras figuras que, sin haber recibido el máximo galardón de las letras, mostraron al mundo que era posible que en otros lugares y épocas pudiéramos participar de la vida detrás del Muro, de su heroísmo, sus dificultades y la vitalidad del ser humano.