FAES /Gota a Gota. Madrid, 2014. 149 páginas. 15 €
Por Rafael Sánchez Mantero
La implantación del sistema liberal parlamentario a comienzos del siglo XIX supuso la aplicación de un gran número de medidas políticas y administrativas en nuestro país. Pues bien, de esas medidas casi ninguna ha sobrevivido al paso del tiempo. Una de estas excepciones ha sido la que impulsó en 1833 el ministro de Fomento Javier de Burgos para dividir en provincias el territorio de la nación. Tanto éxito tuvo aquella reforma que ha podido resistir, incluso, a la creación de las comunidades autónomas previstas en la Constitución de 1978. Esta reforma consagró a De Burgos y lo convirtió en una de las figuras más recordadas de aquel proceso de transición del absolutismo al liberalismo. Pero su labor política, administrativa y literaria se extendió más allá de esta medida.
Javier de Burgos fue una de las personalidades más sobresalientes de aquella España convulsa y cambiante de finales del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX. Juan Gay, que ya había estudiado algunos aspectos de este político granadino, nos ofrece ahora una sucinta y rigurosa biografía que forma parte de una colección de estudios similares sobre las principales figuras del liberalismo español que publica la Fundación FAES bajo la dirección de Manuel Álvarez Tardío.
En esta obra, el profesor Gay traza con gran soltura y con un preciso conocimiento de causa la trayectoria vital del personaje desde su nacimiento en la población granadina de Motril en 1778, hasta su muerte en Madrid en 1848, en pleno reinado de Isabel II. Después de abandonar los estudios eclesiásticos a los que le había inducido su padre, se decidió a ir a Madrid para buscar empleo. En la capital de España entró en contacto con los círculos ilustrados y vivió la crisis de la monarquía de Carlos IV. Cuando se produjo la ocupación napoleónica, Javier de Burgos, que había mostrado ya una clara inclinación por las reformas, se encontró como otros muchos de sus amigos en la alternativa de oponerse a los invasores o colaborar con ellos. Optó por esto último y desde entonces su vida se vería profundamente afectada por su condición de “afrancesado”. Eso le costó el exilio en Francia al terminar la guerra.
Sin embargo, el hecho de que su compromiso con la monarquía de José Bonaparte fuese de tono menor le permitió regresar a España en 1817. Vivió, no obstante, un cierto ostracismo político, no solo durante el Sexenio absolutista sino durante el Trienio constitucional, ya que no era muy afín al liberalismo. Padeció por ello durante estos años lo que Juan Gay denomina un exilio interior. No obstante, a causa de su valía y de las relaciones que había entablado en el país vecino, durante el último periodo absolutista de la monarquía de Fernando VII se le encomendaron diversas gestiones financieras en Francia. Después de varios intentos fallidos, entró en contacto con el banquero sevillano afincado en París, Alejandro Aguado, lo que le permitió alcanzar el éxito de su misión. Pero también aprovechó esta estancia para llevar a cabo una reflexión sobre la situación de España que concretó en una Exposición que envió al rey en 1826.
De todas formas, De Burgos pasaría a la Historia por la división provincial de España, medida que tomó como ministro de Fomento en 1833. El análisis de los males de España, la división provincial del territorio y las instrucciones a los subdelegados de Fomento que debían encabezar cada una de estas divisiones así como el Discurso sobre la Libertad de Comercio y Las Ideas de Administración, constituyen sus aportaciones más sobresalientes al panorama político de esta etapa de consolidación del Nuevo Régimen. Cercano al liberalismo moderado que se impuso al término de las regencias, De Burgos fue nombrado por un corto periodo de tiempo ministro de la Gobernación. La última etapa de su vida transcurriría entre Madrid y Granada, ciudad ésta en donde desarrollaría una notable actividad literaria crítica y creativa.
La preocupación de Javier de Burgos fue siempre la de implantar en el país una administración moderna y eficaz, por encima de los avatares políticos del momento y de los viejos atavismos históricos. Como muy bien afirma en esta cuidada publicación su biógrafo: su tarea esencial fue la de poner en marcha uno de los principios básicos del liberalismo: “la igualdad de los ciudadanos ante la ley, que no podía verse perturbada ni por dependencias señoriales ni porque se viviese en uno u otro lugar del país”. En los tiempos que corren, no está de más recordar la figura y la obra de este importante reformista ilustrado español.