Más allá del tono deliberadamente provocativo de mis enunciados y prejuicios acerca de esos debates, ya celebrados o en ciernes (pretensión de diatriba no la hubo en absoluto), expuestos, el transcurso del último no me defraudó. Además todos mis presagios fueron erróneos, de lo que sinceramente me alegro, créanme. Caso contario no hubiera valido la pena estar allí, lo que en modo alguno puedo afirmar.
Por otra parte ningún atisbo de esperanza: allí se oyó lo que podía oírse; otra cosa no cabía.
Porque la pregunta evidente e inmediata a formular es ¿por qué en España los protagonistas de la vida pública, PP & PSOE, son incapaces de ponerse de acuerdo en materia de “educación”?
Si lo fueron para acordar un “pacto por la justicia”, época de la Sra. del Castillo –Montesquieu bajo 3+1 palmos de tierra–; si parece que quieren serlo para autoamnistiarse en materia de corrupción –ya se oye ese ruido–, cabe pensar que únicamente parecen acordarse en aquello en lo que los beneficiarios directos son ellos. No parecen capaces en esta cuestión esencial, en la que se dirime el devenir de la nación, la forja del futuro bienestar de los restantes españoles; nosotros.
Nada nuevo bajo el sol: España como cortijo en manos de personas en su mayoría codiciosos sin escrúpulos, ignorantes de la historia, la nuestra y la de nuestra circunstancia; personajes carentes de la generosidad que exige la dedicación desinteresada al servicio público, que en eso debiera consistir la gobernación de la sociedad. Mal asunto
La evidencia empírica de la “importancia decisiva que para el futuro de la persona, y por ende de la sociedad, tiene su educación” (del Castillo), se contrarresta con el reconocimiento implícito de una sima infranqueable, pese a la “necesidad de un pacto imprescindible, aunque he de reconocer el trasfondo ideológico del asunto” (Gabilondo).
Que la sima surja del empecinamiento en la “aplicación de un modelo comprensivo ya fracasado en el UK, antes de su implantación aquí, la LOGSE” (del Castillo), o de que “no se pueda hablar de acuerdo cuando la propuesta sea lo firmamos si os adherís a lo que nosotros proponemos” para, de seguida, aceptar como sacrosantas las aritméticas parlamentarias (Gabilondo), es pura anécdota. [Los entrecomillados no responden a frases textuales, son transcripción de notas tomadas sobre la marcha cuyo sentido tiene absoluta pretensión de fidelidad].
¿Ideología? Por supuesto, vaya obviedad. Porque una de dos, o se instruye para la libertad –lo propio del occidente cristiano, a partir del S XVI primero, y con rasgos liberales a partir del XIX–, o se adoctrina para el sometimiento –todo lo demás–. Medias tintas no caben.
Y tanto las realidades conocidas como las propuestas que se ponen sobre la mesa son las que son. No sé si existe en verdad el clamor social invocado por el Sr. Gabilondo en el seno de una sociedad civil tan maltrecha como la nuestra, pero sí que la deliberación escasea –a pesar de su apelación a “lo imprescindible de contar con quienes hayan de aplicar los cambios previstos”, participación muy difícil de instrumentar y que no recuerdo se fomentara, en lo que yo conozco, durante su mandato–. Y también que el sesgo del ruido más audible, el de las mareas verdes, bien amplificado por las habituales cajas de resonancia, adolece de un cariz profundamente reaccionario: “mi verdad es la verdad y la profesas sí o sí”; eso lo he vivido.
Pero volvamos a lo verdaderamente importante; lo que subyace, que no es otra cosa que España. Una España que se vuelve a mostrar como Galdós la retratara, con el reloj de la historia detenido hace dos siglos; la de los cantonalismos; la de Ilustrados y Reaccionarios, reaccionarios que podemos encontrar en cualquiera de los puntos cardinales pero que abundan en las filas de la izquierda reaccionaria: Vázquez Rial nos lo mostró bien a las claras.
No estoy seguro de que dos monólogos consecutivos –todo un símbolo como formato– y la respuesta a tres preguntas del público constituyan un debate, pese a que de entrada el hecho se salude con agrado “ante la escasez de espacios públicos donde hacerlo” (Gabilondo); palmario reconocimiento de las miserias de nuestro sistema deliberativo: ¿qué otra cosa puede resultar, Sr. Gabilondo, de confundir votación con elección y ciudadano con pasivo sujeto pasivo tributario?