Opinión

Contra casi todos, Rajoy tiene razón

PASO CAMBIADO

José Antonio Sentís | Miércoles 12 de noviembre de 2014

No todos los días se puede permitir un periodista estar en contra de un estado de opinión abrumador. Éste es un momento glorioso para ello. Digo hoy, por tanto, que Rajoy tiene la razón, hace lo correcto y es un patriota. Y evidentemente me refiero al desafío separatista en Cataluña (que no, por cierto, de Cataluña).

Es cierto que me falta el optimismo de Rajoy para pensar que a base de sensatez, de prudencia, de buenas maneras y de buena voluntad pueda éste volver a ganar unas elecciones. Seguramente no. Pero creo, sin embargo, que es muy honroso mantener el tipo del sentido común cuando tan fácil sería poner sobre el tapete una pasión contraria a las pasiones ahora desatadas en España.

En Cataluña, un grupo dirigente muy elitista (Mas y Junqueras, para personalizar), con una propaganda bastante burda y políticamente consentida durante décadas, ha logrado un estado de crispación antiespañola significativo, aunque no mayoritario. Pero sí ruidoso, y sí peligroso. Su pasión catalana, como diría el enorme Carlos Herrera, está llevando al límite los nervios de sus conciudadanos que son los catalanes y el conjunto de los españoles.

Si por ellos, por los independentistas catalanes fuera, ninguna tragedia valdría más que su épica. Juegan con la catástrofe colectiva como niños con los enchufes. Creen en su inconsciencia, por un lado, que no se chamuscarán, y por otro, que no habrá padre que reprima su curiosidad por explorar la aventura, tan satisfactoria para su ego infantil como irresponsable.

Pero, por fortuna, enfrente tienen a un tipo sensato, uno de esos que quieres tener al lado en un incendio. El que te indica una salida razonable, y no el heroísmo de tirarte por una ventana. Ese tipo neutro, tan insatisfactorio para quienes quieren contraponer una emoción a otra, tan poco Capitán Trueno, y tan Tintín.

Es imposible, a estas alturas, que Rajoy no sepa que su electorado está que brama. Que quiere sangre, porque se siente abofeteado, injuriado y violado por la provocación separatista. Y, como lo sabe, también conoce que sería muy fácil poner pies en pared, mostrar la fuerza de su condición, amenazar con todas las armas y anunciar el aplastamiento de los enemigos de España.

Sin embargo, Rajoy actúa de otra manera. No contrapone épica nacional a la épica nacionalista, ni fuerza el desafío. Apela a la aburrida ley, a los fiscales medidos, al poco emocionante sentido común, a la nada electoralista proporcionalidad en las reacciones. Se sostiene inalterable, mientras los suyos y los cercanos le piden sangre, a veces en el sentido figurado y otras veces, me temo, en el literal. Piden medidas excepcionales, artículos 155, policías y lo que haga falta. Y lo piden sin pedirlo, porque queda mal. Pero lo reclaman de forma subliminal, como si cualquier otra cosa fuera cobardía.

Lo fácil es el conflicto abierto, especialmente cuando tienes las de ganar. Lo difícil es evitarlo, cuando parece que así vas a perder. Y nadie quiere recordar, cuando la posiciones se enconan, que después se considera responsable de la misma manera al provocador y a quien ha contestado a la provocación. Porque, por ejemplo, a nadie importa ya quién causó la Guerra Civil, sino la incapacidad de los contendientes para evitarla. Y ahora, en España, hay unos que quieren la bronca interior, y nadie aprecia a quien hace lo posible por impedirla. Porque eso no es emocionante, sino lo son las banderas y el orgullo.

Quienes quieren medidas excepcionales contra el separatismo no confían en España. Y España es mucho más larga y más profunda que cualquiera de sus amenazas compulsivas de ahora. Y creo que Rajoy entiende que esa España de raíces sólidas se merece la oportunidad de resistir por sí misma las salvas ofensivas de unos cañones tan mediáticos como oportunistas. Porque Mas y Junqueras no son los primeros traidores que ha sufrido España; solo son los últimos.

Por supuesto que sería una chulería muy airosa esgrimir la potencia de un Estado. Y, en sentido contrario, qué poco lucido resulta hablar de prudencia. Y por supuesto también, cuántas elecciones se ganarían en España contestando a las bofetadas de Mas con un puñetazo en su estómago. Pero no va por ahí la cosa. Por fortuna.

Parece bastante claro que hay una enorme mayoría de catalanes y una inmensa mayoría de los demás españoles que están en el ámbito de la sensatez. Pues es con ellos con quien hay que estar. Y eso es, aproximadamente, lo que dijo este miércoles Rajoy. Con ellos, con la Historia y con la legalidad, porque todo lo demás es apariencia, sobreactuación.

Mucha gente le pide a Rajoy que blanda la espada flamígera, y quiere que apele al ruido y a la furia, sin saber que eso sería el cuento contado por un idiota. Es justo al revés, pues cuando se encona el conflicto es cuando hay que enfriar el entusiasmo de los propios y quitar toda esperanza a los contrarios.

Rajoy solo ha sostenido dos principios: que nunca negociará la unidad de España y que siempre defenderá la soberanía nacional. Esto, al parecer, no es suficiente para algunos. Pero no creo que se le pueda pedir mucho más, en lo que a la Nación española se refiere. Y veo con asombro que los separatistas catalanes creen que le tienen contra las cuerdas, y que ahora tienen una oportunidad de romper España. Y veo, aún más preocupado, que los cercanos a Rajoy no creen que sea verdad lo que dice, que es débil y cobarde, y que España está en riesgo de ruptura. Y no es que ambos bandos no crean en Rajoy, que eso es lo de menos. Es que no creen en España. Porque Rajoy es simplemente un administrador, y nada menos que un administrador, porque si tuviera otra tentación, la de ponerse a enarbolar una bandera en la refriega, aquí se terminaba como en el rosario de la aurora.

Es tiempo de histeria colectiva, de miedos e indignaciones. Que es justamente lo que ha hecho fracasar a España en otros momentos de su historia. Y son esos miedos los que hacen crecer a los enemigos (interiores) de España. Es la percepción de debilidad en las convicciones de los españoles la que incita a los coros independentistas de Mas y Junqueras. Es el temor por el separatismo el que lo alimenta.

Pero Mas y Junqueras se equivocan en su desafío antiespañol, antieuropeo y, a lo que se ve, según sus propios datos, anticatalán. Porque solo son consentidos desde la enorme generosidad de no hacer lo que ellos mismos promueven: el conflicto abierto. Y en ese empeño de enfriar las cosas está Rajoy, en medio de una enorme incomprensión.

Por supuesto, solo un milagro le librará de perder las elecciones. Pero sería impagable para España que lograra meter sus demonios, los de España digo, en el congelador.

(Porque hemos decidido ofuscarnos en lo urgente, y son muy pocos los que recuerdan lo importante. De hecho, me hubiera gustado ser mínimamente científico para hablar del enorme hito para la humanidad de la nave Rosetta y su sonda Philae en su misión para conocer el origen del Universo, como acertadamente ha destacado en este periódico su director Joaquín Vila. Desgraciadamente, a otros nos toca chapotear en la charca de ranas que se interroga sobre España siglo tras siglo. Qué absurdo desgaste.)