Opinión

Gallardón: ¿solución o problema?

José Antonio Sentís | Martes 20 de mayo de 2008
Es improbable que Rajoy ponga sobre el tapete el nombre de Gallardón si previamente no lo ha pactado con él. Podemos deducir, por tanto, que el líder del PP quiere salir de su profunda debilidad actual con la incorporación del único político de peso que le queda próximo, expulsados del paraíso los dirigentes históricos del PP.

Rajoy puede pensar, con esta maniobra, que su "ticket" con Gallardón es la clave para su propio liderazgo, ya que representa el giro "centrista" que quiere transmitir y que tantos elogios le ha procurado por parte de la izquierda. La elección de este número dos confirmaría la teoría, aún no probada, de que Rajoy cree que puede mantener sus famosos diez millones de votos y, además, ganaría alguno de la periferia socialista.

Cuesta compartir esta ensoñación, pero Rajoy es muy libre de tenerla. Gallardón representa un cambio de imagen, sí, pero no es la figura que más entusiasme al núcleo sustancial que ha sostenido al PP en los momentos de amargura tras la derrota de 2004; el que tomó la calle en respuesta a Zapatero; el que no quería negociar con Eta ni con los nacionalismos soberanistas; el que tiene principios cercanos a la religión católica y protestaba por la ofensiva laicista...

Es en ese sentido en el que hay que analizar si Gallardón es la solución para el PP, o va a ser su problema. Más bien se podría temer que, hoy por hoy, el cualificado alcalde de Madrid sea más la solución para Rajoy que para su partido. Y más problema para el PP que para su líder.

Es muy curioso que dos personas de perfil tan conservador como Rajoy y Gallardón, ambos procedentes de Alianza Popular y el segundo, incluso, su secretario general en época de Hernández Mancha, pasen ahora por ser la alternativa centrista que el PP requiere. Y el resto de líderes, de procedencia liberal o de UCD, se conviertan en el ala dura, los intransigentes, la "extrema derecha".

Ésas son las paradojas de la sociedad mediática. En el caso de Gallardón, es una obra de arte, conseguida apenas con el oficio de una boda homosexual o con el mantenimiento a su lado de Alicia Moreno y sus impulsos progres. Y reforzada, por supuesto, con la alianza subterránea (o no tanto) con el poder fáctico fácilmente reconocible en los medios de comunicación.

Así es la vida. Gallardón, el hombre de extremo centro, se aviene, por el momento, a cuidar la retaguardia de Rajoy. Pero, si nos atenemos a la elogiable ambición del alcalde, a nadie se le escapa que su paso por la dirección del PP, tal vez en la secretaría general, sólo sería un trampolín para otras aspiraciones.

Tal vez esté ya pactado. Rajoy aguanta agónicamente en el próximo Congreso de Valencia las embestidas en un PP mareado como pollo sin cabeza. Y, en el siguiente Congreso, el que elegirá candidato a las elecciones, cede (o le quitan) su puesto en beneficio de Gallardón.

Para entonces, al PP ya no lo reconocerá ni la madre que le parió, como diría Guerra. Lo que, de nuevo, puede ser la solución, o puede ser el problema.

De momento, Gallardón va a tener cumplida vendetta interna. Se aproxima a su momento de gloria. Y, quién sabe, tal vez en unos cuantos años se olvide su vocación de verso suelto y se convierta en una necesidad para los que, sin duda, seguirán aborreciendo a Zapatero. Quizá para entonces los cadáveres hayan sido desalojados del campo de combate, y las espadas limpiadas de sangre. Pero, de momento, estamos en el esplendor de la batalla.

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