TRIBUNA
Luis Asua Brunt | Jueves 13 de noviembre de 2014
Hay que estar muy ajeno a la realidad para proclamar que el resultado del referéndum ha sido un éxito para el nacionalismo catalán. Y esto ocurre en los dos bandos, unos proclaman victoria, y los otros, entran en una especie de pánico como si se hubiera desatado la tormenta perfecta.
Según los datos emitidos por la propia Generalitat han votado sólo un tercio de personas de un censo muy inflado –tenían derecho a participar los mayores de dieciséis años y los extranjeros- y han apoyado la independencia algo menos del 30% de los potenciales votantes. E incluso, como sospecha el director de El Imparcial, y ante la falta de cualquier control en las votaciones, que si este resultado es lo que han presentado como éxito, muy probablemente, los números sean aún más penosos para los independentistas.
Que ante tal esfuerzo, tanta parcialidad oficial, tanta ilegalidad, tanto uso ilegitimo de los fondos públicos se llegue a este mísero resultado da que pensar. Siempre he considerado que hay mucho de artificio, algo así como la espuma de una ola, pero de una ola pequeña de esas que llegan muertas a la playa, en la política catalana. Los nacionalistas se creen –casi todos suelen caer en esta quimera- que encarnan una Cataluña que no existe más que en su cabeza. Cataluña, mejor los catalanes, son mucho más complejos, más variados y mucho más leales al resto de los españoles que lo que perciben los nacionalistas.
Algunos dicen que un millón ochocientas mil personas son muchas personas. Pues más son los cuatro millones que se han quedado en su casa y que no han apoyado la consulta o como quieran llamarle. Reitero que después de tantos años de matraca se llegue a este resultado (que por cierto coincide con las encuestas de aquí, CIS, y de allá, de la Generalitat) me parece penoso para los señores Mas, Junqueras y compañía.
Hay muchos datos que avalan una gran españolidad en la región. Los estudios del CIS dan algunos datos interesantes: la lengua materna, lo que se aprende y usa en casa, es el castellano para más del 52% de los catalanes. Los catalanes que se consideran sólo catalanes, negando cualquier españolidad oscilan entre una sexta y una quinta parte en función de la situación general. No llega al 50% quienes tienen ambos progenitores, padre y madre, catalanes. Y casi un tercio de la población ha nacido fuera de Cataluña. No es raro el artículo sobre la contaminación que sufre el catalán por el español. La cultura no-pública predominante en Cataluña es sin duda española en cuanto a publicaciones, eventos y demás demostraciones.
Existe una sobrerrepresentación nacionalista en el resultado de las elecciones autonómicas. Esto es algo que habría que estudiar en profundidad pues es una regla que se cumple habitualmente en países con problemas territoriales como los nuestros, y es que los nacionalistas sacan mucho mejor resultado en las elecciones regionales que en las nacionales. Las elecciones autonómicas en Cataluña suelen dar un resultado 60/40% a favor de los nacionalistas. Esta proporción se invierte a 40/60 cuando se vota en elecciones generales. Además la participación suele ser veinte puntos más alta de media en las elecciones generales. Lo cual demuestra cuanto menos, donde está el verdadero interés de la mayoría de la gente.
He conocido a algún catalán que votaba a Maragall, a Pujol y a Aznar o mejor dicho, al PP de entonces; en distintas elecciones, claro está. Todo sin despeinarse, ni ver la más mínima contradicción. Incluso, alardeaba de esta esquizofrenia electoral como una muestra de la sofisticación barcelonesa. Mas representa a Cataluña, pero muy relativamente, lo representa como lo que es: un líder autonómico, ni más ni menos. Arrogarse el título de padre de la patria es bastante arriesgado cuando no tiene ni siquiera una mayoría contrastada.
A mí todo esto me recuerda a una escena a la que asistí en la universidad cuando un alumno muy lleno de ansias nacionalistas empezó a hablar de su país, lo llamaremos Ruritania. Que si Ruritania era tal, que si el espíritu de Ruritania era cual, que si Ruritania tenía tal belleza, que si la voluntad de Ruritania era no sé qué, que si la liberación de Ruritania … en fin lo típico. El chico se puso algo pesado, y cuando acabó su soflama nacionalista, un viejo profesor se le quedó mirando, y con una sorna cariñosa le dijo:
Algún día deberá traer a clase para que conozcamos a la tal Ruritania pues parece ser muy atractiva.
En fin, más de lo mismo, y todo muy tópico y viejo, como el problema catalán, que nos toca aguantar y -como decía Ortega- conllevar porque es parte de la esencia misma de España y de su historia.