Opinión

El desafío catalán

TRIBUNA

Rafael Narbona | Domingo 09 de noviembre de 2014

España es una nación caracterizada por la desafección de una gran parte de sus ciudadanos, que no se identifican ni con su bandera ni con su historia. Es algo anómalo e insólito, que solo puede explicarse por una interpretación sesgada y maliciosa de nuestro pasado. No puedo condenar un sentimiento que yo he experimentado en mis propias carnes, pero que ahora me parece absurdo e irracional. Ser catalanista se interpreta en muchos casos como un signo de modernidad y progreso. Ser españolista, en cambio, parece algo bochornoso y atávico, que no puede argumentarse, sin ser acusado de reaccionario. España es el país de Cervantes, Goya, García Lorca, Buñuel y Manuel de Falla (por citar solo unos pocos nombres), pero un conjunto de circunstancias han oscurecido ese extraordinario bagaje cultural, identificando lo español con la intransigencia religiosa, un agresivo nacionalismo y un apasionado tradicionalismo, que se opone ferozmente al cambio y la innovación. Esa imagen distorsionada no soporta el contraste con la realidad histórica. La Inquisición española no fue más inclemente que la Ginebra de Calvino, con sus destierros y ejecuciones. De hecho, el médico español Miguel Servet es una de sus víctimas más ilustres, evidenciando que la Reforma protestante también alumbró teólogos que ejercieron de martillo de herejes. El Gran Duque de Alba, Hernán Cortés o Pizarro actuaron con enorme dureza en sus campañas militares, pero Julio César, Carlomagno o Napoleón no fueron menos implacables y, en cambio, la posteridad se ha mostrado más indulgente con ellos. España cometió intolerables abusos en las encomiendas de las Indias Occidentales o Tierra Firme, pero Carlos I, tras escuchar a los dominicos Francisco de Vitoria y Bartolomé de las Casas, promulgó las Leyes Nuevas de 1542, que protegían a los indios, prohibiendo la esclavitud, los malos tratos y los desplazamientos forzosos. En el prólogo a su Historia de España, Joseph Pérez apunta que “cada nación tiene en su historia sus páginas negras, pero, en general, se las considera como acontecimientos que pertenecen a un pasado histórico que no tiene por qué empañar definitivamente la imagen de una nación”. Sería absurdo juzgar a los países europeos por las atrocidades cometidas durante la Guerra de los Treinta Años, un conflicto que duró tres décadas y se cobró al menos cuatro millones de vidas, de las cuales cerca del 85% eran civiles.

Se dice que España es un país reacio a la filosofía y la ciencia, pero ya en el siglo XVI Francisco de Vitoria estableció –con Hugo Grocio- las bases teóricas del derecho internacional. Vitoria se inspiró en nociones del derecho natural que coinciden en buena medida con los actuales derechos humanos. España no aportó grandes nombres al racionalismo, el empirismo y la Ilustración, pero solo la mala fe puede ignorar la importancia de figuras como Unamuno, Ortega y Gasset, Xavier Zubiri o María Zambrano. En cuanto al famoso “Inventen, pues ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones”, que formuló Unamuno en su ensayo El pórtico del templo (1906), no debe interpretarse como una apología del atraso tecnológico, sino como una exaltación de nuestra literatura y -¿por qué no decirlo?- de nuestra fibra espiritual. En Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1912), escribe Unamuno: “Nuestro don es ante todo un don literario, y todo aquí, incluso la filosofía, se convierte en literatura… y si alguna metafísica española tenemos es la mística… ¿es esto malo, es bueno?”. Unamuno encarna un aspecto esencial del carácter y la identidad españolas, pero el retrato de nuestro país se quedaría incompleto sin la perspectiva de Ortega y Gasset, según el cual “España tiene una misión europea, de cultura, que cumplir”. No hay ninguna razón para repudiar nuestra herencia espiritual (Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Tomás Luis de Victoria, Velázquez), pero sería un disparate no entender que para muchos ha adquirido un sentido diferente (puramente estético, laico) y que, en ningún caso, representa un obstáculo para el desarrollo de la investigación científica. De hecho, España ha realizado notables aportaciones en el campo de la medicina (Ramón y Cajal, Gregorio Marañón, Severo Ochoa, Mariano Barbacid), la física (Blas Cabrera, Arturo Duperier), la bioquímica (Santiago Grisolía, Margarita Salas), la primatología (Sabater Pi) o la paleoantropología (Juan Luis Arsuaga). En el caso de Leonardo Torres Quevedo, sería imposible acotar sus aportaciones a un solo campo, pues su talento despuntó en ingeniería aeronáutica, matemáticas, pedagogía e informática. Se le considera el creador del primer ordenador, una máquina electromecánica capaz de realizar cálculos aritméticos de forma autónoma, con una unidad de procesamiento activada por un dispositivo de entrada y otro de salida.

