Opinión

Honesta responsabili- dad o impunidad, he ahí la divisoria

TRIBUNA

Fernando Caro | Sábado 08 de noviembre de 2014

«Libertad significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír». Orwell.

Me indignan tantas demagogias, sofismas y monsergas. Detesto el tufo totalitario y dieciochesco que desprenden discursos ya arrumbados en el trastero de la historia. Confieso mi hartazgo de quienes entre vosotros, gens de lettres, se arrogan –o aspiran a ello– la gobernación y guía de la sociedad para volver a mostrar los mismos vicios y defectos de siempre: codicia sin escrúpulos, ignorancia de la historia –la nuestra y la de nuestra circunstancia–, y carencia de la generosidad que exige la dedicación desinteresada al servicio público, que en eso debiera consistir tal menester.

En el arte del manejo de la cosa pública, ¿alguien puede decirme qué avances ofrecen los últimos tiempos? Y, ¿cómo es que, erre que erre, surgen como novedosas propuestas que la historia muestra ya absolutamente fracasadas? Porque, mientras tanto, la [“mi”] Ciencia no deja de aportar progresos tangibles que contribuyen decididamente a mejorar las condiciones de vida de todos; justamente lo más opuesto a aquello. Tremenda dicotomía.

Que algo se hizo mal es cosa palmaria. Que al día de hoy aún quedan protagonistas de los que yo espero una explicación coherente, convincente es otro atributo, es hecho cierto.

A mi modo de ver, aquí y ahora juzgo muy claro qué se precisa. Por un lado que el edificio de la convivencia no se pretenda sustentar sobre la base de la irresponsabilidad, humus en el que se cultiva la impunidad generalizada, que es lo que precisamente se lleva haciendo hace ya demasiado tiempo; se desprende de nuestro texto constitucional. Por otro que quienes aspiren a la gobernación de esta Barataria dejen de hacer oídos sordos a la sabia admonición de D. Alonso Quijano, “prudencia muchacho, no te encumbres”.

Y que habremos de poner en aplicación el único recurso que siempre se ha mostrado infalible, el churchilliano “sangre, sudor y lágrimas” sobre un estrato de firme honestidad y denodado trabajo responsable, lo más opuesto a nuestro carácter. Eso o la debacle. Si luego sucediera que las urnas dieran la espalda a tal solución, allá cada cual con su responsabilidad. Quien desee escupir al cielo que sepa a qué se atiene. Y en mi fuero interno no sentiría sorpresa; ya está dicho: el pueblo allana los caminos a quienes le huellan; prefiere la comodidad en la servidumbre a la incertidumbre en la libertad.

Rechazo de plano el sofisma de que, puesto que esta democracia la gestionan partidos corruptos, la podredumbre es inherente a la democracia; vulgar coartada para que algunos se postulen como guías y salvadores, providencialismo propio de una teocracia laica: eso ya está muy visto; cosas de la edad. Los presuntos salvadores pueden pensar lo que les venga en gana, con la única excepción del delirio de someternos a la fuerza a ciertas utopías.

Además, mesías solo ha habido uno, aquel que habló no para unos hombres sino para todos, no para un época sino para cualquier época, no para un lugar sino para cualquier lugar. Por eso cambió el curso de la humanidad. Naturalmente esto no es cosa mía, es de Tocqueville; y no es cuestión de fe, son hechos acaecidos.

Ha de quedar claro de una vez por todas que la línea divisoria en el arte del buen gobierno de la cosa pública no radica entre izquierdas o derechas –adscribirse a una u otra es el palmario reconocimiento de una hemiplejía moral, afirmó Ortega y yo comparto–, sino entre la honesta responsabilidad y la deshonestidad irresponsable, es decir impune.

En el ejercicio del poder político “la cuestión es saber quien manda... eso es todo”, no saber qué significan palabras, tal como Alicia oyera del displicente Humpty Dumpty. Ese uso del lenguaje repugna a los hombres de ciencia; no digamos el uso de la mentira que inevitablemente solicita aquel ejercicio –la mentira como arma revolucionaria es su apoteosis–. De ahí su ausencia. Y desde luego que la apología del totalitarismo, de cualquier totalitarismo, es el paradigma de la más absoluta carencia de honestidad intelectual; es decir, lo más acientífico.

Por ello, ante propuestas ancladas en el S XVIII, momento en el que afortunadamente no se paró el reloj de la historia, no puedo callar mi radical desacuerdo. Que muchos españoles, embrutecidos* hasta arriba, se echen en sus brazos, no será sino nueva ocasión de ver cómo las gentes se uncen voluntariamente al yugo de la servidumbre y del sometimiento. Allá ellos.

*[Embrutecidos porque ese ha sido el menú que se les ha ofrecido y al que se han aplicado con esmero, el mismo que Ciro ofreció a los habitantes de Sardes. Los he conocido durante largo tiempo en años de instituto y botellón, renunciando voluntariamente a formarse como sujetos responsables, a forjarse como ciudadanos, a tener opinión propia, a poder adquirir una formación que les permitiera llevar una vida autónoma, eludiendo el esfuerzo que ello suponía]

Acabo. Partiendo de muy atrás, al precio del esfuerzo, la austeridad, y el trabajo responsable con el que he sacado partido a mis dotes naturales, he podido acceder a una vida digna, honestamente ganada. Sintiendo, de paso, ese sentimiento maravilloso del ansia de libertad que me llevó a rechazar la noche oscura que nos tocó vivir y a contribuir modestamente a su derrumbe; con parte de mi familia quebrada por un fracaso sin paliativos del que derivó un episodio digno de olvido, que no de análisis y conocimiento certero.

Como para que ahora me vengan a hablar, por decirlo con suavidad, de “aguadillas sociales”. ¡Por favor! ¿Otra vez con las mismas? Ya vale, no estoy en edad.