Opinión

La Magosta

MIRADA ESCOLÁSTICA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 31 de octubre de 2014
Como forma de celebrar el Día de los Difuntos bueno sería leer o asistir a la representación de “La Magosta”, de Francisco Nieva, si por estas fechas se estuviera representando, máxime ahora que el bárbaro Halloween con su Grim Reaper y Jack-o-Lantern ha enterrado a nuestro clásico “Don Juan Tenorio”. Porque “La Magosta” es un soberbio oficio de difuntos, porque “La Magosta” es todo un Auto sacramental neovaldivielsano. Puro agustinismo de modo indirecto.

La literatura clásica tiene magníficos ejemplos de muertos que vuelven a la vida para resolver los asuntos de los vivos, que sin su concurso no los podrían resolver. Así, en el cuento de Telifrón, enmarcado en la novela compuesta de cuentos y novelas Asinus Aureus, de Apuleyo, se nos habla de un muerto que vuelve a la vida para explicar a los atónitos ciudadanos de su contristada ciudad quiénes fueron los responsables de su propio asesinato aún no aclarado. Plinio, en el Libro VII, de su Historia Natural, nos cuenta pequeñas historias de resurrecciones motivadas por favores y ayudas que se hacen y prestan miembros de la misma familia, muertos y vivos ( v. gr. los hermanos Corfidio, familiares del gran Varrón, etc. ). Granio Liciniano, en sus fragmentados Annales, nos habla de la matrona Emilia, que resucita a causa de armoniosos acordes de trompetas para ayudar a sus hijos, etc. Esto es, el tráfico de favores y ayudas entre familiares muertos y vivos es una constante del Mundo Clásico, y en modo alguno corresponde a la etiqueta surrealista de un genio puro como Francisco Nieva, por cuya sangre circula la más antigua e inveterada tradición clásica de teatro. En La Magosta, de Francisco Nieva, una madre muerta vuelve a la vida para criar a su querido hijo Isolino, pequeño rorro, que sólo con el bruto de su padre y el desastre humano de la criada está condenado a morir. Esa sería la base argumentativa de La Magosta si no tuviera más implicaciones que las relaciones existentes entre fantasmas y vivos. San Agustín fue el primer romano que latinizó el término “phantasma”, y lo vinculó, lógicamente, con los engaños del Demonio, con la mentira de la realidad vana del Demonio, que de esto también trata esta obra de Nieva. En ese sentido los fantasmas de Nieva son propiamente agustinianos, con ciertas resonancias de la fantasmagoría clásica.

Esta obra es un sainete trágico muy difícil de resolver, y una oda desenfadada a la Muerte en un ambiente galaico que recuerda mucho los ambientes y atmósferas romántico-evanescentes creadas por Alfonso Daniel Castelao de tema gallego. La atmósfera aquí, literariamente hablando, tiene más que ver con Castelao y la santanderina Concha Espina – con algunos ecos tremendistas de Pascual Duarte - que con Valle Inclán. Hablo del mundo nacido de las acotaciones, que algunos críticos no parecen leer. Francisco Nieva la escribió para la galleguiña María Casares, pero, al final, no se atrevió a mandársela porque según el propio autor no procedía ofrecerle un papel tan siniestro a tan famosa actriz, que nunca dejó que se afrancesase su galleguismo combativo. Yo creo que Nieva se pasó de escrupuloso. Por el contrario, el rostro misterioso de la Casares, con ciertos toques escatológicos, casi siniestros, y transcendentales podría haber interpretado a la perfección la malignidad esencial de La Magosta ( si maligno puede llamarse al hecho de pasearse los muertos entre los vivos como tal cosa, sin la anuencia del venerable y siempre genial Obispo de Hipona ). El propio Nieva ha definido esta obra como un sainete trágico con perfiles arnichescos, y la ha considerado siempre una obra capital para definir su dramaturgia: comicidad poética, mezcla de contrarios, el fantasma que perturba con su indefinición desafiante...Su resultado, a mi entender, ha sido óptimo, poético misterio y humor negro y muy español, digno de una buena puesta en escena, que sepa resaltar la ternura con la que Nieva siempre ha tratado a sus personajes de muy humilde condición. Se necesitaría un gran talento hermenéutico para definir y explicar lo complejo y plurisignificativo de sus diálogos polisemánticos. LA MAGOSTA es un texto poético de arriba a abajo. Nieva la escribió bajo la influencia del teatro irlandés, recordando su viaje a Dublín y su amistad con un gran amigo de Orson Welles, un tal McLiamor, que tuvo para el autor valdepeñero grandes atenciones. Ambos artistas tenían mucho en común, el gusto por la travesura escénica, la sorpresa, la excentricidad...

La obra se inicia en un anochecer frío, artábrico, estremecedor, de la Galicia rural y profunda, vaporosa y esencial, y cantando a lo lejos las ánimas tranquilas y errantes que se condensan en todos los parajes fríos y se bañan en aguas profundas y loquentes. El gallego ya está acostumbrado a esta letanía de los intermundia, de suerte que la humanidad gallega ni se inmuta ante esta cotidianidad que hace ordinario hasta el tránsito bidireccional de las ánimas. En seguida la criada Lambriña nos pone el corriente de que es incapaz de saber alimentar al rorro Isolino, que ha perdido a su mamá quizás hace sólo un par de días, y que todo indica que morirá sin remedio aquella misma noche, huérfano de un regazo experto, desguarnecido de una mínima sabiduría de madre.

