Opinión

¿Y si Rajoy convoca elecciones anticipadas?

PASO CAMBIADO

José Antonio Sentís | Miércoles 05 de noviembre de 2014

Los partidos tradicionales, y singularmente el del Gobierno, han entrado en una montaña rusa, o quizá en el tren de la bruja que reparte escobazos. En todo caso, están en la feria como los muñecos del pim pam pum. Amplísimos sectores de la sociedad han concluido que la depresión económica no les era suficiente. Había que sumirse también en la depresión política. Y en la depresión, la idea del suicidio (bueno, asesinato más suicidio) no es demasiado extraña, sino, a lo que se ve, consoladora. Váyanse todos al cuerno, aunque yo vaya detrás.

El “todos” son, evidentemente, los “políticos”. Los políticos que ahora están, puesto que en el sentido contrario aparece la ilusión por los que no están, los que nada malo han hecho porque no han hecho nada. Sin embargo, los que tienen alguna parcela de poder, ay, ésos son los enemigos, los corruptos, los despreciables. Todos.

Como ésa es la percepción, parece bastante inútil apelar a la racionalidad. Parece ocioso recordar que ni todos los políticos son corruptos, ni los partidos que han gobernado España lo han hecho todo mal. Ni apelar a que esos partidos en el sistema democrático son tan responsables de sus fallos como del enorme progreso de España en las últimas casi cuatro décadas.

Una pérdida de tiempo, cuando el asunto está en el escándalo de cada día, en la acumulación de chanchullos impregnada en las catacumbas del sistema por la avaricia de tantos responsables políticos y tantos corruptores empresariales, y que ahora se conoce. Que eso es lo penoso, que justo cuando la policía, la fiscalía y los jueces están limpiando las cloacas es cuando parece que hay más detritus, porque ahora salen a la luz.

Parece, pues, que hemos entrado en una dinámica de tabla rasa. Todos (los demás) a la calle, todos a la cárcel. Una sociedad de ciudadanos virginales y cabreados, que ninguna culpa tiene de nada, que jamás ha defraudado el IVA o se ha saltado un semáforo, ha decidido que hay unos cuantos responsables del mal en el mundo. Y a por ellos, oé.

Esos sentimientos se están expresando de forma vertiginosa. La marea crece por meses. Por días. Casi por horas. En cuatro semanas, un partido en España puede perder diez puntos en intención de voto y, el nuevo de enfrente, ganar veinte. La simpatía ideológica que proporcionaba la permanencia en el voto es ya una quimera. Entre los que huyen a la abstención en la derecha y los que se reparten encarnizadamente el pastel en la izquierda, aquí nadie está seguro de nada.

Pero sí hay algo claro. Que estamos en un terremoto político de largo recorrido, que tanto da para que emerja una montaña como para que se hunda una península, la Ibérica para más señas.

Y ahí viene la cuestión para los aún grandes partidos. Qué hacer. Y esta pregunta es significativamente más importante para el partido en el Gobierno y para su líder Rajoy, que son quienes más tienen que perder, porque bastante despistado lleva ya el PSOE estos últimos tiempos.

Rajoy pasa por ser un hombre prudente. Creo que lo demostró al afrontar (con éxito) el riesgo de quiebra para España. Su estilo de gobierno es cachazudo: cree que poco a poco las cosas irán mejor, y que la ciudadanía lo reconocerá. Se hizo un guión para una Legislatura, y creyó que los actores lo cumplirían. Pero se le ha incendiado la tramoya, y ante eso sólo cabe reaccionar, usar el extintor o salir corriendo.

Rajoy ha sorteado con un poco de suerte alguna crisis, como la del ébola. Pero ahí ya pudo empezar a sospechar que su tranquilidad política en el fin de la Legislatura ya era una quimera. Estaban dispuestos a montarle el Prestige. Pero no hubo problema para los aspirantes a la demolición del PP. Se encontraron con la corrupción, y les valió.

El PP parece tener en los sondeos una caída imparable. Quizá la mitad de su electorado, según pronostican. Su gráfica de intención de voto es solo comparable a las acciones en la crisis del 29. Con esa progresión (aunque no deberían creerla a pies juntillas, como hacen algunos), en doce meses se convierte en extraparlamentario.

En todo caso, sin exageraciones, el PP está en serios problemas, y su líder tiene que hacer algo. ¿Y qué opciones tiene un presidente del Gobierno? Realmente, no son tantas. Hacer leyes, por supuesto. Pero de nada valen. No se las cree nadie. Y no digamos declaraciones solemnes, ni de perdón ni de rectificación.

Siempre tiene la posibilidad de un cambio de Gobierno. Eso, antes, funcionaba. Se decía que daba impulso nuevo. Ahora creo que para nada. Tal como está el patio, cambiar el Gobierno solo serviría para confirmar errores, como forzar dimisiones solo convencería de las culpabilidades.

