TRIBUNA
Pepa Echanove | Miércoles 12 de noviembre de 2014
No es filosofía política de aula magna complutense sino historia europea del siglo XXI que la indignación, la confrontación y el ‘anti-todo’ casi llevaron al poder a la extrema derecha francesa representada por Jean-Marie Le Pen en mayo del 2002. Tuvo que medirse en segunda vuelta de las presidenciales al ya muy debilitado Jacques Chirac, que se llevó el gato al agua para su propia sorpresa. El voto contestatario, el desencanto generalizado, hicieron entre otras cosas que los socialistas representados por Lionel Jospin se quedaran con la culotte al aire (seamos finos). Yo vivía entonces en Marsella (puerto en decadencia, paro, inmigración, violencia callejera... todas las circunstancias exasperantes de las que se alimenta el populismo) y entre mis círculos de amigos o conocidos muchos votaron precisamente a Le Pen en el primer turno sin darse cuenta de que estaban alimentando a un monstruo. Y me producía cierta desazón observar a gente convirtiéndose de la noche a la mañana en simpatizantes del Front National y oir cosas como ‘Pepa, bueno tú al menos eres española, no es lo mismo que si te llamaras Mohamed’, recibiendo explícitamente una especie de bendición de los perdonavidas de un día, un salvoconducto de emigrante ‘clase A’. Porque algunos se empeñan en que haya una clase A y una clase B en todo, o casi todo: los de primera y los de segunda, los que están y los que no están, lo blanco y lo negro, los pobres y los ricos, los patrones y los esclavos..., cuando la realidad es que la inmensa mayoría o estamos a medias o ni siquiera nos hemos parado a pensar dónde estamos ni nos importa porque es más urgente comprobar el contador no vaya a ser que se hayan equivocado en la factura del gas. En fin, resultó que durante la segunda vuelta de las elecciones, cuando sólo quedaba elegir entre la derecha y la extrema derecha, incluso los comunistas más rojos, también ellos con la culotte al aire, votaron por Chirac, nada más lejos de sus convicciones (me imagino retrospectivamente sus ganas de vomitar, no seamos tan finos), porque era el mal menor para el bien común. Cuento esto a raíz de una presentación de Podemos celebrada la semana pasada en el Ateneo Español de Zúrich. La formación liderada por Pablo Iglesias busca adherentes también entre los españoles del exterior bajo el lema ‘Podemos volver’ y ya tiene representantes más o menos espontáneos o auto-denominados en varias ciudades europeas. Su discurso radical, demagógico e incoherente y la falta de rigor quedaron de manifiesto durante las dos horas de debate. Y sin embargo las encuestas... Esta circunstancia recuerda mucho a la vivida entonces en Francia. Tampoco es teoría política comparada sino otro ejemplo más de historia europea del siglo XXI recordar que el pueblo suizo, en su legítimo ejercicio de democracia directa (dixit referendum popular vinculante, uno de los caballos de batalla de este movimiento) aprobó recientemente por mayoría: no limitar el sueldo máximo de los dirigentes; no fijar un salario mínimo; limitar los permisos de residencia de los extranjeros. En vano ha venido Podemos a la tierra confederada, capitalista y ultra-proteccionista de Guillermo Tell a vender lo invendible. ¿Se ha preguntado, además, si realmente los de fuera quieren volver, si Pepa o Mohamed desean volver?