Los Lunes de El Imparcial

Romain Rolland: Más allá de la contienda

ENSAYO

Domingo 02 de noviembre de 2014

Prólogo de Stefan Zweig. Traducción de Carlos Primo. Nórdica y Capitán Swing. Madrid. 2014. 161 páginas. 16,50 €

Por José Antonio González



En el centenario del inicio de la Gran Guerra se hacía necesario revisar un texto como éste, que, al lado de la avalancha de páginas dedicadas a rememorar los diferentes escenarios y acontecimientos bélicos, eleva su voz, simplemente, para denostar la guerra y compadecerse del sufrimiento inmenso y sin sentido de los seres humanos en ese trance.

Romain Rolland (1866-1944), autor francés galardonado con el Premio Nobel de literatura en 1915 (en pleno fragor de las armas) construyó con Más allá de la contienda una pieza clave en la literatura antibélica, género que se insinúa en diversas épocas sin alcanzar continuidad: en muchos y diversos espacios del imaginario colectivo subsiste una resignada aceptación de la guerra, como si se ésta albergara acaso algún secreto valioso para la evolución de la Humanidad.

Frente a todo discurso que se integre, por uno u otro surco, en la lógica del enfrentamiento armado, la palabra de Rolland es incondicionalmente rebelde: “Mientras el huracán de la guerra sigue haciendo estragos y arrastrando a las almas más firmes en su furioso torbellino, yo continúo mi humilde peregrinaje en busca de los escasos corazones que, bajo las ruinas, permanecen fieles al viejo ideal de la fraternidad humana”. Para este fin, dirige a la opinión pública que participa o asiste impotente a la terrible conflagración una serie de artículos, comparables a cartas dirigidas directamente a su conciencia, y en las que rechaza toda pretensión de justificar el apocalipsis. Así lo revela el testimonio de un combatiente (enemigo) desde la misma línea de frente: “Yo no sé de ninguna guerra sagrada. No conozco más que una guerra, y es la suma de todo lo inhumano, impío y bestial que hay en el hombre.”

La inhumanidad de la guerra tiene diversas vertientes, y este libro quiere denunciar especialmente la corrupción espiritual que supone la unanimidad en torno a la necesidad de la contienda, expresada desde todas las naciones; como si la civilización misma y su horizonte humanitario hubieran colapsado ante la anuencia general. Rolland cree que la tarea de los intelectuales en ese período trágico es establecer puentes culturales por medio de iniciativas solidarias que sirvieran para preparar la paz en medio mismo de la guerra desatada. Y es que las energías de la paz (que el autor asocia al motivo agustiniano de la construcción de la Ciudad de Dios) se manifiestan, pese a todo, en todo momento: en el trato cuidadoso a los prisioneros de guerra o a los vecinos procedentes de los países declarados enemigos, por ejemplo.

Pronto la Segunda Guerra Mundial mostraría hasta qué punto insospechado podía extenderse la devastación y hasta qué extremo se podía violar toda regla moral que permitiera a los seres humanos verse a sí mismos con dignidad. Pero unos años antes, Romain Rolland luchó (en vano) con la palabra para restaurar la esencial unidad de nuestro género; un pueblo único que se reconoce en “los mismos sufrimientos y las mismas esperanzas, el mismo egoísmo y el mismo heroísmo, y esta capacidad de soñar que rehace constantemente su tela de araña”.

Un libro lúcido, emocionante, imprescindible, que se nos presenta en una cuidada edición por parte de Nórdica y Capitán Swing, y cuyo mensaje sobrevuela nuestro presente con la misma vigencia que en los años de la Gran Guerra. Porque la gran guerra que resume todo el periplo de la historia humana continúa instalada en la conciencia colectiva, como una realidad irremediable e invencible.