Opinión

Regreso al Muro de Berlín

EN TRES TIEMPOS

Alejandro San Francisco | Martes 04 de noviembre de 2014

Este domingo 9 de noviembre se conmemoran 25 años de la caída del Muro de Berlín. Como suele ocurrir en fechas como esta, las aproximaciones de las personas al suceso serán muy variadas. Desde luego, estará esa mayoría amplia para quienes esta fecha y tantas otras no tienen significado alguno de valor, pasan por ella con la indiferencia habitual con la que enfrentan los temas históricos o políticos, sin conmoverse ni asombrarse frente a esos grandes acontecimientos de la historia de la Humanidad. Otros, así se ha expresado en otras ocasiones, seguramente esperarán que esta fecha pase rápidamente, que se comente lo menos posible y que tenga un impacto bajo: después de todo apoyaron el régimen caído, la vida que se construyó detrás del Muro, y recordarlo tiene algo de vergonzoso, hay que dar explicaciones y no están los tiempos para volver tan atrás. Entre estos un grupo numeroso seguramente estará en esta posición política -de cercanía al régimen que gobernó Alemania del Este durante décadas- por razones ideológicas, mientras otros defienden el sistema o procuran no atacarlo simplemente porque agradecen todo lo que les dio el Estado (estudios, trabajo, salud). Muchos de ellos no conocían otra alternativa y quizá su agradecimiento tenía justificación, mientras otros deambulan entre un sentido reconocimiento y el deseo de evitar problemas. Si los primeros son los indiferentes, los segundo son los agradecidos o comprometidos políticamente.

Existe lo que podríamos considerar un tercer grupo, que integran los que en algún momento manifestaron a pesar de todo su disidencia contra el régimen comunista de Berlín Oriental, o bien la sufrieron en silencio o en la cárcel; aquellos que ideológicamente se ubicaron en las antípodas del totalitarismo; los que lucharon desde dentro o desde fuera para avanzar hacia una sociedad donde las libertades fueran un punto de partida mínimo, inexcusable y necesario, y donde pensar, escribir o hablar no fuera considerado un delito de traición. Seguramente ellos, sus amigos, familiares y correligionarios levantarán una copa este domingo para celebrar, para recordar y para proyectar el inmenso significado de la Caída del Muro de Berlín. Y tendrán la solidaridad desde distintos lugares del mundo.

Muchas veces surge la pregunta histórica sobre cuándo efectivamente comenzó a definirse la Guerra Fría en contra del comunismo y a favor de la democracia occidental y la economía libre. Recordemos que hasta la década de 1960 inclusive no resultaba muy claro cuál sería el desenlace del gran conflicto que sucedió a la Segunda Guerra Mundial. Kruschev, en un diálogo famoso de 1959, le señaló ufano a Nixon, el vicepresidente norteamericano: "Les guste o no, la historia está de nuestra parte. Les enterraremos…" Y luego agregaba que si los Estados Unidos tenían ciento cincuenta años de historia, la Unión Soviética apenas contaba con cuarenta y dos y ya estaban en un nivel muy parecido. "En otros siete llegaremos al mismo nivel que Estados Unidos. Cuando les alcancemos y les pasemos de largo, ya le saludaré con la mano". En la revolucionaria y movida década siguiente los vaticinios casi se confirmaron, política y culturalmente.

En la década de 1980 la situación cambió radicalmente y la historia marchó por un camino muy distinto. En 1989, para mayor claridad todavía, cayó el Muro de Berlín, cuestión imprevisible poco tiempo atrás. ¿Qué fue lo decisivo: la influencia de Juan Pablo II o de Ronald Reagan, de Gorbachov o Margaret Thatcher? No cabe duda que todos esos personajes contribuyeron al resultado final del conflicto que sacudió al mundo por casi medio siglo. ¿Pero fue lo decisivo? ¿Cómo se resolvió de manera tan clara algo que poco antes parecía tan difícil de vaticinar? Algunos aseguran que fue la economía, y particularmente la gran diferencia de resultados entre la pobreza generalizada y el bajo crecimiento que mostraban los países de la órbita socialista, comparado con el crecimiento impresionante y la riqueza creciente de las economías occidentales. No cabe duda que es un buen argumento, y que los factores económicos y tecnológicos también desempeñaron un lugar importante en el resultado de la Guerra Fría.

Sin embargo, pocas veces se reflexiona un aspecto crucial, que no tiene que ver con la caída del Muro de Berlín sino con su levantamiento; se distancia de la algarabía y las celebraciones de 1989, para volver a la tristeza de 1961, a las miradas incrédulas de los que veían levantarse una muralla alta y larga, con un corredor de la muerte, una muralla que pronto estaría rodeada de guardias y metrallas, alambradas y perros, representando el dolor de la falta de libertad con el sueño casi imposible de huir para lograrla. Efectivamente, si miramos los hechos con mayor distancia temporal y sin caer en la repetición fácil, podemos decir que el mundo construido al Este del Telón de Acero y que desafío por casi cincuenta años a las democracias occidentales comenzó a morir precisamente en agosto de 1961, cuando las autoridades de Alemania Oriental firmaron públicamente, por medio de un Muro gigante y homicida, ante sus compatriotas y ante el mundo, que no tenían capacidad de derrotar a Occidente ni por las ideas ni por la superioridad de su modelo político o económico, sino que solo podían imponerlo por la fuerza y la amenaza de disparar a quien se acercara intentando huir. Para ello controlarían todos los movimientos y los posibles puntos de fuga. La muralla no era para evitar la agresión enemiga -como parecía indicar el que los socialistas lo llamaran "Muro de protección antifascista- sino que se construyó para evitar que escaparan a Occidente millones de personas, como ya lo estaban haciendo muchos antes de la construcción del Muro.

Pasaron los años y, efectivamente, fueron muy pocos los que intentaron huir, considerando que la empresa representaba casi un suicidio. Algunos lograron la proeza de pasar a la Alemania Occidental, a través de un globo, dentro de alguna maleta o en un famoso túnel que se construyó para ese objetivo. Otros cientos de personas murieron en el intento, recibieron disparos y acabaron su esperanza con la muerte. Muchos solo miraron este espectáculo tétrico, otros prefirieron no enterarse, condenados todos a vivir detrás del famoso e innombrable Muro. Hasta que llegó aquel 9 de noviembre de 1989 y comenzaron a caer las piedras que separaban a las "dos Alemanias", la gente reía, lloraba, se abrazaba. Después de todo, era libre, algo que no esperaban volver a gozar.

Pasados veinticinco años, seguramente habrá reacciones encontradas este domingo 9 de noviembre de 2014. La mayoría, como suele ocurrir, vivirá ese día con la habitual indiferencia con la que se conmemoran las fechas históricas. Otros mirarán para el lado, esperando que la jornada termine pronto y en el olvido. Muchas personas también celebrarán, recordarán, proyectarán. Después de todo ellos saben que, tras de la derrota de Hitler en 1945, la caída del Muro de Berlín es una de las mayores hazañas de la libertad en el último siglo, como afirmaba recientemente un escritor que vivió detrás del Muro.