Los Lunes de El Imparcial

Luis Landero: El balcón en invierno

NOVELA

Domingo 02 de noviembre de 2014

Tusquets. Barcelona, 2014. 248 páginas. 17 €. Libro electrónico: 12,99 €

Por Carmen R. Santos



Señalaba Luis Landero en la presentación de El balcón en invierno que quizás sea la memoria, más que la imaginación, “la loca de la casa”. Sin duda, no le falta razón al autor extremeño -nacido en Alburquerque (Badajoz), pero afincado en Madrid-, pues la memoria no deja de tener sus propias reglas, incluso sus propias preferencias, aunque al final, si bien se mira, no resulta nada arbitraria y sabe separar el grano de la paja. La memoria precisamente es el hilo de Adriadna que le sirve a Landero para ordenar su pasado, para recordar su infancia y su adolescencia, para preguntarse cómo llegó a ser escritor alguien muy alejado de ese mundo, proveniente de una familia de campesinos, donde nadie tenía estudios, emigrada a la capital de España en la década de los sesenta, y que pasó una niñez sin libros.

La narración está poblada de personajes que le marcaron profundamente y que, de una u otra forma, fueron esenciales en su caminar como escritor. Así, fue vital que Gregorio Manuel Guerrero, profesor de la academia nocturna a la que asistía, le guiara en sus lecturas: “Con aquellos libros, que yo leía línea a línea en un estado febril de estupor, enseguida se hizo la luz, y las piezas caóticas de mi formación literaria adquirieron un orden y un sentido, y se consolidó para siempre mi vocación irrenunciable de escritor”, y le dijera que escribía bien, pero que debía esmerarse en escribir mejor. Pero no fue menos importante oír a su abuela Frasca, analfabeta, pero que dominaba magistralmente el arte de contar: “Todo un mundo de fantasía y de palabras malabares vino a poblar mi infancia. Aquellos dichos y relatos fueron los libros que no tuve”. Y tampoco hay que olvidar a su padre, con quien mantuvo unas difíciles relaciones, y su deseo de que se convirtiera en un “hombre de provecho”, y a su madre que nunca se dejó abatir por las adversidades y que siempre le apoyó.

En la obra, Luis Landero va desgranado recuerdos, rememorando en especial esos “momentos esenciales, deslumbrantes de tan reveladores, que te sacan del alma las verdades más hondos y escondidas […] Esos momentos creadores, fundacionales, capaces de torcer el destino o corregir en un instante el curso de una vida”. Así, le acompañamos en sus años infantiles en el pueblo, en el desembarco en el barrio madrileño de la Prosperidad -nombre premonitorio-, en el desempeño de las más diversas y variopintas ocupaciones hasta desembocar en guitarrista flamenco, tras trabajar como aprendiz en un taller de coches o como chico para todo en una tienda de ultramarinos. El balcón en invierno, donde atinadas reflexiones se armonizan con jugosas anécdotas, tiene mucho de novela de aprendizaje, a la par que rinde merecido tributo a esa generación que padeció la guerra y la postguerra y se sacrificó por sus hijos, a esas “vidas oscuras, anónimas, de las que ya casi nadie quiere acordarse, aunque fuese al menos para agradecerles los servicios prestados”.

Al comienzo del libro, explica Luis Landero que este es resultado de su cierto cansancio de la novelística, pues la novela que estaba preparando sobre las andanzas de un jubilado, de la que incluye el principio, le trasmitía “la insinceridad de lo que se escribe con oficio más que con devoción”. Asimismo, constata que cada vez hay menos lectores de este género. De ahí que se decidiera a escribir sobre su propia existencia. ¿Significa esto que Landero reniegue de la ficción? ¿Todo sucedió, como confiesa, tal como nos lo cuenta? ¿Cuál es la frontera exacta entre la verdad y “la mentira” de lo narrado? Eso es lo de menos. Para alguien que como Luis Landero tiene el bendito veneno de la escritura en las venas, la vida es literatura y la literatura es vida. Afortunadamente