Escribo a la sombra de la tapia del cementerio en este 1 de noviembre en el que recordamos a los difuntos. Y lo hago pensando en el más allá y en el presente más inmediato que rellena páginas de los periódicos de papel y de Internet con corrupción, amiguismo, tarjetas negras o blancas para gastos injustificables y cuentas millonarias en Suiza, Andorra y otros paraísos fiscales.
“Hacerse rico” parece que es la consigna que rige nuestras vidas. El dinero no da la felicidad –decimos‑, pero ayuda a conseguirla. Viajes, lujos, caprichos, cochazos y reconocimiento social: el palco en el Bernabéu o en el Camp Nou, mujeres y hombres que miran con algo parecido a la admiración, la envidia o el deseo. Todo ello podría justificarse cuando la riqueza procede del esfuerzo, la invención, el trabajo bien hecho o, incluso un golpe de suerte. Lo que ocurre es que esa riqueza, ese dinero improductivo depositado en infecundas cuentas numeradas es fruto de la corrupción, el tráfico de influencias, la evasión fiscal o dinero negro procedente del delito. Hasta hace poco la sociedad con el éxito estaba dispuesta a mirar hacia otro lado. La “cultura del pelotazo” incluso ha permeado en la sociedad y el éxito del “vivo”, del dinero fácil, se admitía y justificaba.
Ahora volvemos a desconfiar del rico. El empobrecimiento de una gran parte de la clase media ha despertado el resentimiento hacia la riqueza. La envidia, ese pecado capital de los españoles, ha florecido en estos momentos. El circo mediático ha iniciado un linchamiento –
como hemos leído en El Imparcial‑ al que la sociedad aplaude en contra de esa “casta política” a la que culpa de todos sus males económicos. Ejemplo de ello lo encontramos en las manifestaciones que los martes por la tarde reúne a los afectados por Afinsa y Foro Filatélico ante la sede del PP para lanzar consignas del tipo “PP y PSOE la misma mier… es”, cuando ellos fueron los que invirtieron libremente su dinero en entidades que daban duros a peseta.
Políticos corruptos los hay, como policías, banqueros, sindicalistas, maestros, abogados… la diferencia se encuentra en el poder de cada uno de ellos. Precisamente los políticos son quienes manejan las recalificaciones, las contrataciones, el dinero público y, además deciden los impuestos y los servicios públicos. Sus decisiones nos afectan a todos y, en una sociedad en donde se espera mucho del papa-estado, papa-comunidad o papa-municipio no ha de extrañarnos el gran poder de los dirigentes. Cuando las entidades públicas disponen de presupuestos millonarios, la tentación es muy grande para que algunos decidan quedarse con algo para el partido o para ellos mismos”.
Esa clase media que se encuentra estafada porque lo público no está funcionando como debería. Porque ve las calles sucias, pese a lo que paga de impuestos. Porque piensa que el dinero de los rescates bancarios ha ido a costear vinos y juergas nocturnas. Porque siente que las siglas en las que confió para dirigir su municipio, comunidad autónoma o estado, son un nido de aprovechados. Sin que pueda saber si las manzanas podridas han contagiado a toda la cesta. Sin que pueda confiar en una Justicia lenta y aleatoria. Sin que se atreva a confiar en la nueva fuerza política populista que puede llevarnos a un proceso como el venezolano, donde podemos pensar que la democracia es un espejismo en una dictadura ya madura.
Lo peor de todo esto es que la riqueza acumulada solo sirve para acumular polvo. Ese capital no se invierte, no crea puestos de trabajo, no se pone al servicio de la comunidad. Por eso nos preguntamos, cuál es el objetivo de ese ansia de dinero ¿será para ser el más rico del cementerio?