Opinión

Esta flor que recuerda la guerra

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 16 de noviembre de 2014

Esta semana se ha celebrado el 96º aniversario del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. En Serbia, el símbolo que conmemora el fin de la contienda es una flor de pétalos violetas y poderes curativos que solo brota en ciertas regiones del país, por ejemplo, en Kajmakčala -que fue escenario de una terrible batalla en 1916- así como de Macedonia y de Grecia. La llaman la Flor Fénix porque bastan unas pocas gotas de agua para que vuelva a la vida cuando muere. Su nombre, en realidad, es Ramonda Nataliae en honor de la reina Natalia Obrenovic. Una semana antes de la celebración del aniversario, suelen lucirse adornos para la ropa y lazos con la forma de esta flor que se resiste a morir.

En Serbia, se ha visto en la Flor Fénix un símbolo del renacimiento del pueblo después de la tragedia de la Gran Guerra. A menudo, esta historia cae en el olvido. Los nombres de Verdún o El Marne nos resultan familiares. Hemos visto muchas veces las imágenes de las trincheras, los asaltos contra el alambre de espino, las ametralladoras, el gas mostaza. Cada cierto tiempo, el cine y las series de televisión nos recuerdan la atrocidad de la guerra en el frente occidental. Pero del sufrimiento de los serbios sabemos mucho menos. Hubo, por supuesto, periodistas que visitaron el frente oriental y contaron la heroica resistencia serbia, la lucha en varios frentes contra un enemigo infinitamente más poderoso –el Imperio Austrohúngaro y sus aliados alemanes y búlgaros- y la épica retirada del ejército serbio hacia el sur mientras miles de civiles acompañaban a aquellos hombres que retrocedían combatiendo. Aquella marcha espantosa a través de Albania hasta Grecia ha pasado a la historia con el nombre del Gólgota de Albania. Unos doscientos mil serbios murieron en aquel periplo infernal a través de las montañas. Cuando lograron llegar al refugio de la isla de Corfú, miles más murieron por las enfermedades contraídas y la extrema debilidad del hambre y la sed padecidas. En la isla de Vido –a donde trasladaron a parte del contingente serbio- lanzaban los cadáveres al mar con rocas atadas para impedir que flotasen. Hay un lugar cerca de Vido al que se llama el Cementerio Azul por los más de cinco mil serbios que yacen en el fondo del mar.

Entre aquellos que vieron el horror de la guerra en los Balcanes hubo un español: Agustí Calvet, “Gaziel”, que escribió unas crónicas memorables recopiladas en el libro “De París a Monastir”, que la editorial barcelonesa Libros del Asteroide ha reeditado. Gaziel despliega una cultura admirable a la hora de explicar las sutilezas de la política griega y los problemas militares del conflicto. Sin embargo, a medida que se adentra en la península balcánica, este catalán se va estremeciendo con el sufrimiento de los serbios que encuentra refugiados en Macedonia. Hambrientos, míseros, dignísimos en sus padecimientos y esperanzados en medio del horror. Describe los vigías que esperan un auxilio que no llega: “Nada, ¡todavía nada!”, el terror de los “comitadjis” –las bandas búlgaras que asolaban el territorio que recorre Gaziel- y la desesperación de saber que los aliados de Serbia no van a rescatarlos.

Sabemos cómo terminó la historia pero, a menudo, olvidamos cómo quedó en la memoria el espanto de la Gran Guerra en los Balcanes. La descomposición del Imperio Otomano y la desaparición del Austrohúngaro –algún día tengo que escribir sobre esto y recordar a Fejtö y su “Requiem por un imperio difunto”- dejaron unas huellas profundísimas en los pueblos de la península que, a veces, se soslayan a la hora de examinar los problemas actuales. El uso de los estereotipos que han venido padeciendo los serbios y los demás eslavos del sur ha gravitado sobre ellos como si la violencia, la guerra, el caos fuesen inevitables cuando se habla de esta parte de Europa. No es así. Durante siglos, las potencias europeas utilizaron los Balcanes como pretexto o campo de batalla en sus propios conflictos. El tributo en sangre lo pagaban unos pueblos que, además, heredaban el estigma de la brutalidad y el odio. Desde Viena, Berlín, Londres, Estambul se decidía sobre la suerte de millones como si estuviesen predestinados a sufrir por la voluntad de otros.

De algún modo, sigue siendo así en algunas cosas.

Hoy esta columna luce la Ramonda Nataliae –esa flor que no muere del todo- para celebrar el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial.