Opinión

Un bicentenario oculto o secuestrado (y II)

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 22 de noviembre de 2014

Conforme es bien sabido, el Manifiesto de los Persas, suscrito en Madrid el 12 de abril de 1814, es considerado por la historiografía como el ariete fundamental de la campaña profernandina que desembocó en Valencia, el 4 de mayo siguiente, en el golpe de Estado del general Elio contra la vigencia del sistema constitucional, al tiempo que servía de inspiración directa y dilatada al decreto promulgado simultáneamente por Fernando VII, en el que se delineaba la ruta que habría de seguir una monarquía restaurada “a la europea”, lejos del golpe de fuerza que acababa de restablecer en su absolutismo al soberano borbónico. La Iglesia y la nobleza volverían a cooperar estrechamente con la Corona en su afán por reconstruir un país casi literalmente en ruinas, y evitarían cualquier tentación de retorno a los nefandos tiempos del “despotismo ministerial” de corte godoyesco. La pronta celebración de un concilio nacional pondría a la primera en disposición de acometer con éxito la empresa de devolver al país al nivel de pasadas épocas. Mientras que en las Cortes que, a la usanza tradicional, es decir, por brazos o estamentos, habrían inmediatamente que convocarse, la nobleza repristinaría sus funciones en unos días en que la simple vuelta al ayer más próximo se estimaba de todo punto imposible y suicida. La apología incondicional que del poder judicial se entonaba en unos de los párrafos del escrito, se ofrecía como la prueba concluyente de la apertura de sus redactores a las nuevas realidades.

Así, pues, el texto de los 69 firmantes del Manifiesto se descubría partícipe del pensamiento que alimentara la Restauración implantada en diversos Estados del Viejo Continente a la caída del imperio napoleónico y al término del primer gran ciclo revolucionario. Parte de la obra de síntesis que aspiraba a realizar el desiderátum del ideario restaurador, cabría haberse materializado en nuestra patria –vocablo que, en contraposición al de reino, conocerá en la literatura del momento un notable revival-, según llevaban a pensarlo algunas de las promesas contenidas en el decreto de Valencia, salido probablemente de un precursor del moderantismo, D. Juan Pérez Villamil. En la Francia de la primera etapa del reinado de Luis XVIII y de su Carta Otorgada habría de evidenciarse su viabilidad en un clima de mucha mayor división y radicalismo:Vive le Roi, lui même

Mas en España no hubo ni transición ni transacción. El mínimo centrismo que anidaba en el programa de los “Persas” desapareció sin más huella que algunas líneas en las declaraciones oficiales de los primeros meses del gobierno personal del rey, desmentido una y otra vez por hechos alevosos como la arbitraria detención y castigo de muchas de las más distinguidas personalidades doceañistas o la condena revanchista de los afrancesados. El asombro de las cortes y cancillerías extranjeras fue grande. En los salones literarios y en las redacciones periodísticas pronto comenzaría a labrarse la imagen de la España inquisitorial y africana prevalente en la opinión pública occidental durante prolongado tiempo. Triste final de una etapa heroica, idealista y creativa como la de la lucha sin cuartel “contra el francés”, como se decía en una Cataluña a la vanguardia permanente del combate por la independencia y dignidad de la patria, contra toda razón invadida y martirizada.

Ninguna otra época del ayer de nuestro pueblo semeja confirmar, en verdad, la exactitud de los versos del más descollante poeta de “Los novísimos” de las postrimerías del siglo XX, el barcelonés alquitarado, Jaime Gil de Biedma : “De todas las historias de la Historia/ la más triste sin duda es la de España/ porque termina mal.”