Opinión

Necesidad de maestros

EN TRES TIEMPOS

Alejandro San Francisco | Martes 11 de noviembre de 2014

¿Cuándo descubrí mi vocación profesional? ¿Por qué en algún minuto de mi vida decidí dedicarme a una actividad que antes no había siquiera pensado? ¿Qué me llevó por el camino de la historia o del arte, del derecho o la ingeniería, de la medicina o el mundo empresarial?

No cabe duda que en estas cosas siempre hay factores múltiples: un gusto personal, la influencia familiar, o también se podría mencionar alguna experiencia específica relacionada con las posibilidades de trabajo, e incluso una película. Sin embargo, entre los factores más decisivos para seguir una línea de trabajo determinada o decidir a qué trabajo dedicar la propia vida, destaca la importancia de los profesores, la marca indeleble dejada por un maestro en nuestra vida escolar o universitaria. Ejemplos hay muchos, y se reflejan cuando el profesor en realidad se convierte en maestro, cuya influencia o ejemplo tienen un impacto que trasciende, al convertirse en alguien que nos ha hecho ver más allá, descubrir nuestra vocación, mirar entre líneas del programa de estudios correspondiente y apreciar sus clases con una profundidad superior a la simple materia que se está tratando.

La relevancia de los profesores en la calidad de la enseñanza es algo suficientemente acreditado. Cuando se estudia el "milagro finlandés", por ejemplo, siempre se destaca con especial interés la calidad de sus docentes, como factor esencial en los buenos resultados académicos de esa nación nórdica. Así lo destaca Inger Enkvist en La buena y la mala educación (Madrid, Ediciones Encuentro, 2011): "Finlandia tiene buenos docentes y uno de los secretos de ello es que pueden haber hasta diez solicitantes para cada plaza en la formación docente. La profesión atrae a los jóvenes inteligentes y ambiciosos". A ello se suma una adecuada remuneración, un buen ambiente escolar, disciplina, estudio y otros aspectos que a la larga resultan cruciales.

Pero la labor docente es mucho más que la enseñanza de algunas materias determinadas, por muy importantes que sean. También excede largamente el resultado de esas pruebas internacionales que hoy son símbolo de calidad de la enseñanza, como podría ser PISA. Y ciertamente, ser profesor no es un ejercicio burocrático de enseñanza, un contrato que hay que cumplir o una simple forma honesta de ganarse la vida. Ser profesor implica la convicción de vivir una vocación especial de formación de niños y jóvenes, la alegría que es consecuencia de disfrutar de este privilegio, que Gabriela Mistral definió como la tarea de "crear el mundo del mañana". Tarea hermosa y apasionante, un desafío por el cual vale la pena consagrar una vida.

En un libro reciente, La utilidad de lo inútil (Barcelona, Acantilado, 2013), Nuccio Ordine ha hecho una interesante reflexión sobre la importancia de los buenos profesores: “Basta hojear las biografías o las autobiografías de grandes estudiosos para descubrir casi siempre el recuerdo del encuentro con un docente que, durante los estudios secundarios o superiores, fue decisivo para orientar la curiosidad hacia esta o aquella disciplina”. Un buen profesor, un camino a seguir; contar con el entusiasmo y sabiduría de alguien puede ser una vía directa a decidir la propia vocación. Porque el profesor sabía más, quizá cuando sugirió alguna lectura de aquellas que no se controlaban obligatoriamente, o en esos minutos que dedicó a contestar una pregunta sin la formalidad de quien cumple un deber poco agradable, sino con la pasión de quien desea transmitir conocimientos, experiencia, sabiduría. Y por lo mismo, una persona que puede influir, quizá sin proponérselo, en desarrollar una determinada vocación o en abrir caminos hacia el futuro.

Sin embargo, como contrapartida, George Steiner explica en Lecciones de maestros (Madrid, Siruela, 2011), que son igualmente decisivos los malos profesores: “Millones de personas han matado las matemáticas, la poesía, el pensamiento lógico con una enseñanza muerta y la vengativa mediocridad, acaso subconsciente, de unos pedagogos frustrados”. Por eso califica que la mala enseñanza “es, casi literalmente, asesina, y metafóricamente, un pecado”, lamentando que “la antienseñanza, estadísticamente, está cerca de ser la regla”. Un profesor sin vocación, sin pasión, sin la genuina dedicación que requiere la misión de la enseñanza, seguramente provocará reacciones contradictorias, carecerá de aquello que es esencial para transmitir hermosura, a lo más será capaz de replicar en los alumnos su propia falta de entusiasmo y el tedio con que soporta su profesión, que vive como si fuera cualquier otra y no la pasión de su vida.

Cuando un país piense una reforma educativa, cuando una sociedad decida enfrentar los desafíos que se vienen en una sociedad -global, del conocimiento, abierta, como las vivimos hoy- debe considerar aspectos tan diversos como el presupuesto, el curriculum escolar o las salas de clases. Pero todo eso palidece si no se afronta con decisión el desafío de situar la labor docente en el sitial que corresponde. Profesores con vocación y con salarios buenos, una adecuada selección para acceder a los estudios de pedagogía, una distribución del horario que permita hacer clases pero también prepararlas, corregir trabajos u otras evaluaciones, perfeccionarse. En definitiva, un sistema educacional que comprende la trascendencia de la labor docente, que distingue lo esencial de lo accesorio y que proyecta con convicción y políticas adecuadas la formación de las nuevas generaciones.

Ser profesor es un privilegio y una gran responsabilidad. La calidad de los profesores, su formación y condiciones de trabajo deben ser el corazón del progreso de la enseñanza en una sociedad. Esta es una de las explicaciones por las cuales cualquier reforma educacional efectiva parte por la excelencia de los profesores y también por qué algunos países obtienen mejores resultados que otros en las pruebas correspondientes. Pero más importante todavía, esta es la razón por la cual numerosos jóvenes pueden encontrar su propio desarrollo profesional o vocacional, como recordaba Ordine, o bien perder el interés producto de la antienseñanza de un determinado profesor, como señala Steiner. Quedan abiertos los dos caminos, con la esperanza de que el de la vocación supere largamente al del burocratismo.