Opinión

Israel-Palestina, ¿ha llegado la hora de la re-solución final?

TRIBUNA

Víctor Morales Lezcano | Viernes 21 de noviembre de 2014

La solicitud cursada por el movimiento sionista al gobierno británico data de 1917. En la posguerra inmediata, Londres terminó por aceptar un mandato sobre Tierra Santa, reconocida también como Palestina. En consecuencia, el flujo inmigratorio de la diáspora judía no hizo sino aumentar en lo sucesivo, y con ello el antagonismo entre los árabes y los nuevos colonos.

El arbitraje de las autoridades británicas de poco sirvió, hasta que en 1947 el gobierno laborista de Attlee decidió renunciar a la mediación resolutiva en un conflicto prolongado que nadie pudo prever en Londres cuando corría el año de 1917. A partir de entonces quedó expedito el camino para la fundación del Estado de Israel. Tampoco ningún otro país involucrado en aquel conflicto pudo prever que este Estado se anexaría, en el transcurso del tiempo, el corredor de Gaza, el flanco occidental de Cisjordania, los altos de El Golán y el este de Jerusalén, al derrotar en 1967 a la coalición militar de los vecinos países árabes.

Tanto el criterio británico en su momento, como el establecido por la ONU en la resolución 242, reposaron sobre el principio de la partición del territorio en pugna en dos estados coexistentes y una ciudad jurídicamente separada, como sería el caso de Jerusalén.

A partir de 1967, empero, la concepción geopolítica, religiosa y cultural prevalente no ha hecho sino volverse cada vez más difícil de establecer, más enconada.

La serie de negociaciones y esfuerzos inspirados por el principio de la concordia oppositorum entre las partes en litigio no ha cosechado sino repetidos fracasos desde Wye Plantations (1998) hasta las conversaciones de Oslo (2003). La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y los gobiernos de Tel Aviv se pronunciaron frecuentemente sobre tal concordia, sea con impune demasía, sea deslizándose por el detallismo obstaculizador del acuerdo bilateral que se pretendía alcanzar. De tal manera que todo ello acabó con la esperanza de una solución justa a la disputa palestino-israelí de marras. ¿Es que una “maldición” de linaje semítica se ha interpuesto obstinadamente entre los contendientes y las instancias mediadoras? Lo que resulta del género de la evidencia es que un pleito sin fin ha generado rencor y odio viscerales en la milenaria Tierra Santa.

En este otoño de 2014, Mahmud Abbas, presidente del Comité Ejecutivo de la OLP, ha vuelto a solicitar el 26 de septiembre, con motivo de la 69 sesión de la Asamblea General de la ONU, el espaldarazo internacional al reconocimiento del Estado Palestino.

En rigor, el horror de los acontecimientos que ocurrieron durante el último verano en los túneles que comunican la franja de Gaza con las fronteras de Israel y Egipto ha hecho saltar las alarmas en la arena internacional; por no hablar del atentado cometido recientemente en una sinagoga jerosolimitana. La conciencia de la gravedad del caso ha generado una serie de pronunciamientos en cadena favorables a la institucionalización de dos estados -Palestina, Israel- en la antigua Tierra Santa; y no como prefiere Tel Aviv, o sea, construir un Estado binacional palestino-israelí.

Desde la movilización de las iglesias anglicana y católica en el Reino Unido (13 de octubre), hasta las manifestaciones opináticas y gubernamentales de las tres naciones escandinavas, no ha faltado el apoyo a la petición de Abbas. Este proceso político y jurídico ha culminado con la declaración de la nueva jefa de la diplomacia de la Unión Europea el 9 de noviembre. Todo converge, pues, en un consenso político europeo, que apoya sin titubeos la legitimación de la Autoridad Nacional Palestina. Está habiendo, además, indicios reveladores de corrientes de opinión intra-israelíes que también respaldan la démarche internacional favorable a la solicitud cursada por Abbas en la ONU.

España, nación que se sentará una vez más en el Consejo de Seguridad onusino a partir de enero de 2015, ha abierto también la causa del reconocimiento del Estado Palestino con repercusiones públicas y gubernamentales de cierto “arrastre”. El propio ministro García-Margallo ha comentado acertadamente que el tiempo de la re-solución más adecuada está tocando a su fin: aunque el proceso de paz entre los antagonistas siga pendiente de cerrarse, el Estado Palestino ha de ser reconocido, cuanto antes, por la Unión Europea. Ya lo ha sido en el Parlamento español.

En rigor, se trata de un conflicto que -como todos los que se han ido urdiendo en Mesopotamia / Iraq y aledaños territoriales durante el período de entreguerras- es de solución ardua, aunque no imposible.