Opinión

La primavera renace en Túnez

AL SUR DE TARIFA, AL NORTE DE ESPARTEL

Víctor Morales Lezcano | Lunes 03 de noviembre de 2014

El lector de este periódico no tiene por qué recordar que hace aproximadamente cuatro años -situémonos, pues, en diciembre de 2010- tuvo lugar la autoinmolación de un joven tunecino llamado Mohamed Bouazizi, residente en la localidad de Sidi Bouzib.

La repercusión pública que alcanzó el patético sacrificio de Mohamed Bouazizi fue insólita. Tan insólita fue en su momento que más de un cronista atribuye a ese holocausto la categoría de “chispazo” que desató la rebelión social que acabaría con el régimen presidencialista de Ben Ali en Túnez el 14 de enero de 2011; y que por ¿difusión popular? golpearía el gobierno de Egipto que custodiaba Hosni Mubarak con puño de hierro y, también, mano izquierda.

Las rebeliones sociales que inundaron el bulevar Burguiba, en la capital de Túnez, y la plaza de Tahrir, en El Cairo, fueron los destellos primerizos de la Primavera Árabe. Una vez dado el primer paso en las dos repúblicas norteafricanas, y también en Yemen, Libia y Siria entre otros países árabes, se desató el nudo de constreñimientos y de asfixia a que los sistemas de gobierno autocráticos venían sometiéndolos desde hacía decenios. De las reflexiones que redactó el autor de estas líneas en algunas revistas (véaseRevista de Occidente) y prensa digital (caso de El Imparcial) sobre la Primavera Árabe, salió un libro breve, titulado Norte de África. Rebeliones sociales y opciones políticas (ed. Diwan-Mayrit, 2012). Convendría repasar ahora algunas de sus páginas, presumiblemente proféticas.

Desde entonces (2011-2012) a este tramo final de 2014, la Primavera Árabe ha sufrido varios reveses, tanto en Libia -con una guerra por medio contra el general Gadafi-, como en Egipto -con golpe de estado militar contra el gobierno electo, pero errático, de los Hermanos Musulmanes- y en Siria, donde un conflicto civil inter-islámico continúa desangrando tanto a los incondicionales de Bashar al-Asad como a la atomizada oposición al gobierno de Damasco.

Se llegó a hablar, hacia finales de 2012, de que a la Primavera Árabe le sobrevino un invierno severo, que fue ahogando en su seno las expectativas de libertad y equidad que habían alumbrado con su antorcha las gentes de Túnez en enero de 2011. Túnez, en rigor, fue marcando el paso de toda la Primavera Árabe desde entonces.

No obstante el ascenso del poder callejero y electoral del que hicieron gala los seguidores del Partido Islámico del Renacimiento o Nahda, y a pesar de la disgregación que afectó negativamente al electorado republicano de signo demócrata (y hasta laico), Túnez ha logrado atravesar el Escila y Caribdis de las primeras elecciones constituyentes, celebradas en octubre de 2011 (con resultado favorable entonces a los partidarios del Islam radical propugnado por Nahda). Luego sobrevino un interregno de dos años gobernado por una troika sin rumbo fijo. Hace una semana precisamente, la celebración de una segunda elección para constituir la asamblea parlamentaria de Túnez permitirá colocar las bases de un proceso político inédito hasta ahora en el mundo árabe.

En efecto, el partido Nidaa Tunes ha ganado la mayoría, aunque no absoluta, en las elecciones generales recientemente computadas, mientras que la formación Nahda ha logrado situarse en un segundo lugar, bastante respaldado todavía por sus incondicionales. Otros partidos de menor envergadura han quedado a la zaga, reservándoseles la función de apoyo eventual en una coalición necesaria para que los vencedores en estos comicios puedan iniciar con solvencia la tarea para la que han sido elegidos.

He conocido personalmente a Béji Caïd Essebsi -veterano líder de Nidaa Tunes- en tiempos de mis repetidas estancias en aquella república norteafricana. Essebsi podría ser definido, en términos europeos, como un liberal de toda la vida, lo que no le impidió ser ministro durante el largo reinado del presidente Burguiba. En la hora actual, Essebsi y su entorno político y social ha sido designado para ponderar si su gobierno ha de buscar una alianza conveniente y fiable entre los partidos menores del arco tunecino; o, por el contrario, tender la mano hacia Rachid Ghanuchi en busca de la concordia oppositorum. Ghanuchi es, a propósito, desde hace muchos años espina dorsal de Nahda. Ahora ha sabido renunciar, sin embargo, a principios doctrinales de inspiración musulmana a ultranza, para hacer posible la gobernabilidad de Túnez. He podido comprobar personalmente la probidad de Ghanuchi en lo que respecta al pacto entre caballeros. Espero que no defraude en coyuntura tan crucial como la que atraviesa su país en esta hora de transición tunecina.

En estas dos figuras públicas citadas reposa ahora el inicio de una nueva trayectoria para el Túnez emergente de una primavera accidentada, que, sin embargo, no se ha marchitado, sino que ha resurgido con vigor al cuarto año de haber emprendido su itinerario. Un itinerario ejemplar dentro del marco del mundo árabe y, si me apuran, del espinoso Mediterráneo que sufrimos actualmente todos los ribereños por la mismas -y por diferentes- causas.