TRIBUNA
Antonio Domínguez Rey | Martes 28 de octubre de 2014
Es rara la quincena, a veces semana, sin otro caso grueso de corrupción política asociada con el dinero del Estado. Diríase que la democracia española consiguió cierto consenso por haberse creado, subrepticia, una superestructura de conchabeo legislativo, jurídico, financiero y contractual. Gobiernos (política), finanzas (banca), sindicatos y patronal (agentes sociales), empresarios y constructores formaron un rombo que creó una capa sutil de relaciones perniciosas para la realidad del país durante casi cuarenta años. El apoyo de cierta prensa secundó el espectáculo tejiendo una malla compacta de imagen y letra cuyo montaje urdió una estafa sin precedentes en la historia moderna de España.
La superestructura así creada se resquebrajó al cerrarse el grifo europeo de prestaciones, ayudas, fondos, compra, en una palabra, de la vida nacional y su rendimiento productivo. Quedamos confinados. La coartada del gran negocio fueron la innovación política (autonomías), las inversiones públicas y los clamores múltiples de elecciones, ferias -nacionales e internacionales- y competiciones deportivas. Algo tendría que verse y sentirse. A cambio, el negocio inmenso de cierre y apertura de siglos.
Ahora peligra todo, empezando por la constitución misma del país. La pretensión soberanista de Barcelona, más bien que de Cataluña, y del País Vasco son el engreimiento de la parte o anilla frente al todo de la red así creada y poco a poco destejida. Los parches del ritmo antes acelerado solo consiguen desempleo con repuntes estacionales (fortuna aparente y feliz ahora mismo: dos puntos menos en la tasa de paro, del 23,6 al 23,6 %) y un desequilibrio ingente que corroe cualquier beneficio: 6,5 de déficit y ¡100 %! de deuda pública sobre el producto general del país (PIB). Quienes dicen, ante el repunte actual (turismo, servicios, exportaciones), que España es hoy día, gracias al reduccionismo económico impuesto durante la crisis, la “nueva Alemania”, no cuentan el desempleo producido (800.000 puestos menos laborales desde 2011), la precariedad del trabajo -coste cero en la administración, freno a los sueldos, minimalismo laboral (“mini-jobs”)-, la fuga de cerebros y la mediocridad de quienes los sustituyen.
Es cierto que se aprecia cierta alegría en el consumo derivada de una recuperación lenta de la confianza del público en las relaciones sociales. Y esto por dos factores. La gente suelta lastre y billetes antes ocultos, pero el repunte aludido revierte en los sectores más cómodos económicamente. Son estos los beneficiados. El alivio aligera algo el trote de los caballos que tiran de la carroza, sin que apenas reduzcan los intereses de la deuda contraída. Hay tiro para tiempo. Se nota en la estrechez acelerada de la burguesía y en la impotencia de los partidos políticos ante el desánimo de la “res publica”. La reducción de empleo y sueldos, los recortes del crédito y del gasto público redundan, con la asimetría social del beneficio logrado y la economía oculta -es un decir-, en el aprieto paulatino de la clase media. El escándalo de la corrupción habida durante estos años resta credibilidad a las instituciones y crea desconfianza respecto de la justicia. Y esto a pesar de que, con el gobierno actual, entran en la cárcel o están imputados por algún delito más cargos públicos y agentes sociales que en todo el resto de la democracia. Algo, parece, se mueve y recupera, lentamente.
Prueba de esta alternancia también asimétrica y de la rémora estructural de modos y argucias es la tentación soberana de meter mano en la gran caja social y de cargar, de nuevo, las baterías del erario público a cuenta del ahorro. Aquel conchabeo antes citado dejó un regusto de transacciones y afinidades de economía, empresa y política. Pretende ahora el Gobierno subir con desmesura el impuesto sobre la vivienda como si buscara castigar esfuerzos e inquietudes históricas de hipotecas, emigraciones, y recuperar así, para la banca, el dinero prestado hasta hace una década. Bancos y Hacienda quieren repartirse la plusvalía de bienes, pisos, casas, comprados, construidas u obtenidos antes de 1994. Y hacerlo amagando una contrapartida: optar por abrir cuentas vitalicias con el señuelo de invertir el importe de la venta a precio más benéfico. De este modo, las pensiones se complementan reguladas por norma, lo cual alivia a la Seguridad social y deja manos libres al Gobierno para sisar progresivamente los subsidios y agradecer a los bancos servicios oportunos y préstamos para elecciones futuras. El impuesto sangrante se retrasa al momento de la herencia.
