El documental sobre Edward Snowden, Citizenfour (El cuarto ciudadano), se ha estrenado en Reino Unido y tan solo hace unos días en Estados Unidos, provocando reacciones antagónicas entre los que le consideran un héroe y quienes le califican de villano. Y es que hay quienes reconocen en él a alguien que tuvo el valor de servir al pueblo, poniendo en riesgo incluso su propia vida al destapar el espionaje masivo que realizaba la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés), mientras que otros retratan a Snowden como un sujeto que realizó un ilícito penal y que por ello debería ser castigado con pena de prisión de hasta treinta años. Esta última es la posición de Estados Unidos que ha acusado al ex empleado de la CIA de violar la Ley de Espionaje y de robo de propiedad del gobierno.
Del mismo modo que el caso de J. Assange y WikeLeaks fue llevado a la gran pantalla en un par de películas y documentales, el caso de las filtraciones de Snowden ha generado también una trama lo suficientemente interesante y atractiva como para dar lugar a una cinta que por su contenido, con seguridad, no va a dejar indiferente a nadie. De hecho, ya ha sido nominada para la próxima edición de los premios Gotham.
El nombre del documental – Citizenfour - responde al apodo que utilizó Snowden a principios de 2013 cuando contactó con la cineasta y periodista norteamericana Laura Poitras por medio de un email encriptado informándola de que tenía pruebas sobre la actividad ilegal que llevaba a cabo la NSA. Poitras fue nominada a un Óscar en 2006 por un documental crítico con la invasión estadounidense de Irak, inscrito en la línea de otros documentales suyos que denunciaban los abusos del gobierno. Un mes antes de que Snowden tratara de contactar con Poitras lo había intentado con el también periodista estadounidense Glenn Greenwald. Los correos electrónicos continuaron en los meses siguientes hasta que en junio de 2013 Laura Poitras y Greenwald viajaron a Hong Kong para conocer a Snowden, del que apenas sabían nada. Poco después descubrirían que su confidente había abandonado Hawái a finales de mayo, por cierto, donde vivía con gran holgura económica al ejercer un puesto de analista de una agencia subcontratada por la NSA.
Laura Poitras estuvo alojada más de una semana en junio junto a Snowden en el hotel de Hong Kong y fue allí donde Snowden, que por aquel entonces tenía 29 años, destapó las filtraciones, siendo consciente del impacto que tendrían y las consecuencias que desencadenarían en su vida íntima y personal. El documental concluye con un encuentro entre Snowden y Greenwald en Moscú, en el que el periodista -que ahora trabaja para el portal The Intercept- le explica las informaciones que le ha proporcionado una “nueva fuente”. Y es que, efectivamente, desde hace tiempo se piensa en la posibilidad de que exista otro sujeto que filtra documentos confidenciales de inteligencia de Estados Unidos, puesto que The Intercept dio a conocer en agosto unos documentos fechados en un momento en el que Snowden ya estaba prófugo, lo que descarta que pudiera ser éste el delator.
Los dos diarios The Guardian en su edición estadounidense y The Washington Post recibieron el Premio Pulitzer en el rubro de “Servicio Público” por sus importantes artículos sobre las actividades de vigilancia de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos, basados en las filtraciones de Edward Snowden. El comité del Pulitzer felicitó al periódico The Guardian por su “revelación de vigilancia secreta generalizada por la NSA, ayudando mediante un reporteo agresivo para detonar un debate sobre la relación entre el gobierno y la gente, en problemas como la seguridad y la privacidad”. En The Guardian, el reportaje había sido dirigido por Glenn Greenwald, Ewen MacAskill y Laura Poitras, mientras que en The Washington Post había sido dirigido por Barton Gellman, quien también había colaborado con Poitras. Los cuatro periodistas fueron galardonados con el Premio de Periodismo George Polk por su reportaje sobre la NSA y es que hay que tener presente que las revelaciones sobre la NSA han animado el debate en Estados Unidos y otros países implicados sobre la tensión entre dos polos no necesariamente opuestos: la seguridad nacional y la privacidad personal. El propio Snowden se muestra confiado en el documental Citizenfour de que, tras él, otros también denunciarán el acceso del Gobierno de Estados Unidos a bases de datos de forma masiva, lo que considera una violación del equilibrio de poderes.
Con el caso Snowden se plantea así implícitamente el debate del moralismo frente al utilitarismo. ¿Se convierte el acto en bueno desde el punto de vista moral por las consecuencias positivas o fines loables a los que conduce? O, como habría preguntado el mismo Maquiavelo, ¿el fin justifica los medios aunque éstos sean ilegítimos? Creo que no se debería dudar de que Snowden vulneró la ley al destapar documentos gubernamentales clasificados aun cuando los motivos y beneficios que resultaron de sus acciones fueran buenos. Ello, sin embargo, no impide, en mi opinión, que en caso de llegar a existir juicio, pueda convertirse en un argumento para la defensa de Snowden el interés público de las filtraciones de información en el sentido de que sus acciones respondían a valores constitucionales.
Recientemente, vía satélite, Snowden afirmó en el Festival de Nueva York que le “gustaría” someterse a juicio en los Estados Unidos. Lo interesante es que de ocurrir esto, pasaría de ser un presunto criminal a convertirse en un desobediente civil que no se somete a la ley a sabiendas de que ello tendrá consecuencias jurídicas importantes para su vida. En el acontecimiento neoyorquino, Snowden precisó: “Le he preguntado al Gobierno una y otra vez en negociaciones si está preparado para ofrecerme un juicio público y justo... y si me permiten exponer mis argumentos al jurado, desearía hacerlo. Pero se han negado… Quieren un tribunal a puerta cerrada. Desean utilizar algo llamado Ley de Procedimientos para Información Clasificada (CIPA)”.
En todo caso, me parece que independientemente de los argumentos de Snowden con los que tratará siempre de legitimar sus intenciones debería considerarse prioritario el primado de la moral frente a la justificación consecuencialista. Y es que ésta puede terminar no sólo ahogando los derechos individuales sino haciendo aguas al Estado de Derecho.