Martes 25 de noviembre de 2014
José Manuel García Margallo iniciaba ayer un polémico viaje a Cuba. La idea es suavizar la postura imperante desde 1996, con Aznar en el poder, cuando la Unión Europea supeditó cualquier colaboración con el régimen castrista al respeto de los derechos humanos y la apertura democrática. Y es verdad que en todos estos años Cuba apenas ha avanzado en estos dos aspectos, como se encargan de enfatizar los críticos con este viaje. Pero no es menos cierto que cualquier medida dinamizadora de la economía de mercado genera progreso y libertad, y eso es lo que pretende conseguir el titular español de Exteriores.
Sin embargo, ello no obsta a que, en calidad de ministro de un país democrático y de representante de la Unión Europea exija al régimen que respete los derechos humanos y que, de una vez por todas, abra las puertas a la democracia. De ahí que cueste entender la negativa de Margallo a hacer hueco en su agenda para reunirse con la disidencia. Su idea de hacia dónde tiene que ir Cuba es tan relevante -si no mucho más- que la de la dictadura totalitaria que lleva más de medio siglo en el poder, y que no parece tener viso alguno de querer hacer concesiones.