Opinión

ETA y el continuo de destrucción

Luis de la Corte Ibáñez | Martes 20 de mayo de 2008
La progresión hacia mayores cotas de letalidad es una pauta de manifestación frecuente en la vida de grupos violentos de toda clase, incluidas las organizaciones terroristas. Ervin Staub, prestigioso investigador académico estudió esa pauta para el caso de procesos genocidas como el dirigido por la jerarquía nazi o el acontecido en Ruanda. Según Staub, resulta imposible entender ese tipo de acontecimientos atroces sin reconstruir su génesis y comprobar que el máximo de violencia y crueldad que puede llegar a desplegar un grupo humano rara vez emerge de la nada. Por el contrario, requiere el avance de las actividades del grupo a través de un “continuo de destrucción” hasta su extremo. Otras veces se habla de una “escalada” o “espiral de la violencia” para designar los mismos fenómenos. Traigo el asunto a colación porque hace más de un año que la banda terrorista ETA inició una última escalada violenta. Dicha escalada acaba de producir una nueva víctima mortal cuando se buscaba una masacre en una casa cuartel de la Guardia Civil. No obstante, no parece que con ese episodio se halla llegado a ningún límite.

Algunas veces el avance a través del continuo de destrucción deriva de un proceso de desinhibición en la práctica de la violencia. El recurso reiterado a la fuerza produce una merma progresiva de los criterios morales que sirven de barrera cotidiana a la agresividad humana. Otras veces sucede que los excesos no calculados en la violencia aplicada a un objetivo desencadenan una fuerte motivación por racionalizar tales errores hasta convertirlos en aciertos y estas racionalizaciones incrementan la intensidad de agresiones ulteriores. No cabe duda de que ETA se acostumbró hace mucho tiempo a usar la violencia y que dedica buena parte de sus energías a reconstruir el endeble edificio de racionalizaciones (razones falsas y a posteriori) que tienden a desmoronarse con cada atentado. Pero no hay que olvidar que las acciones de ETA siempre reflejan un plan, apuntan una estrategia, tanto cuando implican un avance en el continuo de destrucción, como cuando entrañan una regresión hacia tasas inferiores de violencia, amenaza, extorsión.

Los planes y las estrategias tienden a adaptarse a las expectativas y capacidades de cada momento, y las expectativas y capacidades de la ETA actual apuntan a una evolución a la alza de sus actividades violentas. Los etarras acaban de salir de una experiencia de negociación que, aún habiendo fracasado globalmente, les ha resultado fructífera en múltiples sentidos: interrumpiendo una eficaz estrategia antiterrorista que venía erosionando sus infraestructuras y que había reducido drásticamente su capacidad operativa; reintroduciendo en las instituciones del Estado a sus peones políticos (Batasuna, es decir ANV); limpiando su rostro ante la comunidad internacional al ser presentada en la Unión Europea como actor político con derecho a voz (y en el futuro, a voto); por último, acumulando pruebas que avalaran su discurso de muchos años: aquel que decía que bastaba con resistir (es decir, con matar y seguir matando, sin prisa pero sin muchas pausas), para que tarde o temprano algún gobierno se mostrara dispuesto a negociar un nuevo estatus político independiente y totalitario para Euskadi. En consecuencia, la negociación aumentó las expectativas de éxito de ETA... ¡como no podía haber sido de otro modo!

Probablemente los etarras piensen que si el gobierno de Rodríguez Zapatero puso el freno en el proceso fue por miedo a perder el poder; que a poco que se le exponga a una nueva etapa de atentados este Gobierno volverá a mostrarse dispuesto a negociar, y negociar sobre política. Por otro lado, de acuerdo con la situación y los actuales intereses de los terroristas los atentados deberían aumentar en frecuencia y letalidad. ETA no puede seguir manteniendo un perfil bajo. Ahora que ya no se negocia (aunque tal vez se siga hablando... de vez en cuando...), deben volver a los atentados para no perder presencia en los medios de comunicación (y, por consiguiente) en la agenda política. Como decían los viejos anarquistas, el terrorismo es la propaganda por el hecho (el hecho de la violencia, se entiende). Pero los atentados sin víctimas sólo pueden satisfacer esa función publicitaria por un tiempo limitado. La violencia es como el ruido; si se quiere usar para llamar la atención debe aumentarse paulatinamente; de otro modo, la gente se acostumbra. Además, matar es útil para elevar la moral de las “bases”.

Respecto a sus capacidades, ETA sigue sin estar en su mejor momento pero ha logrado una cierta recuperación. Sus filas se han renovado nutriéndose de las huestes de la kale borroka. Los nuevos militantes tienen menos preparación militar pero están habituados a la violencia y muchos de ellos mantienen un estatus legal, lo que trae amplias ventajas operativas: movilidad, menos información que aportar en caso de detención, etc. Al parecer, muchos de esos militantes legales están siendo integrados en comandos que se encuentran sujetos a la dirección de parejas de liberados, veteranos de la organización que se encargan de transmitir órdenes de la cúpula, de instruirles y ayudarles a atentar. Por su parte, se han recuperado para la lucha algunos antiguos líderes que se encontraban refugiados en países iberoamericanos mientras los liberados y máximos dirigentes de ETA han añadido un nuevos escondites al tradicional santuario francés: Portugal.

De momento, la mayoría de los últimos atentados han sido dirigidos contra miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, particularmente de la esforzada Guardia Civil. Se piensa que estas víctimas son “más tolerables” para ciertos sectores de la población vasca y de la española. No es descabellado suponer que el asesinato del ex concejal Isaías Carrasco pocos días antes de las últimas elecciones generales buscaba efectos políticos específicos: enviar una señal intimidante al gobierno, vengarse por el incumplimiento de lo prometido en la negociación y, sin embargo, ayudar también a la continuidad del PSOE al frente del Estado. Sea como fuere, la vuelta al asesinato de civiles y representantes políticos es sólo cuestión de tiempo. En medio de este panorama el gobierno trata de escenificar un cambio de actitud, vuelve a reclamar la unidad de los demócratas y los partidos opositores asienten porque no hay otro remedio. Los funcionarios de Interior persiguen con ahínco a los terroristas y se ha reforzado la actividad judicial en este mismo sentido. Con el cadáver caliente de la última víctima mortal se ha firmado en el Congreso un texto que compromete a los firmantes, fuerzas parlamentarias (incluida el PNV) y otros agentes sociales, a «a combatir con coraje y fortaleza democrática a la organización terrorista ETA, hasta derrotarla definitivamente a través de la fuerza exclusiva del Estado de Derecho». Sin embargo, ni siquiera este papel ha logrado despejar algunas dudas razonables sobre cómo se afrontará realmente la nueva escalada violenta de ETA. Tras ensayarse la pantomima de las “mociones éticas” ANV sigue ocupando cargos y responsabilidades institucionales en el País Vasco. Aún está por ver si el nuevo discurso de firmeza institucional va en serio, aunque debería.

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