Carlos Loring Rubio | Martes 20 de mayo de 2008
Ginés, el Sheriff de Coslada, hizo girar lentamente las portezuelas de entrada al Saloon. Mientras miraba con desprecio a su alrededor, escupió en el suelo parte del amargo tabaco que mascaba, a la vez que con su mano derecha acariciaba su revólver. A medida que se adentraba, lo único que se oía era el paso lento y pesado de sus botas sobre la vieja madera del suelo, acompañado del tintineo de sus espuelas. Desde debajo de las mesas la gente le observaba con temor. Como tantas veces, Ginés sonrió con una desagradable mueca. Esta vez tampoco había forastero.
Todo sistema social está basado en la confianza. Los hombres viven en base a acuerdos constantes, con base en el futurible de la realización por otros de las tareas encomendadas. Confiamos en que el papel moneda tiene un valor asignado; confiamos en que cada persona cumplirá con el trabajo que se le ha asignado de una manera eficaz; confiamos en la ciencia y en las máquinas. Vemos a nuestros semejantes como cooperadores necesarios de nuestro día a día. La ilusión de seguridad que nos dan las autoridades, las leyes y los contratos no nos dejan ver el abismo sobre el que está asentada la civilización.
La confianza es un sufragio continuo por parte de todos a favor del orden. Porque si la desconfianza imperara nada se llevaría a cabo, el caos se adueñaría de todo. Creemos que la corrupción, puerta a ese caos y provocadora de tantas miserias, es obra de los que ostentan el poder y que éstos imponen a través del miedo o la ignorancia sus estratagemas. Pero la corrupción no es más que un síntoma de que la mayoría tolera, ampara o justifica esas actuaciones. Esa mayoría es más culpable que los que perpetran la injusticia. La confianza en los otros comienza por la confianza en uno mismo.
La confianza en los demás o la bondad en las actuaciones son parte de nuestra naturaleza social para que, gracias a una colaboración con los demás, tengamos más probabilidades de sobrevivir. Por eso el delito va más allá que un simple hecho antisocial de un individuo, sino que es un atentado contra la supervivencia de todos.
La virtud no debe ser un mero eslogan publicitario, no debe aplicarse como un imperativo religioso o moral o como un reto ético, sino que de ella depende que el sistema no se colapse por el miedo a los otros, creando una red de confianza que engloba y de la que depende la existencia de todos. El caso de Coslada es una alarma contra la perversión de la sociedad.
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