España no es tan solo “un país de charanga y pandereta”, según el famoso verso de Antonio Machado, sino también la nación “de la rabia y de la idea”, de acuerdo con la última línea del mismo poema (“El mañana efímero”, 1913). Machado –uno de nuestros grandes poetas- invoca esa otra España sepultada por la Leyenda Negra, que se mueve por rabia (o afán de superación) y por la pura abstracción del saber, capaz de inspirar formidables hallazgos en histología, oncología, aeronáutica, etología o nuevas tecnologías. Cito de nuevo a Joseph Pérez, Premio Príncipe de Asturias 2014: “España es un país con formas de vida y cultura homologables con las de otros países europeos, por lo menos desde finales de la Edad Media”. El amor a España no es un atavismo, sino un sentimiento racional, que expresa admiración por sus logros y preocupación por el bien común, sin excluir un espíritu autocrítico. Cuando escribo estas líneas aún faltan 24 horas para el 9 de noviembre. El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. Esa fecha significa el fin de una Alemania dividida por la Guerra Fría y se conmemora todos los años. En nuestro país, en cambio, el 9 de noviembre se anuncia como el punto de no retorno hacia la “República independiente de Cataluña”. Esto es, el principio de la liquidación de España como “unidad de convivencia” (Julián Marías). El País Vasco contempla el desafío con expectación, algunos con la intención miserable de rentabilizar la cosecha roja de ETA, que un conocido editor abertzale definió como “el capital épico de un pueblo con espíritu guerrillero”. Se deforma la historia para afirmar que hasta el 11 de septiembre de 1714 Cataluña era una nación oprimida por Castilla, pese a que disfrutaba de fueros y privilegios respetados por Felipe V de Borbón hasta que un grupo de conspiradores encabezados por Rafael Casanova instigaron la rebelión de Barcelona para convertir al archiduque Carlos de Austria en Rey de España. Henry Kamen desmonta el mito de 1714, señalando que seis mil catalanes borbónicos se exiliaron en 1705, cuando se impuso el bando austracista. No se trató, pues, de una “guerra de liberación nacional”, sino de una guerra civil entre los partidarios de dos dinastías que se disputaban el trono español. No se luchaba por la independencia ni por la república, sino “per la patria i per la llibertat de tota Espanya”, según una octavilla que circuló por Barcelona en las últimas semanas del asedio.

Cataluña ganaría muy poco con la independencia. Según el economista Francesc Granell, “se convertiría en un Estado fallido. Como Somalilandia o Kosovo”. China y Rusia, con derecho de veto en la Asamblea General de Naciones Unidas, no reconocerían su independencia, pues afectaría negativamente a sus problemas con el Tíbet y Chechenia. Cataluña saldría de la UE y el euro. Perdería su acceso al mercado común, que actualmente absorbe el 63% de sus exportaciones y el resto de sus productos no correrían mejor suerte, pues su destino es España. La deuda pública crecería dramáticamente, pues habría que acuñar una nueva moneda de escaso valor en los mercados de capitales. Lejos de superarse, la crisis se agravaría y el sufrimiento de la población se haría más intolerable. Según The Economist, Cataluña disfruta de más autogobierno que cualquier otra región de Europa, pero la crisis ha incrementado el independentismo. Antes de la crisis que comenzó en 2007, solo el 13-15% de los catalanes se declaraban partidarios de la independencia. Por el contrario, en 2012 el porcentaje había crecido hasta un 51’1%. El valor de las encuestas es relativo, pero parece indiscutible que muchos catalanes opinan que la recesión finalizará con la separación de España. Es una ilusión que –además- no repara en las enormes tensiones asociadas a una sociedad dividida, con un porcentaje muy notable de ciudadanos que se sienten catalanes y españoles. No sé cuál será el desenlace de este conflicto, pero creo que la separación de España y Cataluña representaría una derrota colectiva. Los grandes perdedores serían los sectores más débiles y vulnerables de una ciudadanía injustamente maltratada por el paro y la corrupción. Conviene recordar que Rafael Casanova consiguió el perdón real, regresó a Barcelona y ejerció tranquilamente la abogacía hasta su muerte en 1737. No tuvieron tanta suerte los que lucharon hasta el final, instigados por su irresponsabilidad y oportunismo. El escenario actual no es tan dramático, pero el desafío soberanista no cesa de falsear la historia y avivar enconos, deteriorando la convivencia. España no conseguirá superar el regionalismo disgregador hasta que surja una conciencia nacional tan fuerte y afianzada como la francesa o la norteamericana. Es decir, hasta que no se convierta en un país definitivamente moderno, con una perspectiva ajustada de su pasado y una ambición a la altura de sus notables posibilidades.