Opinión

Recuerdos con los discursos de Peces-Barba

TRIBUNA

Juan José Laborda | Viernes 21 de noviembre de 2014
El 19 a las 19 fue, esta semana, el recordatorio para la presentación del volumen “Discursos parlamentarios de Gregorio Peces-Barba Martínez” en el Congreso de los Diputados, editado por las Cortes Generales, y con un atinado y comprometido “estudio preliminar” de Luis de la Peña, letrado en ambas cámaras parlamentarias.

La conocida sala con los retratos de los siete ponentes constitucionales estaba completamente llena de público. Hubo muchos amigos y amigas de Gregorio Peces-Barba de sus años como diputado, como abogado, como profesor, como fundador de la Universidad Carlos III, y también unos cuantos alumnos suyos, además de su familia. Sin embargo, eché en falta la nueva generación de parlamentarios, y su ausencia me dio mucho que pensar: ¿Gregorio Peces-Barba, el portavoz socialista y ponente de la Constitución, el presidente del Congreso entre 1982 y 1986, será una figura lejana para los actuales representantes de su misma ideología?

Presentaron los “Discursos parlamentarios”, además de Luis de la Peña, el Presidente del Congreso de los Diputados, Jesús Posada, el profesor de la Universidad Carlos III, Eusebio Fernández García, y el diputado socialista Alfonso Guerra.

Alfonso Guerra hizo una presentación del volumen que impactó a los presentes por tres razones: era la última vez que pronunciaba un discurso en sede parlamentaria, pues renunciará a su escaño de diputado por Sevilla en pocos días; su amistad profunda con Gregorio se comprobó cuando perfiló su personalidad política e intelectual; y la tercera razón, porque Alfonso Guerra se apoyó en los discursos de Peces-Barba para advertir que nuestra democracia de nuevo está en peligro, cuando la Ley puede ser burlada o suprimida por una supuesta voluntad popular.

La defensa irrestricta de la Ley frente a las propuestas que se hacen al margen o contra ella, no sólo sonó en labios de Guerra como su convicción más profunda de demócrata esencial, sino que fue advertida como un peligro para nuestro futuro inmediato. Todos tuvimos conciencia que Alfonso Guerra apuntaba a lo sucedido en Cataluña, durante la semana previa al 9-N, cuando el Estado de Derecho se disolvió en esa Comunidad Autónoma, y cuyo presidente hizo alarde de haber engañado al Estado y al Gobierno de España.

Por eso me sentí más preocupado cuando eché en falta la presencia de los parlamentarios jóvenes, los que tendrían que adoptar decisiones graves en los próximos meses.

Alfonso Guerra, Gregorio Peces-Barba y Cataluña: regresaron mis recuerdos parlamentarios de tiempos de transición (sí, la transición que vivimos, escrita con minúscula, porque también nada se sabía de nuestro porvenir político).

En la primera legislatura constitucional, la que duró entre 1979-1982, Alfonso Guerra fue el presidente de los grupos parlamentarios socialistas en el Congreso y en el Senado. El portavoz en el Congreso era Gregorio Peces-Barba, y yo fui el portavoz en el Senado. Entonces existieron otros grupos socialistas territoriales: en el Congreso, los socialistas vascos, cuyo portavoz fue Carlos Solchaga, y los socialistas catalanes, cuyo portavoz fue Ernest Lluch. En el Senado, existía un grupo parlamentario andaluz, dirigido por Plácido Fernández Viagas -un personaje fascinante, primer presidente de la preautonomía, y más tarde magistrado del Tribunal Constitucional, elegido por sus colegas los jueces y magistrados (Plácido Fernández Viagas merece una biografía)-, y los socialistas catalanes estaban integrados en otro grupo, cuyo portavoz era el senador por Tarragona, Josep Subirats Piñana, y que después llegaría a decano del Tribunal de Cuentas de la Comunidad Europea.

Josep Subirats -que sigue lúcido con más de noventa años-, tal vez sea la persona que más me ha influido en mi vida política. En varios libros está relatada su biografía, desde su compromiso con Marcelino Domingo -tarraconense como él, y ministro varias veces en los gobiernos de la II República-, pasando por largos años de cárceles y represión franquista, hasta llegar a ser senador constituyente y redactor de los artículos referidos a la financiación del proyecto de Estatuto de Autonomía de Cataluña en 1979.

Relaciono a Gregorio Peces-Barba con Josep Subirats, más allá de que ambos trabajaron con Alfonso Guerra dirigiendo los grupos parlamentarios de entonces, porque ambos habían sentido las consecuencias de cuando la Ley quedó suprimida por una supuesta voluntad popular: el fracasado golpe de Estado de julio de 1936 y la consiguiente guerra civil. El padre de Gregorio-Peces Barba, Gregorio Peces-Barba del Brío, fue también senador en 1977, y como Subirats, fue condenado a muerte “por auxilio a la rebelión”, un macabro cargo que aplicaron los franquistas a los que fueron leales a las leyes del Estado. Peces-Barba del Brío había sido fiscal de la República, y en esa función intentó investigar la muerte del líder del POUM, Andreu Nin. El POUM fue un partido trotskista, y por eso los soviéticos detuvieron a Andreu Nin, y después de torturarlo, lo asesinaron, haciendo desaparecer su cuerpo. Andrés Trapiello y Javier Marías, que han narrado la trágica suerte de Andreu Nin, creen que fue Wenceslao Roces (el famoso traductor del alemán al español), entonces subsecretario del ministro comunista Jesús Hernández, el que facilitó la entrega de Nin a los agentes de Stalin en España. Wenceslao Roces fue senador comunista por Asturias en 1977, y por tanto, colega de los dos Gregorio Peces-Barba, de Josep Subirats, y de otro parlamentario socialista por Tarragona: Josep Vidal, conocido como el “Pep Jai”, que había militado en el POUM, y sufrió la persecución doble de estalinistas y franquistas.

Estuvieron juntos en las Cortes Constituyentes de junio 1977, todos votamos la ley de amnistía de octubre de 1977, y cuando aprobamos la Constitución de 1978 creíamos que la Ley orientaría nuestro futuro.