Al presidente del Gobierno solo le queda una posibilidad de frenar el proceso agónico tan previsible para los próximos meses. Pegar un puñetazo en la mesa. Romper la baraja. Convocar elecciones generales. Para ya mismo, en diciembre para marzo.

Se me dirá que a la vista de los sondeos actuales, parecería un suicidio. Justo cuando el PP está peor, llamar a las urnas sería ratificar las predicciones y poner el próximo gobierno en manos de las fuerzas emergentes. Pero pongamos que no es así.

Pongamos que unas elecciones obligan a los ciudadanos a pasar del estado de opinión al de decisión. Porque todo el mundo puede desahogarse cuando le preguntan. Pero no es lo mismo cuando de esa opinión dependen otras cuestiones, especialmente las del comer.

Cualquier tendero puede decir que todos los políticos son unos chorizos, pero cualquier tendero desea conservar su tienda. Cualquier periodista puede quedar fascinado por las novedades políticas, pero también sabe las falacias que encierran. Cualquier pensionista, parado o funcionario puede estar cabreado por lo poco que cobra, pero también saber que hay alternativas peores (y que le pregunten a los países rescatados). Y cualquier propietario de vivienda, accionista, autónomo o empresario o empleado tiene todo el derecho del mundo a indignarse por la corrupción, pero también preocuparse por su libertad.

Todo esto se decide en las elecciones. Y si el pueblo soberano decide el salto en el vacío, pues así será. Pero si está así la cosa, es seguro que dentro de un año, con previsible goteo de casos de corrupción según actúe la Policia (que ha cogido carrerilla) aún será mayor el desafecto a la política y singularmente al Gobierno.

Rajoy necesitaba tiempo para que fructificaran sus medidas económicas. Y en parte ha avanzado en ello, porque ahora España apunta a la salida de la crisis, su crecimiento es mayor que el del entorno y mejora poco a poco el empleo. Pero esa estrategia ya no le vale de nada. A la gente le importa poco que España vaya mejor en lo económico, porque está escandalizada en lo político.

Pero los adversarios de Rajoy también necesitan tiempo para su composición y para el desgaste del PP. Y descontemos al PSOE, que es un partido del Sistema (por lo que tanto da que gane), aunque los socialistas tienen mucha tela que cortar en su sastre, desde el liderazgo hasta la credibilidad, incluso su capacidad de mantener la hegemonía de la izquierda, ahora más que en duda.

El otro partido emergente, Podemos, también necesita tiempo. Ahora tiene lo sustancial: las televisiones privadas que tanto están luchando por una España estable y solvente. Pero aún le falta alguna cosita. Como tener un programa que explique lo que realmente va a hacer. Como unos candidatos (necesita muchos, aunque la mayoría estará infiltrada por el Partido Comunista) que no sean una colección de antisistemas estrafalarios o de teóricos de la revolución. Como una imagen de credibilidad que no sea el reflejo de la izquierda leninista pasada por el chavismo.

Y, sobre todo, Podemos necesita tiempo para hacer ese giro que ya apunta de conversión de lobos anticapitalistas en corderos transversales de la centralidad. Necesita tiempo para engañar sobre sus intenciones, que es algo legítimo en política desde Maquiavelo a esta parte, pero que tampoco es tan sencillo, cuando se les ve la pinta.

Si Rajoy convoca en diciembre para marzo, las generales serían antes de las municipales y autonómicas, donde ya es seguro el bochorno nacional para el PP, porque no va a quedar títere con cabeza en su poder territorial. Y después de eso, solo sería cuestión de tiempo la pérdida del Gobierno nacional. Y sólo resistiendo en unas generales anticipadas podría el PP llegar con decoro a las locales.

La única pega de convocar anticipadamente las elecciones es que este año próximo podría servir para estabilizar la salida de la crisis económica. Pero tampoco es fácil. Como se plantee en serio el vuelco político, los que tienen la sartén económica por el mango, especialmente los foráneos, saldrían disparados, porque el dinero no tiene muchos ideales, y menos castristas.

En realidad, la situación es tan endiablada que quizá, haga lo que haga, a Rajoy le puede salir mal. Pero, por lo menos, se habría plantado ante los ciudadanos y les habría exigido su propia responsabilidad. Si quieren un gobierno de izquierda populista, pues que lo voten. Y si no, que confíen en que, con todos los fallos de los partidos, del poder y del Sistema, también pueden sentarse las bases de una nueva moralización regeneradora. Como de hecho, aunque nadie lo crea, se está produciendo.

Claro que igual me equivoco, y la paciencia proverbial de Rajoy da sus frutos y vuelve a ganar dentro de un año, en medio de un país en calma, de una Cataluña tranquila, de una economía próspera, de una ciudadanía satisfecha y de unos adversarios aburguesados. Casi seguro.