Donastiano, el marido de la muerta, Lucenia, es una fuerza brutal de la naturaleza sin ningún límite o contención, es todo un “vir” etimológico, es decir, aquello que está dotado de “vis”, violencia, es una bestia en su prístina pureza instintiva, todo horro de educación y modales. Como fuerza bruta que es de la Naturaleza quiere imperiosamente reproducirse, necesita reproducirse, fiel y obsequente siempre al puro mandato sagrado al que reacciona bien todo animal, perpetuarse. Y ante la posibilidad de que pueda morir su hijo, Isolino, se dirige sediento de vida eterna a su criada Lambriña como un violador.

- Me tendrás que dar un hijo que me viva (…) Así que ponte de cuatro patas y ¡a callar!, que este es tu sino.

La violencia potenciada con la técnica de una escopeta es la forma que tiene el “bueno” de Donastiano de resolver todos los conflictos. Su pasión por tener hijos recuerda a la Yerma telúrica de Federico García-Lorca. No sabemos si es el propio desaforamiento de Donastiano, su “hýbris” animal, el que devuelve a Lucenia al mundo de los vivos, o la pasión inmarcesible de madre de la difunta. Con leche de muerte amamantará Lucenia a su hijo.

Como una bruja macbethiana aparece la Magosta tras la aparición maravillosa de Lucenia, saliendo de unas sábanas de sangre que quizás simbolizan otra asesina violencia del marido, y su paseo errante por los intermundia con su rorro. La Magosta es una bruja gallega que le hubiera encantado conocer a Caro Baroja, tan vieja como la vieja del mundo clásico Prosélenos, que se relaciona con la luna, porque es más vieja que ella (pro-sélênos). Reina de las striges galaicas, compañeras de la Muerte, quizás cara de la Muerte misma, esa Mors Liberatrix que atrajo fatalmente al romántico Antero de Quental, es La Magosta.

Donastiano, que a pesar de su brutalidad asesina forma parte de los hijos de la luz, salva a la mujer muerta y al hijo aún vivo del paseo oscuro y perdido en que andaban vagando sin salida. Pero sigue tratando tan mal a su mujer muerta como cuando la trataba viva. Coherencia eterna de su ser bestial. Lógica ontología. La Magosta, Madre Final, la que despare todo lo parido, le pone como condición de que Lucenia críe a su hijo el hecho de que ella misma, la Muerte, pueda morar en su casa como suegra. Le concede a Donastiano dieciséis años de convivencia, en donde el thánatos femenino le brindará el más desaforado y desordenado Eros – thánatos y eros en la misma Magosta -, porque el seis y el uno dan el fatídico número que es el siete, que originó las Siete Partidas, trasunto del número de letras del Rey Alfonso. Ello significaría al menos prolongar en dieciséis años la vida del amado hijo Isolino.

Lambriña, la criada, se rebela a convivir con una madre muerta y con la antropomorfización de la Muerte misma, y la tiene que matar Donostiano de un cartuchazo, convirtiéndose así en un nuevo fantasma de la casa, que “ya sólo barre por costumbre”. Donastiano se convertirá en amante de las dos muertas, en un aquelarre de miel de muerte convertido en menage à trois. “Esta fiera de Donastiano está tan cerca de ser ángel corrompido que conocerá placeres de muerte y aquí vivirá con nosotras todas las vergüenzas que yo permito”- sentenciará la Todopoderosa Magosta. Aun sabiendo que ello supone su condenación eterna, Donastiano vende su alma por 16 años de placer ilimitado entre dos súcubos y con la garantía de mantener vivo su hijo con el alimento de la muerte.

Transcurren los dieciséis años pactados entre la Mefistófeles gallega y el Fausto-padre enamorado. Donostiano ha envejecido, e Isolino, avergonzado de su padre vivo, hace los mayores alardes de valor tauromáquicos, bien protegido de la Muerte. A pesar de las más vejatorias invectivas que lanza Isolino contra su padre, éste lo quiere con toda el alma, y le anima a escapar de esa casa maldita, templo de la condenación eterna. Lo que pasa es que su hijo ya está encelado con la muerte, con las dos muertas y la Muerte, y no quiere salir de esa oscura y placentera caverna del Mal, despreciando el poco bien y la poco luz que representa su padre, y amando el mucho mal y la infinita oscuridad almibarada de la Muerte.

- Huye, Isolino. Deja este mundo de las sombras y busca las huellas de la luz – clama desesperado Donastiano.

El final es puro agustinismo español, cuando el padre, abrazado apasionadamente a su hijo, le dice y le implora, al cumplirse el día en que las muertas abandonarán a Isolino a su suerte:

- Hijo, no las llores, que son mentira. Quiéreme a mí. Y sálvame. No como un hijo de mis malos deseos, sino como un ángel que vive.

Donastiano ( nuevo Tenorio ), en un intento de salvar a su hijo ( nueva Inés ), dispara contra la misma Muerte, la terrible Magosta. Tras el tiroteo entra la pareja de la Guardia Civil a detener al viejo asesino Donastiano, y la Muerte nunca muerta afirma de los seres humanos: “Son los peores de todas las especies”. Isolino dispara ahora contra los Guardias Civiles que han esposado a su padre, y ya todos muertos definitivamente, salvo Isolino, éste queda solo, desconsolado, vivo con el maligno deseo de morir que le acompañará toda la vida. Don Juan muere condenado y tentación de muerte será la vida de Inés sobre la tierra. La Muerte seguirá siendo el Mal, aunque nos pase a todos. Y todos somos un poco Isolino.