El rombo rota como un trompo y la red enreda cada día más a los ciudadanos mareándolos con giros de senectud democrática. Al bienestar cívico lo muerden de nuevo los canes de fino olfato financiero. Otra artimaña para embridar el acervo fiscal y revertirlo al molino de la moneda.
Consecuencias de este envite son el desafío constitucional (Barcelona), el incremento pícaro del hacer cotidiano, administraciones paralelas, burocracia ingente, inestabilidad social, pérdida del valor de las cosas, del sentido patrimonial, y hábito giratorio de la política española solo capaz de subvertir el proceso democrático desde que se proclamó la Constitución de 1978.
Se suma a todo esto la inquietud política con el auge del populismo ingenuo al mermar la confianza en la gestión pública de los bienes. Los partidos clásicos pierden fuelle y los márgenes sociales se agrupan intentando remociones que agiten el rombo y creen un vórtice de torbellino. Si baja el tanto por ciento de votos en las elecciones municipales, autonómicas y generales como aconteció en las europeas del mes de mayo, es posible que las presiones bajas de la periferia cambien el rumbo de las agujas del reloj democrático. Algo semejante a lo que sucedió en Chile el año 1973 con la presidencia de Salvador Allende o en Venezuela con Hugo Chávez en 1998. Las consecuencias son de sobra conocidas. El reverso, entonces, de la Historia: América en España. Una estrategia diseñada hace tiempo en Cuba.
La dinamización de España reclama, primero, otras mentes. Y no por falta de inteligencia, pero sí de orientación solidaria e inútil rémora de cultura varada. El linaje y clan burgués de nuevo cuño afincado en el poder tiene estrabismo y fatiga cuando habla, legislando, en el parlamento. Uno de los resultados más funestos de la democracia española ha sido la banalización de la cultura a pesar del dispendio invertido en tal concepto. Se ha marchitado el impulso creativo de los verdaderos gérmenes sociales. Su sello es el derrumbe de los valores docentes, académicos, y la medianía de personajes estimulados por un producto cultural mediocre. Se confió el progreso a una razón cuantitativa, versátil, y casi nadie advirtió el vacío que se estaba gestando. Y en esa rémora nos movemos con la amenaza de fractura territorial y, si así sucede, la quiebra histórica de España. Las consecuencias serían más graves de lo que se piensa y calculamos, pues, rota la unidad, sobran símbolos que ya no la garantizan ni representan. Tal vez sea esto, en el fondo, lo que buscan ciertos grupos políticos y consorcios financieros, nacionales e internacionales. La desestabilización española sería negocio de algunos países, sociedades, y venganza de viejas reivindicaciones históricas. Occidente tendría donde descargar el peso de su frustración e impotencia. Personalmente creo que aún distamos de esta amenaza, pero el ala rapaz vuela con ojo de arpía sobre la Nación y el Estado.
Para impedir tal presagio se impone reactivar la sociedad española. No podemos seguir alimentándonos de reservas y succionando la sangre que aún nos mueve. Lo más urgente es contrarrestar asimetrías funcionales, reducir espejismos soberanos y renovar el principio de subsidiariedad. Se impone remover el país por los cuatro costados y puntos cardinales. Convertir, por ejemplo, el sur de España en lanzadera tecnológica del progreso de África. Incrementar en el Levante las corrientes magnéticas del Mediterráneo y el halo oriental de la economía emergente. Proyectar desde la costa atlántica la gran cultura bilingüe de esta zona de España y la Península Ibérica. Redescubrir la potencia industrial, emprendedora y financiera del norte. Y todo ello en correlación proporcionada de energía, rendimiento, inversiones, tributos, y representación de Europa ante América, África, Próximo Oriente y partes de Asia.
El dinamismo de España se producirá de inmediato al girar el eje de la mirada y alzarla al horizonte que nuestra Historia posibilita. Dejemos de escuchar los rumores agrios del intestino y abramos los ojos de la inteligencia a la atalaya de los mares que nos rodean, valles y montes que dilatan, yerguen la altura de miras. Tal impulso solo lo aporta la cultura que fuimos y aún nos define, reclama.