Se ha realizado la consulta de Artur Mas sobre la independencia en Cataluña el 9 de noviembre de 2014 no sólo sin cobertura legal sino sin garantías de ningún tipo. Ha resultado verdaderamente esperpéntico que se hayan cedido lugares públicos (centros educativos y oficinas) para la votación. No es de extrañar que la Fiscalía de Cataluña, a instancias de la Fiscalía General del Estado, haya abierto diligencias para determinar si ello es constitutivo de delito. No cabe duda de que el gobierno de Artur Mas ha hecho caso omiso al Tribunal Constitucional que, como sabemos, había suspendido la consulta sobre el futuro de Cataluña.
Me pregunto qué pensaría el filósofo ilustrado Rousseau del 9-N si levantara la cabeza hoy, en pleno siglo XXI, en Cataluña. Posiblemente no daría crédito a esta jornada sin controles en la que no ha habido censo electoral, dándose por buena cualquier papeleta, incluso aquellas en las que el votante pudiese manifestar su propuestas personales.
No está de más recordar que cuando el escritor ginebrino escribió El contrato social (1762) reivindicó el concepto de voluntad general. Si esta voluntad general era para Rousseau “legítima” ello se debía no tanto al hecho de que pudiese representar la voluntad de la mayoría sino a que respondía a los intereses comunes de la sociedad. Esta perspectiva parece faltarle al Gobierno de la Generalitat cuando ha perseguido el desarrollo fraudulento de una seudoconsulta catalana pasando sin despeinarse por encima de los intereses comunes de todos los españoles.
A ello habría que añadir que la voluntad general que concibe Rousseau se dirige al mantenimiento de una sociedad basada en la igualdad y en la libertad de todos. De hecho, vendría a ser –decía el filósofo- la instancia en la que se reconcilia lo justo con los intereses egoístas a nivel individual. A mi modo de ver, cuando la Generalitat tensa la cuerda con esta jornada de simulacro electoral del 9-N está persiguiendo los intereses caprichosos y egoístas de carácter partidista sin atender, por tanto, a los intereses no ya de todos los españoles sino ni siquiera de los catalanes como pueblo o en su conjunto, lo que no deja de resultar paradójico.
Habría que recordarle a Artur Mas la lección de Rousseau cuando éste afirmaba con contundencia que el soberano no puede serlo solo un hombre, ni tampoco una oligarquía o minoría política, sino la “voluntad general”, pues ninguna otra soberanía es legítima. Y es legítima –insistiría aquél- porque la voluntad general implica no la voluntad de todos los que forman la sociedad, sea catalana o española en general, ni siquiera la voluntad de la mayoría. En definitiva, queda claro que la voluntad general se convierte en ese legítimo resorte que nos protege frente a los intereses de la minoría pero también frente a los intereses de la mayoría, puesto que ésta también puede hacerse más que temible al perseguir sus propios intereses como mayoría, dejando a un lado los intereses comunes de la nación.
Esperemos que tras el 9-N se reflexione sobre este punto por las dos partes en conflicto: Gobierno de la Generalitat y Gobierno Central puesto que, a mi modo de ver, ambos han querido rivalizar desde posiciones partidistas un tanto miopes respecto de los intereses comunes de los españoles. No hay más que ver que ello ha provocado que mientras el soberanismo y el apoyo al independentismo han aumentado notablemente entre los catalanes, en el resto de España se ha producido justamente el efecto contrario. Si en algo parecen coincidir buena parte de la opinión pública catalana y española es en que el actual Estado de las autonomías ya no da más de sí y parece estar agotado.
Interesaría recordar al llegar a este punto a otro de los grandes personajes del movimiento ilustrado, Diderot, quien en su artículo sobre de la Enciclopedia indicó que la voluntad general expresa una norma universal que se funda en el sentido de la justicia y la aspiración al bienestar de todos los hombres.
No lo olvidemos. La voluntad general es la de la comunidad. Es una voluntad común en la cual no hay preferencias por ningún individuo o grupo de individuos. No es, por ello, una voluntad al modo de una especie de , aunque le pese a los independentistas. La voluntad general vincula a ciudadanos de carne y hueso que participan en las decisiones que afectan a la comunidad.
No me queda otra que terminar como he empezado, echando mano del filósofo ginebrino por haber tenido el acierto de señalar “que si se quiere mejorar al hombre antes hay que mejorar la sociedad”. Será tarea ineludible para las instituciones políticas de nuestro país dialogar para lograr propuestas constructivas desde las que podamos seguir el camino marcado por los intereses comunes de los españoles.